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Chapter 10: La subasta final

Julián Varela ejecuta su golpe maestro en la subasta final, revelando ante la élite que ha comprado toda la deuda del Grupo Dragón. Don Octavio es arrestado tras la exposición pública de sus crímenes, pero Julián detecta una amenaza superior observando desde las sombras, confirmando que la caída de Octavio es solo el inicio de una guerra mayor.

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La subasta final

El aire en el salón de subastas del Grand Hotel estaba viciado, cargado con el olor a incienso barato y la desesperación de hombres que intentaban vender su honor al mejor postor. Julián Varela permanecía en la penumbra, observando cómo Don Octavio, el hombre que había edificado su imperio sobre las cenizas de la dinastía Varela, se movía entre la élite como un dios menor. Para los presentes, Julián era solo el asistente, el perro fiel que había aceptado las migajas de una rendición humillante.

Octavio se acercó, su sonrisa una máscara de benevolencia que no alcanzaba sus ojos fríos. Puso una mano sobre el hombro de Julián, un gesto que pretendía ser paternal pero que se sentía como el peso de una lápida.

—Disfruta de la velada, Julián —susurró Octavio, asegurándose de que los inversores cercanos escucharan—. Has hecho bien en aceptar el trato. La ambición sin recursos es solo una forma de suicidio. Con lo que te he dado, podrás vivir una vida cómoda lejos de esta ciudad. Olvida el pasado; el futuro pertenece a quienes saben cuándo arrodillarse.

Julián mantuvo el rostro impasible, sus músculos tensos bajo el traje a medida. Su mirada se clavó en el martillo de ébano sobre el podio. —La comodidad es para los que no tienen nada que reclamar, Don Octavio —respondió Julián con una calma que hizo que el anciano vacilara por un segundo—. Yo he venido a ver cómo se cierra el libro de su historia.

El martillero dio inicio a la sesión. El lote cuarenta y dos, un conjunto de jades imperiales que pertenecieron a la dinastía Varela, fue presentado como la joya de la corona del consorcio. Octavio alzó la mano, un movimiento coreografiado para lavar sus activos y legitimar su saqueo.

—Cincuenta millones —anunció el martillero.

—Cien millones —la voz de Julián cortó el aire, resonando en los paneles de mármol.

La sala quedó sumida en un silencio sepulcral. Octavio se giró, su desdén convirtiéndose en una sombra de alarma. —Julián, te has equivocado de sala. Este mercado no es para asistentes con ínfulas de heredero.

Julián caminó hacia el estrado, cada paso marcando un cambio en la jerarquía del salón. No respondió al insulto; extrajo una carpeta de cuero del bolsillo de su saco. Elena Valdés, sentada en primera fila, evitó su mirada, consciente de que su propia traición al consorcio era la llave que Julián estaba a punto de girar.

—No vengo a pujar, Octavio —dijo Julián, su voz amplificada por el sistema de sonido—. Vengo a ejecutar una sentencia.

Julián desplegó el testamento original de su padre junto a los registros de expropiación que Elena había entregado a cambio de protección. Los sellos de lacre, intactos y verificables, brillaron bajo las lámparas de araña. Ante los inversores, Julián reveló la verdad: cada activo que el Grupo Dragón había 'adquirido' estaba gravado con una deuda que él había comprado en secreto.

—He adquirido la totalidad de sus pasivos, Octavio —declaró Julián, observando cómo el rostro del anciano perdía todo rastro de color—. Desde este momento, el Grupo Dragón no le pertenece a usted. Es un cadáver financiero que yo he decidido enterrar.

El pánico estalló. Los inversores empezaron a murmurar, retirando sus apoyos mientras la realidad de la insolvencia del consorcio se filtraba en sus dispositivos. Octavio intentó balbucear una amenaza, pero las puertas del salón se abrieron. La policía, dirigida por las pruebas que Julián había entregado, entró con paso firme.

Mientras los oficiales esposaban a Octavio, Julián tomó el martillo de ébano del podio. Lo sostuvo un momento, sintiendo el peso de la historia familiar bajo sus dedos, y lo dejó caer sobre la madera con un golpe seco que selló el destino del consorcio.

Julián observó cómo se llevaban a su enemigo, pero su victoria se sintió incompleta. Una sombra se movió en el fondo de la sala, un emisario que no formaba parte de la red de Octavio, observando todo con una frialdad que le erizó la piel. El Grupo Dragón era solo una rama podrida; el verdadero poder de la ciudad aún aguardaba en las sombras, observando el tablero con paciencia infinita.

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