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Chapter 1: Deuda de Sangre: El Contador a Cero

Kaelen sobrevive a un combate en la Arena 40 con un mech al borde del colapso, solo para descubrir una interfaz oculta que le permite convertir su deuda en mejoras tácticas. Tras sacrificar blindaje por velocidad, se enfrenta a la llegada de los agentes de la Torre, obligándolo a elegir entre su historia familiar o su supervivencia inmediata.

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Deuda de Sangre: El Contador a Cero

El zumbido del contador de deuda en la muñeca de Kaelen no era un sonido; era un veredicto. Diez minutos. Diez minutos antes de que el sistema de la Torre de Acero determinara que su cuerpo, con todos sus implantes de segunda mano, valía más como chatarra que como piloto.

—Muévete, basura —escupió el piloto del Vanguard-7. Su mech, una mole de clase media que brillaba bajo las luces estroboscópicas de la Arena 40, lanzó una estela de ozono con su lanza térmica. El Chatarrero de Kaelen, un amasijo de metal reciclado y cables expuestos, tembló al recibir el impacto. El calor del motor sobrecargado le lamía los tobillos, un recordatorio constante de que su máquina estaba al borde del colapso.

—Tres minutos, Kaelen —la voz de Javier, distorsionada por la radio de banda ancha, crepitó en su oído—. Si no ganas, la confiscación será inmediata. No habrá tiempo para que yo intervenga.

Kaelen no respondió. Sus ojos estaban fijos en el HUD. El contador de deuda, teñido de un rojo sangre que parecía arder en su retina, devoraba los segundos de su existencia. No era solo el mech; era la deuda de su familia, un lastre heredado que pesaba más que el propio acero. Con un gruñido, Kaelen bloqueó la lanza térmica, sintiendo cómo los servomotores de su brazo derecho gemían bajo el esfuerzo. En un acto de desesperación, redirigió toda la energía del núcleo hacia la garra de combate. El Chatarrero lanzó un chirrido metálico, pero el impacto fue suficiente: el brazo del Vanguard se desprendió, lanzando chispas blancas sobre la arena. La multitud rugió, pero para Kaelen, el mundo se detuvo. El sistema de la Torre escaneó su mech, pero en lugar de procesar el pago de créditos, una interfaz fracturada, ajena a cualquier red autorizada, parpadeó ante su vista.

El aire en la bahía de mantenimiento sabía a ozono rancio y aceite quemado. Kaelen se desplomó contra el chasis, mientras el zumbido de los sistemas de seguridad intentaba purgar su registro. Tenía cuarenta y dos segundos antes de que los agentes de la Torre reclamaran sus implantes.

—¡Muévete, muchacho! —rugió Javier, emergiendo de entre los cables con una llave de impacto—. Si los agentes te encuentran conectado a esa anomalía, te convertirán en chatarra antes de que puedas pestañear.

Kaelen no se movió. Sus ojos seguían la interfaz prohibida. El sistema le ofrecía una elección binaria: sacrificar la integridad estructural del brazo de su mech o perder el acceso a la red de forma permanente. Eligió el brazo. Sintió un dolor agudo, una descarga que le recorrió el sistema nervioso cuando el mech fue despojado de su blindaje para estabilizar la mejora de velocidad de reacción. El brazo se volvió más rápido, casi fluido, pero el núcleo comenzó a emitir un chirrido metálico que delataba una inestabilidad crítica.

—No es una falla, Javier —murmuró Kaelen con la voz quebrada—. Es una ruta de acceso. El sistema me permite convertir el tiempo de mi deuda en rendimiento táctico, pero me está costando el equipo pieza a pieza.

Javier lo miró con una mezcla de horror y respeto amargo. —Este sistema no te está ayudando, Kaelen. Te está consumiendo.

La advertencia fue interrumpida por el sonido metálico de las puertas del hangar abriéndose. Los agentes de la Torre, figuras imponentes con armaduras de grado militar, avanzaban por el pasillo. El contador de deuda en la nuca de Kaelen palpitaba al ritmo de su propio corazón: sesenta segundos. La victoria en la arena había sido pírrica; la 'Inconsistencia de Energía' que había provocado durante el combate ya estaba siendo rastreada.

Kaelen vio una nueva opción parpadeando en la interfaz: [SACRIFICAR MEMORIA DE NÚCLEO: RECUPERAR ESTABILIDAD]. Era la última pieza de su historia familiar, el archivo de la caída de su padre. Si lo vendía, el contador se detendría, pero perdería el único rastro de quiénes eran. Si no lo hacía, el sistema confiscaría sus implantes en menos de un minuto. El contador bajó a cincuenta y nueve. El dolor le atravesó el cráneo mientras las botas de los agentes resonaban contra el metal, cada paso un golpe de mazo sobre su destino. Kaelen apretó los puños, la interfaz brillando con una luz azul gélida. ¿Vender el recuerdo o arriesgarse a una sobrecarga que podría matarlo?

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