La Escalada del Riesgo
El Nivel 41 no estaba muriendo; estaba siendo borrado. Los bordes de la arena se fragmentaban en píxeles negros, un vacío digital que devoraba el metal y el aire por igual. Kaelen sentía la vibración en los huesos de su mech, un chirrido agónico que le advertía: el Nivel 40 era historia, y el 41 se convertiría en escombros en menos de cinco minutos.
—Sistema, optimización de motor. ¡Ahora! —rugió Kaelen, golpeando el panel de control con los nudillos ensangrentados.
«Créditos insuficientes. Déficit de energía detectado. Opción de emergencia: sacrificio de memoria de núcleo para estabilizar la salida», respondió la interfaz. Un holograma parpadeó ante sus ojos: el rostro de su madre, riendo bajo el sol artificial de la colonia, un recuerdo que Kaelen guardaba como su último ancla a la humanidad.
La Torre no pedía permiso; exigía un tributo. Kaelen presionó «Confirmar». El vacío fue instantáneo, un frío absoluto que le recorrió la mente mientras el recuerdo se desintegraba en estática. El motor rugió, estabilizado por el precio de su propia historia. El contador sobre la compuerta de ascenso marcó 300 segundos. Sin mirar atrás, Kaelen impulsó su mech hacia el umbral del Nivel 42.
Al cruzar, el aire cambió: sabía a ozono, a metal quemado y a la opulencia fría de los niveles superiores. Apenas aterrizó, una descarga estática erizó su nuca. Valeria estaba allí, bloqueando el pasillo con la elegancia depredadora de quien nunca ha conocido la deuda. Su traje táctico brillaba bajo las luces de neón del sector.
—Tu tasa de regeneración es una anomalía, Kaelen —dijo ella, sin siquiera desenvainar su arma—. Un chatarrero de Rango F no debería tener energía para romper el sello de un sector en colapso. ¿Qué estás ocultando?
Kaelen sintió el latido furioso del núcleo, alimentado por el sacrificio de hace segundos. La adrenalina le quemaba, pero su mente se sentía más ligera, más vacía. Sin responder, canalizó el excedente en los servos de sus piernas. Con una maniobra técnica que desafiaba la física de su nivel, se deslizó por debajo de su guardia, dejando una estela azulada. Valeria giró sobre sus talones, sorprendida, pero su expresión no mostró miedo, solo una frialdad depredadora.
—¿Crees que puedes esconderte detrás de trucos baratos? —su voz resonó en el intercomunicador general, amplificada por el sistema de la Torre—. ¡Duelo en la arena principal, ahora! Que todos vean cuánto vale tu talento.
El zumbido del sistema vibró en los oídos de Kaelen. La transmisión de Valeria estaba escalando a cada sector del Nivel 42. Cientos de ojos digitales se encendieron en los pasillos industriales mientras los espectadores, ávidos de sangre, se conectaban al feed. Kaelen se retiró al taller clandestino de Javier, donde el cronómetro parpadeaba en rojo sangre: 04:12 para el cierre del sector. Si perdía, su deuda se triplicaría, garantizando su desmantelamiento pieza a pieza.
—Acepto —dijo Kaelen, su voz apenas un susurro.
Al confirmar, el Sistema exigió su cuota de procesamiento. Un zumbido gélido atravesó su cráneo y el rostro de su madre, hasta hace un segundo nítido, se desvaneció por completo. El vacío físico lo dejó sin aliento, pero el motor rugió con una potencia prohibida. Valeria se posicionó en la arena, su sable láser cortando el aire. Kaelen sintió cómo su humanidad se desmoronaba, pero el poder bruto que ahora corría por sus circuitos lo obligaba a avanzar. Otro recuerdo, el aroma de una cocina familiar, fue succionado por el motor para estabilizar la salida de energía. El mech respondió, ahora una extensión de su vacío. ¿Vale la pena el precio cuando ya no queda nada que recordar?