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Chapter 5: La advertencia del guardián

Tomás y Mara visitan a Don Elías en el asilo, quien revela que el relicario es una llave de frecuencia para una transmisión permanente. Elías entrega una llave física para el nodo central del estudio. Al salir, Tomás descubre que el estudio los ha identificado como cómplices, convirtiéndolos en el centro de la próxima transmisión mientras la cuenta regresiva avanza implacable.

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La advertencia del guardián

El asilo «Casa de la Paz» no olía a caridad, sino a cloro y a un silencio artificial, como si las paredes estuvieran diseñadas para absorber cualquier rastro de humanidad. En el vestíbulo, una pantalla plana proyectaba un bucle institucional. Bajo el logo de la fundación, los números rojos de la cuenta regresiva parpadeaban con una cadencia errática: 23:00:00.

Tomás Varela sintió un frío metálico recorrerle la nuca. Mara Ríos, a su lado, apretó el relicario en su bolsillo con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color. Habían llegado a la periferia de la ciudad siguiendo el rastro de Don Elías Santoro, el hombre que, según los archivos, había custodiado el origen de la anomalía hace una década.

—No pueden estar aquí —dijo una enfermera, bloqueando el pasillo—. El señor Santoro no recibe visitas. Vera Ledesma dio instrucciones explícitas: cualquier consulta sobre el archivo histórico debe pasar por el departamento legal del estudio.

Tomás no esperó. Sacó la credencial clonada que Iker le había entregado, un pase que sabía que ya estaba quemado en el sistema, y se la mostró a la mujer con una calma gélida.

—El departamento legal no tiene jurisdicción sobre un paciente que está siendo silenciado —sentenció Tomás. La enfermera palideció, mirando la pantalla del vestíbulo donde, por un segundo, la cuenta regresiva pareció sincronizarse con el latido de su propio miedo.

Entraron en la habitación 402. Don Elías estaba sentado frente a un televisor mudo, absorto en la estática. Al verlos, no se sorprendió; señaló el asiento vacío. Cuando Mara dejó su relicario sobre la mesa de noche, el anciano dejó de temblar. Sus ojos, nublados por el tiempo, se fijaron en el metal con una mezcla de terror y reconocimiento.

—Ya lo han activado —susurró Elías, su voz como papel seco—. No es un objeto, Tomás. Es un receptor. Se alimenta de la atención pública. Cada segundo que ese reloj pierde es porque alguien, en algún lugar, está mirando la transmisión que no debería existir.

—Mi padre murió creyendo que esto era un secreto —respondió Tomás, acercándose—. Tengo el archivo fuente de hace diez años. Vera Ledesma está usando la misma infraestructura que ustedes construyeron para manipular la percepción de la audiencia. ¿Por qué lo hicieron?

Elías soltó una carcajada amarga.

—Tu padre no buscaba fama. Buscaba un puente para traer de vuelta algo que el estudio había borrado. Pero Vera... ella entendió que el relicario era una llave. No una llave de metal, sino una frecuencia. Si el reloj llega a cero, la transmisión no se detiene; se vuelve permanente. La realidad que ellos han guionizado reemplazará a la nuestra.

De repente, Elías se puso en pie con una agilidad antinatural, arrancó el tapizado de su silla ortopédica y extrajo una llave pequeña, de hierro oscuro y geometría fracturada. La arrojó sobre la palma de Tomás. El peso fue brutal, una densidad que parecía tirar de sus huesos hacia el suelo.

—No abre una puerta física —advirtió Elías, mientras el teléfono de Tomás vibraba incesantemente—. Abre el acceso al nodo central de la transmisión en el estudio. Pero tengan cuidado: si la usan, dejarán de ser espectadores para convertirse en el contenido. El relicario ya los está mirando de vuelta.

Al salir del asilo, la luz de la tarde se sentía hostil. Tomás revisó su teléfono: una notificación anónima mostraba una captura de pantalla del chat interno del estudio. Su rostro, captado por las cámaras de seguridad del pasillo, estaba enmarcado en rojo bajo la leyenda: «CÓMPLICE: ELIMINAR ACCESO».

Mara se detuvo en seco, mirando las pantallas de una tienda de electrónica cercana. En todos los monitores, la señal del estudio había sido interrumpida por una imagen estática de Tomás y ella, saliendo del asilo. El estudio no solo los buscaba; los estaba convirtiendo en el plato principal de su próxima transmisión. La cuenta regresiva, ahora visible en el borde de cada pantalla pública, marcó 22:45:00.

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