Novel

Chapter 5: El precio de la lealtad

Julián entrega las pruebas del fraude de Ricardo a Valeria, consolidando su alianza. Tras repeler un ataque de los ejecutores de La Cúpula, Julián se prepara para la llegada de un asesino profesional enviado para eliminarlo, mientras Ricardo, desesperado, intenta destruir los activos de Valeria.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

El precio de la lealtad

El despacho de Julián, una oficina austera que servía como centro de mando, estaba impregnado del olor a café amargo y el zumbido constante de los servidores. Valeria Monteverde sostenía el anillo de sello original de los Varela. El oro, frío y pesado, parecía quemarle la palma de la mano. La mujer que, apenas horas antes, intentaba salvar su empresa con desesperación, ahora observaba a Julián con una mezcla de terror y revelación. Él no era el hombre que ella había rescatado del hospital; era el hombre que había estado esperando el momento exacto para desmantelar la ciudad.

—No es una reliquia, Valeria —dijo Julián, su voz carente de cualquier rastro de duda—. Es el acceso a la red de activos que Ricardo Alcántara cree haber heredado. Es una llave de guerra.

Julián arrojó un expediente sobre la mesa. Las pruebas del fraude financiero de Ricardo eran irrefutables: transferencias ilícitas, firmas falsificadas y el rastro de dinero que conducía directamente a La Cúpula. —Esto no es una petición de confianza. Es una exigencia de competencia. Si quieres recuperar tu empresa, esta es la munición. Úsala.

Mientras tanto, en su oficina de mármol, Ricardo «El Buitre» Alcántara se encontraba en un estado de parálisis. Sus cuentas maestras, el corazón de su imperio, estaban bloqueadas. La pantalla de su terminal mostraba un saldo de cero. El teléfono sonó: era un ejecutivo de La Cúpula. La voz al otro lado era gélida, desprovista de humanidad.

—Tu insolvencia es pública, Alcántara. Has permitido que un espectro se infiltre en el sistema. Tu tiempo de gracia ha terminado.

La humillación de la subasta no era solo una derrota financiera; era una ejecución social. Ricardo, consumido por una rabia ciega, tomó una decisión desesperada: si no podía recuperar su estatus, destruiría el activo de Valeria antes de que ella pudiera consolidar su victoria. Ordenó a sus hombres que interceptaran a la heredera esa misma noche.

El aire en las oficinas Monteverde se volvió pesado cuando Valeria, acompañada por Julián, intentó salir. Las luces parpadearon y se apagaron. Tres hombres emergieron de la penumbra, moviéndose con la eficiencia mecánica de los ejecutores de La Cúpula. No hubo advertencias. Cuando el primer atacante se lanzó, Julián se movió con una economía de fuerza aterradora, una destreza que solo un miembro del linaje real conocería. En segundos, el líder de los atacantes yacía en el suelo, con una marca física en su garganta que dictaba una lección silenciosa: el Rey Dragón no había vuelto para jugar.

Valeria observó la frialdad de Julián, comprendiendo que él no era solo un estratega, sino un depredador que había estado esperando el momento exacto para reclamar su trono. Julián no se detuvo a explicar; simplemente le entregó un dispositivo encriptado.

—Ricardo enviará a alguien más peligroso que estos perros —advirtió Julián, mientras salían del edificio—. Prepárate. La verdadera guerra comienza al amanecer.

Al amanecer, en el aeropuerto privado, el ambiente era de una tensión insoportable. Ricardo Alcántara esperaba, temblando, la llegada del Ejecutor. El hombre que bajó del avión no ofreció saludos, solo una mirada que escaneaba los errores de Ricardo como manchas de sangre. Le arrojó una tableta sobre el cuero de la limusina: la foto de Julián Varela, tomada en un pasillo hospitalario, brillaba con una claridad que le heló la sangre a Ricardo.

El Ejecutor recorrió con el dedo el rostro de Julián, sus ojos fríos como acero quirúrgico. —Todos en La Cúpula brindaron por su funeral hace años —murmuró, mientras su mano se posaba sobre el maletín que contenía su equipo de trabajo—. Pensamos que el Rey Dragón se había convertido en polvo. Qué divertido es descubrir que solo estaba esperando a que bajáramos la guardia.

El Ejecutor subió al vehículo, con la orden directa de eliminar al fantasma. Mientras la limusina se perdía en el horizonte de la ciudad, Julián, desde las sombras de una terraza elevada, observaba la llegada de su nuevo verdugo con una sonrisa gélida. La guerra apenas comenzaba.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced