El compartimento oculto
El zumbido de los servidores en el nodo central no era un sonido, era una presión física que le taladraba los dientes a Tomás. A su lado, Mara se tambaleaba, con los ojos fijos en un punto muerto mientras sus labios repetían un guion que no estaba escrito en ninguna pantalla: «La caída no es el final, es la purga necesaria». Su voz, distorsionada por una frecuencia metálica que emanaba de su propio relicario, cortaba el aire viciado del rack.
—Mara, mírame —ordenó Tomás, sujetándola por los hombros. La piel de ella estaba gélida, un contraste violento con el calor sofocante del nodo. Ese no era su guion; era el de ellos. Las alarmas del estudio aullaron, una secuencia de luces rojas intermitentes que bañaba el cuarto en un ritmo de ejecución. En la pantalla principal, sus rostros aparecían bajo la etiqueta de «CÓMPLICES: ACCESO NO AUTORIZADO». Vera Ledesma no solo los había dejado entrar; les había abierto la puerta de la celda para que se encerraran solos. La llave física que Don Elías le había entregado era un cebo de posicionamiento, un faro para que la seguridad los localizara en el corazón del sistema.
—Tomás... el relicario —susurró ella, volviendo en sí con un parpadeo errático. La superficie del objeto en la mano de él palpitaba con una luz ámbar, sincronizada con el cronómetro del estudio: 22:38:00 restantes.
Tomás arrastró a Mara fuera del nodo justo cuando la puerta blindada comenzaba a sellarse. En un pasillo de servicio, entre dos racks calientes, interceptó a Iker. El técnico tenía la cara sudada, pálida, mirando cada cámara como si fuera un verdugo.
—Vera sabía que iban a usar la llave —escupió Iker, sin dejar de mirar al techo—. La dejó ahí para que ustedes tocaran el cebo. Si entraban, el sistema los marcaba solos. Ya no hay vuelta atrás.
—Dime dónde está el registro físico de pagos —exigió Tomás, acorralándolo contra la pared—. El verdadero. No el que enseñan a los contadores para mantenerlos contentos.
Iker soltó una risa amarga. —¿Para qué? ¿Para morir con la verdad en la mano?
—Porque Vera te debe más de lo que te paga —sentenció Tomás, apretando el agarre en la chaqueta del técnico—. Si no me lo dices, mañana serás tú quien limpie la sangre del suelo.
Iker tragó saliva y le entregó una pequeña herramienta de precisión. —Está en la estructura del relicario, Tomás. En el compartimento oculto de la base. Pero date prisa, la seguridad ha bloqueado todas las salidas.
Escondidos en un baño de empleados, Tomás maniobró la ganzúa con manos temblorosas. El cerrojo cedió con un chasquido metálico. Mara, apoyada contra la puerta, seguía recitando su ruina. Tomás extrajo el microchip y lo conectó a su terminal portátil. La pantalla parpadeó en un verde clínico, desplegando una lista de transferencias bancarias. Los nombres saltaron a la vista: jefes de policía, jueces, ministros.
—El comisario Rivas —susurró Tomás, sintiendo cómo el aire se volvía irrespirable—. Y el ministro de Seguridad. No son predicciones, Mara. Es una contabilidad criminal. La 'implosión' no es un evento, es un operativo de limpieza. La policía no viene a arrestarnos, viene a borrar el registro que sostiene este edificio.
Un golpe seco y violento sacudió la puerta del baño. El equipo de seguridad privada de Vera había llegado. Tomás guardó el chip en su bolsillo interno mientras la luz del estudio se apagaba por completo, dejando solo el brillo ámbar del relicario que marcaba el tiempo. La cuenta regresiva, ahora más real que nunca, se detuvo en 10 minutos. Estaban atrapados.