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Chapter 10: Chapter 10

Lian confronta a Tomás y Verónica en la Casa de Subastas, utilizando la confesión grabada para forzar el acceso total a los registros. A pesar de los intentos de Tomás por sellar el lugar y silenciar la evidencia, Lian logra proyectar la prueba ante los inversores, fracturando definitivamente la reputación de los Ibarra y tomando el control de la narrativa en el salón.

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Chapter 10

El sedán se deslizaba por la avenida como un espectro. Lian Mo no miró atrás; la residencia Rivas, con sus muros desconchados y sus secretos vendidos al mejor postor, ya no era su hogar. Doña Elena había elegido la seguridad de una mentira antes que la lealtad de su propia sangre, y ese pacto con los Ibarra ahora era una mancha que ninguna lluvia de la ciudad podría limpiar. Tenía cuarenta y ocho horas antes del embargo preventivo, y habían transcurrido exactamente dos horas y veinticuatro minutos desde la notificación. El tiempo no era un enemigo, era un cronómetro de ejecución.

Su teléfono vibró. Sofía Montalvo, al otro lado, no saludó.

—Están purgando el servidor central, Lian. Han movido los registros de la muerte antigua a un nodo privado. Si intentas acceder ahora, no solo te bloquearán; borrarán tu rastro del sistema. Tomás Ibarra está usando la auditoría de Verónica como una cortina de humo para incinerar la discrepancia de fechas.

—Que sigan moviendo los archivos —respondió Lian, con una calma que hizo que el silencio de Sofía se volviera tenso—. Cuanto más mueven, más huellas dejan. ¿Tienes la firma del auditor externo?

—La tengo. Pero si entras a la Casa de Subastas ahora, Tomás no te dejará salir. Ha movilizado a su seguridad privada. Ya no es una disputa de negocios, Lian. Es una cacería.

Lian colgó. Al llegar a la Casa de Subastas, el ambiente era distinto. La elegancia habitual del mármol y el jade se sentía ahora como una trampa. Entró sin anunciarse, ignorando las miradas de los empleados que, apenas unas horas antes, lo habrían echado a patadas. Ahora, el aire a su alrededor se curvaba con una autoridad que no pedía permiso.

En el despacho de Verónica Salcedo, el expediente de la auditoría estaba abierto sobre el escritorio. Tomás Ibarra estaba de pie junto a ella, con la mandíbula apretada y los ojos inyectados en sangre. Su derrota en la jornada anterior lo había dejado expuesto, y su desesperación era un hedor que llenaba la habitación.

—Fuera, Lian —espetó Tomás, señalando la puerta—. Tu tiempo de payaso terminó. La seguridad tiene órdenes de borrar tu nombre de cualquier registro. No existes aquí.

Verónica no levantó la vista. Sus manos, perfectamente cuidadas, temblaban sobre los documentos. La presión de los Ibarra era un yunque, pero la auditoría, con sus discrepancias imposibles de ignorar, era una guillotina que caía sobre su propio prestigio profesional. Ella sabía que, si el escándalo estallaba, su nombre sería el primero en ser sacrificado por los financistas.

—No es un payaso, Tomás —dijo Verónica, con una frialdad que cortó el aire—. Es el hombre que acaba de demostrar que tus errores de catalogación son, en realidad, un esquema de vaciado sistemático.

Lian se acercó y deslizó un dispositivo de almacenamiento sobre el cristal. El sonido del metal contra el vidrio fue el único ruido en la sala.

—Aquí está la confesión grabada del encargado del archivo —dijo Lian, su voz carente de duda—. Y la prueba de que los registros fueron alterados después de que Verónica iniciara la auditoría. Si no firmas la orden de acceso total ahora, Verónica, la auditoría externa no encontrará un error, encontrará un cómplice. Y tú, Tomás, no serás el heredero que salva la casa, sino el que la hundió en el lodo.

Tomás palideció. Se abalanzó sobre el dispositivo, pero Lian fue más rápido, sujetando su muñeca con una presión que le obligó a soltar el aire en un gemido ahogado. La fuerza de Lian no era la de un empleado; era la de alguien que había gobernado ciudades antes de que Tomás aprendiera a firmar cheques.

—Verónica —dijo Lian, sin soltar a Tomás—. El tiempo corre.

La directora de la Casa de Subastas tomó la decisión. Desbloqueó el terminal principal y autorizó el acceso total. Tomás intentó gritar, pero dos guardias de seguridad, viendo la orden en la pantalla, le bloquearon el paso. El poder en la sala se había desplazado en un segundo.

Lian caminó hacia la sala principal. Tomás, acorralado, lanzó su último golpe: ordenó a sus matones sellar los accesos físicos a la sala de subastas y cortar la energía de las pantallas principales.

—No vas a pasar, Lian. Ya perdiste tu casa, tu familia y tu lugar aquí —gritó Tomás, su voz quebrándose—. Si das un paso más, te arrepentirás de haber nacido.

Lian no respondió. Se detuvo a escasos centímetros de Tomás, invadiendo su espacio vital, obligándolo a retroceder hasta chocar contra la pared. En ese momento, las pantallas de la sala, lejos de apagarse, se encendieron con una claridad cegadora. La confesión grabada y la discrepancia de fechas se proyectaron sobre el muro principal, visibles para cada inversor presente. El silencio que siguió fue sepulcral. Lian entró al espacio central, caminando entre la multitud que, por primera vez, veía al hombre al que habían despreciado como a un dios caído, ahora reclamando su trono. La puerta estaba abierta, y el derrumbe de los Ibarra apenas comenzaba.

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