Chapter 10
El reloj sobre la consola del Nivel -2 marcaba 03:55:00. Tres horas y cincuenta y cinco minutos antes de que el protocolo de purga eliminara no solo los registros del ensayo 402, sino cualquier rastro de la existencia de Elena Valdés en los servidores del Metropolitano. El aire en el archivo muerto era denso, saturado con el olor a ozono de los racks sobrecalentados.
Elena apretó la unidad flash contra su muslo. Era un trozo de metal insignificante, pero pesaba más que su propia vida. Un golpe seco contra la puerta blindada del archivo la hizo sobresaltarse. No era el sonido de una cerradura siendo forzada; era la cadencia deliberada de alguien que sabía que ella no tenía a dónde ir.
—Elena —la voz del Dr. Julián Rivas se filtró por el intercomunicador, impecable, desprovista de cualquier urgencia—. Sé que estás ahí. Puedo ver tu firma digital parpadeando en la red como una herida abierta. Es un error de sistema que estoy a punto de corregir.
Elena se puso en pie, con las piernas entumecidas. Sus dedos rozaron la llave maestra improvisada que Luz le había entregado antes de ser interceptada. El mensaje que acababa de recibir en su terminal portátil brillaba en la oscuridad: «Rivas planea un apagón total en tres horas. No quiere borrar el archivo, quiere destruir la infraestructura. Si corto la energía, la data se pierde para siempre».
—Sal y entrega la unidad —continuó Rivas—. No solo te devolveré tu identidad, sino que garantizo tu seguridad fuera de estos muros. Solo necesito que firmes la declaración que incrimina a Lucía Méndez. Ella sabía de los riesgos del 402 desde el primer día. Dame a ella, y te daré una vida nueva.
Elena sintió un vacío en el estómago. Rivas no solo quería el archivo; quería que ella fuera el verdugo de la única persona que había intentado ayudarla. La lealtad, en el Metropolitano, era una moneda de cambio que siempre terminaba devaluada.
—¿Por qué ella, Julián? —preguntó Elena, su voz apenas un susurro que apenas cruzó el umbral del intercomunicador.
—Porque alguien debe pagar por el error, Elena. Y tú eres demasiado valiosa para ser el chivo expiatorio.
Elena miró la pantalla. La carga de la transferencia de datos al servidor externo estaba al 90%. Sus manos temblaban mientras tecleaba una última instrucción. Si lograba desviar la carga antes de que el sistema detectara la intrusión, la verdad saldría a la luz. Pero el precio era alto: el nivel se sellaría automáticamente, dejándola atrapada en el corazón del archivo muerto.
—Lo siento, Luz —murmuró, mientras iniciaba la secuencia de transferencia definitiva.
Justo cuando la barra de progreso alcanzó el 98%, las luces del hospital parpadearon dos veces y se extinguieron por completo. El zumbido constante de los servidores cesó, reemplazado por un silencio absoluto y aterrador. El Metropolitano acababa de morir, y ella estaba atrapada en su interior, con la evidencia a punto de ser enviada al vacío.