Chapter 8
El aire en el salón de gala del Hotel Imperial ya no olía a champán y ambición, sino a pánico rancio. Julián Varela observaba desde la penumbra de una columna de mármol cómo la élite de la ciudad, esa misma que hace una hora brindaba por el éxito de Ricardo Valente, ahora esquivaba sus miradas con una urgencia cómica. Valente estaba en el centro del salón, rodeado por un vacío que se expandía como una mancha de aceite. Su impecable traje parecía ahora una armadura de cartón.
Un inversionista clave, cuyos fondos sustentaban la mitad de los proyectos inmobiliarios, lanzó un sobre con los registros de las cuentas offshore sobre la mesa de centro con un golpe seco.
—Ricardo, tu nombre es ahora sinónimo de quiebra técnica —sentenció, dándole la espalda—. Mis abogados estarán en tu oficina al amanecer.
Valente intentó una sonrisa, una mueca vacía que no llegaba a sus ojos.
—Es un sabotaje, una táctica de un empleado resentido —dijo, su voz resonando forzada en el silencio expectante—. El fideicomiso sigue bajo mi control. Tengo los sellos.
—No tienes nada —respondió el inversionista, dejando a Valente solo en el centro del salón, rodeado de susurros que ya no hablaban de poder, sino de estafa.
Julián se retiró sin ser visto. Minutos después, en el garaje subterráneo, el aire dentro del coche blindado era denso, cargado con el sudor frío de Héctor. El hombre que había sido la sombra ejecutora de Valente temblaba mientras sostenía el maletín con la clave maestra.
—Si firmo esto, no hay vuelta atrás —susurró Héctor, evitando mirar a Julián—. Valente no perdonará la traición.
—No te pido que te escondas —respondió Julián con voz gélida—. Te ofrezco una salida. Tu testimonio es el escudo que él ya no podrá perforar.
Héctor, acorralado por la realidad de su propio destino, estampó su firma en el documento notariado, sellando el fin judicial de su antiguo jefe.
Horas más tarde, el despacho de Valente, antaño un santuario de mármol, olía a papel quemado. Ricardo, con la corbata deshecha, tecleaba frenéticamente, intentando desviar activos. La pantalla solo repetía: Acceso denegado. Sello de lacre rojo requerido.
La puerta se abrió con una parsimonia insultante. Sofía Montalvo entró sosteniendo la carpeta de cuero desgastado del fideicomiso Varela.
—Héctor ya no trabaja para ti —dijo ella, cortante—. Y ese fideicomiso no es una cuenta de ahorros. Julián Varela acaba de ejecutar la impugnación definitiva.
Valente intentó levantarse, pero el pánico lo traicionó. Su imperio era una cáscara vacía. Julián apareció en el vestíbulo de la corporación, caminando hacia la junta directiva mientras la prensa, alertada por la filtración, rodeaba el edificio. Los accionistas, temerosos de una quiebra total, le abrieron paso. Al llegar a la cabecera de la mesa, Julián extrajo el sello de lacre rojo. El silencio en la sala fue absoluto. El Rey Dragón había vuelto para reclamar su trono, y la prensa, al otro lado de los cristales, comenzaba a cuestionar la legitimidad de cada ladrillo que Valente había puesto en la ciudad.