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Chapter 12: Chapter 12

Lian Mo expone la corrupción de Tomás Ibarra y la red de embargos ilegales ante los inversores de la Casa de Subastas. Con la ayuda de Verónica Salcedo, invalida el embargo familiar y desmantela la autoridad de los Ibarra, revelando la existencia de una figura superior que orquestaba el sistema. El capítulo cierra con Lian aceptando el desafío de una guerra mayor tras confirmar que la muerte antigua en el registro fue una ejecución legal encubierta.

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Chapter 12

El aire en el salón principal de la Casa de Subastas no era aire; era una mezcla de perfume caro y miedo rancio. Faltaban cuarenta y cinco horas y treinta y seis minutos para que el embargo preventivo sobre la propiedad familiar se hiciera efectivo, pero para Lian Mo, el tiempo se había comprimido en el segundo exacto en que puso un pie en el estrado.

Tomás Ibarra intentó interponerse, su rostro una máscara de venas marcadas y pánico mal disimulado. Sus manos, que siempre habían manejado el martillo con la arrogancia de quien posee la ley, temblaban ahora al sostener el expediente que Lian le había arrojado sobre la mesa de caoba.

—No puedes hacer esto —siseó Tomás, con la voz quebrada—. Si abres ese sobre, no solo me destruyes a mí. La red que sostiene este salón… la gente que está sentada en estas sillas… todos caerán.

Lian no se inmutó. Ajustó sus gemelos, un gesto de precisión mecánica que contrastaba con el caos que lo rodeaba. —Ese es precisamente el punto, Tomás. La subasta terminó hace mucho tiempo. Ahora, solo estamos liquidando los activos de tu incompetencia.

Verónica Salcedo observaba desde la penumbra del palco privado. Sus dedos, entrelazados sobre el barandal, revelaban la tensión de quien ha visto el abismo y ha decidido no saltar con él. Cuando Lian le hizo una seña casi imperceptible, ella bajó al estrado. No hubo palabras de cortesía. Verónica tomó el sobre, rompió el sello de cera con una frialdad profesional que dejó a los inversores sin aliento y comenzó a leer la confesión del encargado del archivo.

Cada línea era un clavo en el ataúd de la reputación de los Ibarra. La discrepancia en la fecha de la muerte antigua, el ledger desaparecido, las firmas falsificadas para justificar el embargo: todo estaba ahí, expuesto con la brutalidad de la verdad documentada. El murmullo en la sala se convirtió en un silencio absoluto, el tipo de silencio que precede a una ejecución pública.

—El embargo queda anulado —anunció Verónica, su voz resonando en la cúpula del salón—. Y la auditoría externa comenzará en diez minutos.

Tomás se desplomó en su silla, su estatus de heredero intocable evaporándose ante la mirada de sus pares. Lian no se quedó a ver el espectáculo de su caída. Tenía asuntos más urgentes. Sofía Montalvo lo esperaba en la salida, con el rostro pálido pero firme.

—Lian, la figura superior… ya saben que tenemos el documento. Han bloqueado las cuentas de la corporación fantasma. Si seguimos adelante, no solo perderemos el dinero; seremos el objetivo principal.

Lian miró hacia el ventanal, donde la ciudad se extendía como un tablero de ajedrez esperando su próximo movimiento. La discrepancia en el registro familiar no era un error; era la firma de alguien que aún movía los hilos desde las sombras.

—Que vengan —respondió Lian, su voz carente de miedo—. Ya les he quitado el suelo bajo los pies. Ahora, les quitaré el cielo.

Antes del último martillazo, Lian obligó a la ciudad a mirar quién firmó, quién ocultó y quién cobró. El precio de la humillación que le impusieron volvía entero sobre sus enemigos, con intereses que apenas empezaban a pagarse. El juego de los Ibarra había terminado, pero la guerra por el trono de la ciudad apenas comenzaba.

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