La Mejora Provisional
El aire en el taller de Javier sabía a ozono rancio y aceite quemado, un aroma que Kaelen asociaba con la derrota, pero que hoy se mezclaba con el calor eléctrico de la supervivencia. Su mech, un amasijo de metal retorcido bautizado como 'Chatarra', gimió contra el suelo de cemento mientras Kaelen intentaba estabilizar los sistemas críticos. A través de la interfaz holográfica —esa anomalía que nadie más podía ver—, el cronómetro de confiscación de la Torre parpadeaba en un rojo inclemente: 45 segundos.
—Si vuelves a activar el núcleo, el chasis se hará añicos —gruñó Javier, arrojando una llave inglesa sobre la mesa metálica. Sus ojos, marcados por años de servidumbre en las entrañas de la Torre, se clavaron en la luz ámbar que emanaba del tablero. —¿De dónde sacaste este código, Kaelen? Esto no es un diagnóstico estándar. Es lenguaje prohibido. Ejecutaron al diseñador que intentó implementar esto en las arenas de élite por menos que esto.
Kaelen ignoró la advertencia. Sus dedos, aún temblorosos por la adrenalina, seleccionaron la opción: Sincronización de Núcleo. Al instante, una descarga recorrió su sistema nervioso, un dolor agudo que le nubló la vista, pero a cambio, el metal del mech respondió. Las soldaduras se reforzaron con una precisión inhumana y el chasis crujió, enderezándose por sí solo. El costo fue instantáneo: una punzada de vacío emocional, un fragmento de la memoria de su padre desvaneciéndose en el abismo del sistema para alimentar la máquina.
El zumbido de un escáner de alta frecuencia cortó el aire. El inspector Vane había llegado.
—Tu unidad registró una aceleración anómala ayer, chatarrero —dijo Vane, sus ojos inyectados en sangre recorriendo el mech con desprecio—. Ese modelo no debería ni encenderse. ¿Qué has estado ocultando?
Kaelen bloqueó el acceso al servidor central mientras el Sistema emitía una alerta roja: Detección inminente. Vane conectó su terminal de auditoría. Kaelen sintió que el aire se volvía denso; si el inspector llegaba al bloque de memoria de su padre, donde residían los registros de optimización prohibidos, sería el fin. Con un esfuerzo agónico, Kaelen redirigió el flujo de datos, sacrificando el último rastro del rostro de su padre para crear un bucle de error que engañara al escáner. Vane frunció el ceño al ver los datos planos, soltó el cable con un gesto de desdén y se retiró, dejando al taller en un silencio sepulcral.
Kaelen se desplomó contra el chasis, sintiendo un hueco inmenso en su mente. —Lo logramos —susurró, aunque su voz sonaba vacía.
—¿A qué precio? —Javier se acercó, su expresión era una mezcla de terror y lástima. El suelo del Nivel 40 comenzó a vibrar con un zumbido profundo; las compuertas de acceso al nivel inferior se sellaban con un estruendo metálico. La ruta de escape se cerraba para siempre.
En la pantalla, el sistema no le dio descanso. Una nueva interfaz se desplegó, mostrando un mapa de la Torre que se extendía hacia arriba, hacia el Nivel 41, un sector mucho más letal donde las luces de los niveles superiores brillaban con una promesa de muerte y gloria. La deuda seguía ahí, implacable, pero ahora el sistema exigía una victoria pública para estabilizarse. Kaelen miró hacia arriba, donde el techo de hierro parecía cerrarse sobre su cabeza. No había vuelta atrás. La ascensión no era una elección; era la única forma de no morir asfixiado en el olvido. La mejora en el mech era evidente, pero el núcleo chirriaba bajo la presión. Javier, el mecánico, le advirtió: —Este sistema no te está ayudando, Kaelen. Te está consumiendo.
La puerta del nivel inferior comenzó a sellarse permanentemente. Kaelen acababa de ganar el torneo, pero el sistema le mostraba un nuevo nivel, mucho más letal, esperándolo arriba.