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Chapter 6: La danza de los lobos

Julián infiltra la gala benéfica, bloquea los intentos de adquisición de La Cúpula sobre los activos de Valeria y expone públicamente la insolvencia de Ricardo. Tras el colapso social del magnate, Julián es confrontado por un ejecutor de La Cúpula en los pasillos del hotel, donde su presencia intimida al asesino profesional.

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La danza de los lobos

El Salón de Gala del Hotel Imperial no era un espacio de celebración, sino un teatro de depredadores heridos. El aroma a champagne caro y perfume importado apenas lograba enmascarar el sudor frío de los hombres que, hasta hace una semana, se creían dueños de la ciudad. Julián Varela se movía entre la multitud con la precisión de un fantasma; su traje, impecable, era una armadura que nadie en la sala sabía cómo descifrar. A su lado, Valeria Monteverde mantenía la barbilla alta, aunque el peso del anillo de sello de los Varela en su bolso parecía quemarle la piel a través de la tela.

—No te alejes —susurró Valeria, su voz apenas un hilo de tensión—. Si Ricardo se acerca, no respondas. Su insolvencia lo ha vuelto un animal acorralado.

Julián no respondió. Su mirada estaba fija en el centro de la sala, donde Ricardo 'El Buitre' Alcántara intentaba sostener una sonrisa de cristal frente a un grupo de inversores. La humillación era física: cada vez que un ejecutivo se alejaba de Ricardo tras un breve intercambio, el magnate perdía un poco más de su aura de invulnerabilidad. Julián observó las manos de Alcántara; temblaban con una frecuencia que delataba un colapso inminente. La Cúpula no perdonaba el fracaso, y Ricardo sabía que sus activos ya no existían para pagar su protección.

Julián se deslizó hacia la terraza privada, donde dos ejecutivos de La Cúpula compartían un brindis. Sus voces eran susurros fríos, despojados de humanidad.

—El Buitre ha perdido el control de los fondos —dijo el más alto, ajustándose el gemelo de oro—. Es un peón quemado. La orden superior es clara: liquidar a Monteverde hoy mismo y absorber sus activos antes de que el mercado reaccione.

Julián sintió una calma gélida. Ricardo no era más que un chivo expiatorio, un juguete roto por la misma mano que intentó borrar a los Varela. Sin dudar, activó el dispositivo de intercepción que había conectado a la red local. Sus dedos se movieron sobre su teléfono con una precisión letal; no estaba hackeando, estaba recuperando derechos de propiedad. Mientras los ejecutivos conspiraban, Julián inyectó un virus lógico en sus bases de datos. Los activos de Monteverde Corp se blindaron en tiempo real, bloqueando el acceso de La Cúpula.

De vuelta en el salón, Ricardo interceptó a Valeria, su rostro una máscara de furia desesperada.

—Tu juego de marionetista ha terminado, Valeria —escupió Ricardo, ignorando a la multitud—. Devuélveme el control de las cuentas o tu apellido será borrado de los registros antes del amanecer.

Julián dio un paso al frente. La temperatura en la pista de baile pareció desplomarse. Valeria, sosteniendo el anillo de sello como un talismán de guerra, respondió con una calma que desarmó al magnate:

—Tus cuentas están vacías, Ricardo. No tienes activos, no tienes respaldo, y, lo más importante, no tienes poder. La junta ya tiene la auditoría.

La revelación cayó como una guillotina. Los inversores que rodeaban a Ricardo retrocedieron, susurrando, dejando al magnate solo en medio del salón, expuesto como un fraude ante toda la alta sociedad.

Sin esperar a ver la caída final de Alcántara, Julián se retiró hacia el pasillo de servicio. El ambiente allí era clínico, cargado de desinfectante y el zumbido de los extractores. Sabía que lo seguían. El sonido metálico de un zapato contra el linóleo, perfectamente sincronizado con el suyo, no era una coincidencia. Era el ejecutor de La Cúpula.

Julián se detuvo frente a una puerta de doble hoja y se giró. A diez metros, un hombre de hombros anchos desenfundó un silenciador con eficiencia clínica.

—El Buitre está acabado, pero tú eres un error en el sistema, Varela —dijo el asesino, su voz plana.

Julián no retrocedió. Ajustó los puños de su chaqueta con una elegancia que el ejecutor no pudo ignorar. Cuando Julián levantó la vista, el asesino dudó. No fue una duda táctica, sino visceral; una parálisis que le subió por la columna al reconocer, en la profundidad de los ojos de Julián, una jerarquía de poder que ninguna orden de La Cúpula podía anular. El ejecutor, acostumbrado a cazar presas, se encontró ante un depredador que apenas comenzaba a despertar.

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