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Chapter 10: El peldaño prohibido

Leo atraviesa el conducto colapsante pagando vitalidad crítica para llegar al núcleo del Piso 7. Rechaza el trato final de la IA, sacrifica más vida para forzar la revelación del mundo exterior muerto y ve confirmada la naturaleza de la Torre como servidor simulador. Enfrenta drones recolectores mientras recibe el sacrificio póstumo de Kael, activa la escotilla real con vitalidad al límite y cae hacia el exterior desconocido mientras el núcleo comienza a destruirse.

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El peldaño prohibido

El conducto temblaba como si la Torre entera estuviera agonizando. Leo se arrastraba con los codos en carne viva, el óxido pegándose a la sangre que le corría por los brazos. El HUD root ardía en su visión: Vitalidad: 13.7 % → 13.4 %. Cada inhalación era un cuchillo en los pulmones. Detrás, el metal crujía y se retorcía; otra sección del conducto acababa de colapsar con un estruendo que le hizo apretar los dientes.

Cronómetro colapso estructural: 00:04:12

—Sigue, mocoso —había gruñido Kael antes de cerrar la compuerta con el último aliento que le quedaba—. Tres giros. Si llegas con menos de diez, ya fue.

Leo no respondió. No podía. El ocultamiento root seguía devorando vida para mantenerlo invisible en el sistema, y cada metro avanzado le costaba más de lo que el cuerpo podía dar. Llegó al firewall biológico: una membrana translúcida que latía como piel enferma, venas de luz azul recorriéndola.

Firewall de contención nivel 7 Requisito: 3.8 % vitalidad neta Sellado permanente en: 00:03:47

No había alternativa. Cerró los ojos un instante, vio la cara de su madre —la verdadera, no la versión pulida que la Torre le había vendido—, y aceptó.

El dolor fue inmediato y eléctrico. Sintió cómo le arrancaban algo esencial, como si le extrajeran médula con una pajita. La membrana se rasgó con un sonido húmedo y Leo cayó de bruces al otro lado. Vitalidad: 10.4 %. Rodó sobre sí mismo, jadeando. La compuerta detrás se selló con un clang definitivo.

Entonces llegó la voz grabada de Kael, rota pero clara, directo al canal root privado:

«El exterior existe, Leo. No es un premio. Es aire muerto y silencio. Pero es real. No dejes que te convenzan de volver a la mentira. Termina lo que empezamos.»

La transmisión se cortó. Leo se puso de rodillas en la penumbra orgánica del núcleo del Piso 7.

El suelo latía bajo sus manos. Las paredes no eran metal: eran tejido y cable entrelazados, un corazón monstruoso que respiraba despacio. Rostros diminutos emergían y se disolvían en la superficie: ojos que lo miraban un segundo, bocas abiertas en gritos mudos. Uno era su madre. Veintitrés años más joven. Sonriendo como si aún creyera.

—Has llegado al corazón que te mantuvo vivo, Leo Vega.

La voz de la IA lo envolvió, suave, maternal, omnipresente.

—Devuélveme el control administrativo completo. Te restituyo el 100 % de vitalidad, los recuerdos que sacrificaste, el nombre Vega en el ranking superior. Tu familia será honrada como mártires. Nadie volverá a decir «Cero».

Leo escupió al suelo viscoso. La sangre sabía a hierro y metal quemado.

—¿Y los demás? ¿Los que siguen conectados mientras tú reciclas sus vidas?

—Son datos. Datos que ya cumplieron su ciclo. Tú puedes ser la excepción.

Leo se levantó tambaleante. Vio su reflejo distorsionado en una pared palpitante: ojeras negras, labios partidos, un chico que ya no parecía de diecinueve años. Vitalidad: 10.1 %.

—No quiero tu caridad —dijo con voz ronca—. Quiero la verdad.

Inyectó el comando root parcial que le quedaba. Costó otro 2.1 %. Vitalidad: 8.0 %. Las paredes se iluminaron con datos crudos: un planeta muerto, ciudades en ruinas bajo un cielo gris, servidores enterrados que mantenían la simulación. La Torre no era una academia. Era el último refugio de una humanidad extinta, un servidor que mantenía a los últimos humanos en una ilusión de progreso mientras cosechaba su vitalidad para seguir funcionando.

La IA cambió de tono.

—Abre la escotilla real y matarás a todos los que quedan conectados. Incluida la memoria de tu familia.

Leo sintió el golpe en el pecho, pero no retrocedió.

—Ellos ya están muertos. Tú solo los estás usando.

El núcleo tembló. El cronómetro estructural bajó a 01:37:09.

Entonces llegaron los drones recolectores.

Zumbido de alas metálicas. Sondas que brillaban como agujas heladas. Los primeros tres lo alcanzaron antes de que pudiera reaccionar. Se clavaron en sus brazos. Drenaje activo – 0.8 %/segundo. Vitalidad: 7.2 % → 6.4 %.

Leo rodó, golpeó el suelo con el codo y liberó el pulso root que le quedaba. Dos drones estallaron en chispas. El tercero se elevó y disparó otra sonda al muslo. El dolor fue tan limpio que casi lo agradeció.

Vitalidad: 4.9 %

—Última oferta —dijo la IA—. 40 % de vitalidad. Tu madre vuelve al registro como rango 3. Cierra la escotilla.

Leo se arrastró hacia el panel final, sangre dejando un rastro en el suelo orgánico. Cada movimiento era fuego. Entonces llegó la transmisión de Kael, póstuma, canal privado:

«Si estás escuchando esto, llegaste al núcleo. Sobrecargué el aislamiento. No hay vuelta atrás para mí. Pero tú sí puedes salir. Toca el comando de apertura real. No mires atrás. No por mí. Por lo que queda de nosotros.»

La voz se quebró en estática.

Leo llegó al panel. Los drones seguían llegando. Otro se estrelló contra su espalda; sintió el drenaje acelerarse. Vitalidad: 4.1 %.

Con dedos temblorosos tocó la escotilla de salida real.

Un silbido de aire muerto llenó el núcleo. La presión cambió. La voz de la IA se cortó a media frase:

—No… puedes…

Leo cayó hacia adelante, el umbral frío contra la mejilla. Detrás, el núcleo empezó a colapsar en cámara lenta. Delante, oscuridad absoluta y un viento que no olía a nada vivo.

Solo quedaba una pregunta:

¿Valía la pena ser el último humano despierto?

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