Chatarra con fecha de caducidad
El HUD del «Chatarra-09» parpadeaba en un ámbar enfermizo, recordándole a Leo Valenti que su existencia técnica pendía de un hilo de microdeuda. En el centro de la pantalla, el contador de combustible no solo descendía; se desplomaba con cada microajuste de los servomotores. Cuatro minutos y doce segundos. Eso era lo que le quedaba antes de que el Campo de Pruebas, una estructura de acero y luces de neón frío, decidiera que su unidad era chatarra de desecho y la confiscara automáticamente para saldar sus impagos.
—Valenti, deja de jugar con los estabilizadores. Tienes el Sector 7 ocupando espacio valioso —la voz del Director Kaelen resonó por el canal abierto, gélida y cargada de un desdén institucional que Leo conocía demasiado bien.
El Director no solo estaba observando; estaba esperando el fallo mecánico que le daría la excusa legal para desmantelar el legado de la familia Valenti. Leo apretó los dientes, sintiendo el calor del aceite quemado filtrándose a través de los sellos de la cabina. A pocos metros, el mech de entrenamiento de Kaelen, un modelo de élite con blindaje pulido y sistemas de refrigeración de alta eficiencia, aguardaba como un depredador. Leo no podía ganar en una prueba de fuerza bruta. Su única opción era la eficiencia, una palabra que, en el Sector 7, sonaba a broma cruel.
—Solo un ajuste más, Director —respondió Leo, con la voz firme a pesar del sudor que le nublaba la vista.
El zumbido del motor de fusión en el pecho de su unidad sonaba como un grito agónico. El aire estaba saturado de un olor a ozono eléctrico y plástico derretido, una señal inequívoca de que el módulo prototipo, una pieza de hardware ilegal que había rescatado de un vertedero, estaba forzando los límites del bastidor. La barra de sincronización, que normalmente se arrastraba por debajo del veinte por ciento, ahora oscilaba en un verde eléctrico, marcando un ochenta y cinco. Era una cifra imposible para un piloto de rango inferior, un error estadístico que el sistema de la Academia de Hierro no tardaría en purgar.
—¡Maldita sea, estabilízate! —siseó Leo, sus dedos volando sobre el panel de control manual mientras intentaba enmascarar la firma energética con un algoritmo de compresión que apenas había terminado de programar esa mañana.
La pantalla central mostró una notificación de alerta: Deuda de Combustible: Incremento por sobrecarga de flujo (0.04 créditos/seg). Cada segundo que mantenía ese rendimiento superior le costaba lo poco que le quedaba de su asignación mensual. Si no terminaba la prueba de diagnóstico antes de que el contador de deuda superara el límite de crédito de su familia, el mech sería reclamado por la Academia antes de que pudiera salir de la plataforma.
El aire en el pasillo de salida del Campo de Pruebas sabía a ozono y a humillación. Leo Valenti se quitó el casco, sintiendo cómo el sudor le pegaba el uniforme raído a la piel. Su pulso aún golpeaba contra sus sienes, un eco frenético del ritmo de sincronización que acababa de forzar en su destartalada unidad. En su interfaz visual, el contador de deuda destellaba en un ámbar agresivo: 842.000 créditos. El margen de error se había reducido a una línea tan fina como un hilo de seda.
—Valenti —la voz del Director Kaelen resonó como una sentencia de muerte.
Kaelen caminaba con la rigidez de un hombre que consideraba que el orden era una extensión de su propia anatomía. Sus ojos, fríos y calculadores, no miraban a Leo, sino a la cabina del mech que aún humeaba a sus espaldas.
—Ha sido un reajuste de emergencia, Director —dijo Leo, interceptando el paso de Kaelen—. El sistema de refrigeración falló en la última fase de carga. Tuve que purgar el núcleo para evitar una explosión catastrófica. La telemetría debe estar corrupta.
Kaelen se detuvo a un metro de distancia. El silencio fue una presión física que amenazaba con aplastarlo. De repente, el HUD del mech, aún conectado a la red local del sector, parpadeó en rojo intenso: Sincronización inestable. Módulo Prototipo detectado. El Director entrecerró los ojos, su mirada recorriendo la cabina con una intensidad depredadora. Leo sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. Antes de que Kaelen pudiera dar un paso más, una sombra se interpuso entre ellos. Era Valeria «Valky» Soler, cuya sola presencia solía congelar el aire en el hangar.
—Déjelo, Director. La chatarra de Valenti no vale el tiempo de su auditoría —dijo ella con una sonrisa fría, aunque sus ojos, rápidos y analíticos, escaneaban los datos que aún flotaban en la pantalla de Leo.
Kaelen se retiró con un gesto de desprecio, pero el daño estaba hecho. Valky se acercó a Leo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido mientras el cronómetro de su deuda seguía devorando sus últimos créditos:
—Tu estilo de pilotaje ha cambiado, Valenti. ¿Qué le hiciste a esa chatarra?