Segundos de eternidad
La sangre ya no goteaba: corría en hilo constante por la pernera y formaba un charco que reflejaba las luces LED del techo. Valeria mantenía el relicario clavado en el puerto de enlace de la sala B-3, el metal caliente contra la palma. El contador holográfico colgaba sobre ellos como un reloj de ejecución: 12 horas y 47 minutos.
—Quítalo —ordenó Varga. La voz le salió quebrada, pero el supresor que apuntaba al núcleo del relicario no temblaba—. O lo quemo contigo dentro.
Valeria fijó los ojos en la barra de progreso: 89,4 %. Cada porcentaje ganado le costaba un latido que resonaba en la sien.
—Noventa y dos —dijo ella, la garganta en carne viva—. Dame noventa segundos más y te regalo el final que quieres. La audiencia ya está eligiendo.
En las pantallas perimetrales la confesión falsa seguía girando: su cara exhausta jurando que todo era un montaje suyo, que los documentos eran falsos comprados por competidores. Pero cada veinticinco segundos la imagen se astillaba. Un extracto bancario irrumpía —8,7 millones transferidos a cuenta personal de Julián Varga, diecisiete meses atrás—, luego volvía el llanto ensayado. Ya no era interferencia. Era hemorragia pública.
Varga avanzó medio paso. El cañón rozó el relicario.
—Estás arruinando mi equipo con tu sangre —susurró—. Y sigues pensando que puedes negociar.
90,1 %. El relicario vibró una vez más, débil, como un pulso que se apaga. La voz de la abuela regresó sin pedir permiso: «Ese relicario no te salva, mija. Te marca. Cuando lo abras, ya no habrá manera de cerrar la puerta». Ahora lo entendía: no eran solo archivos. Era el plano exacto de la jaula que su familia había ayudado a soldar.
91,7 %.
Varga apretó el supresor. Un chisguete eléctrico recorrió el metal. La barra se congeló en 91,9 %.
—No —dijo Valeria, casi sin aliento.
Con un tirón seco, Varga arrancó el relicario del puerto. La conexión se cortó. La barra dejó de moverse. El contador saltó: 12 horas y 45 minutos.
Valeria se tambaleó hacia atrás. El relicario colgaba ahora de los dedos de Varga como un trofeo ensangrentado.
Él activó la pantalla central con un gesto brusco. La confesión falsa llenó el espacio: «Yo autoricé el encubrimiento. Lo hice por dinero». Amplificada, pulida, sin fisuras. Pero las grietas seguían vivas: nombres, fechas, transferencias que parpadeaban como cortes frescos.
—Última oferta, Vale —dijo Varga, voz baja y captada por todos los micrófonos abiertos—. Destrúyelo ahora, en vivo. Un golpe limpio. La audiencia lo ve y yo detengo el bucle antes de que termine.
El muslo temblaba. La herida del pulso anterior seguía abierta; cada latido empujaba más sangre tibia.
—No voy a romper la única prueba de quién eres —respondió ella.
Varga sonrió torcido.
—Entonces que ellos decidan.
Arrojó el relicario al suelo. El metal rebotó dos veces, rodó, pero resistió. Los comentarios estallaron: #VargaMiente #RíosVerdad #ApaguenElFeed.
Con una seña, dos guardias entraron desde el pasillo de servicio y la sujetaron por los brazos. Ella forcejeó, pero las piernas ya no respondían del todo.
Con la mano libre, Valeria presionó el pulgar ensangrentado contra un sensor oculto en la consola principal. Un pitido corto. La cláusula 17 apareció en el feed principal, texto completo, sin cortes:
«Los firmantes y descendientes directos quedan exentos de borrado mientras el sistema permanezca operativo. Destrucción total activa Protocolo Génesis: eliminación genética completa de linaje Ríos».
Valeria alzó la voz, ronca pero firme:
—Léanla. Sus apellidos también están en la lista derivada. No soy la única. Somos todos.
El chat se volvió incendio. Miles verificaban listas en tiempo real. Nuevos hashtags: #Cláusula17 #SomosTodosRíos.
Varga se lanzó y le cruzó el rostro con el dorso de la mano. El labio se partió. Sangre caliente en la lengua.
—Cállate —gruñó.
El contador marcó 12 horas y 10 minutos. Voces metálicas llegaron desde el pasillo: policía corporativa a tres minutos.
Varga giró hacia la consola principal, intentando recuperar el control remoto. Por unos segundos, Valeria quedó sola en el suelo. Se arrastró, codo tras codo, dejando un rastro rojo brillante, hasta el terminal secundario oculto detrás de la consola. Presionó la huella ensangrentada. El panel se abrió.
La barra de carga del archivo definitivo apareció: 85 %.
Tecleó con dedos que apenas obedecían. 86 %… 87 %…
Varga volvió, supresor en mano.
—Basta, Vale. Ya perdiste.
94 %.
El feed titiló. Por un instante, el nombre del archivo brilló legible: Génesis – autodestrucción total.
Valeria levantó la mirada hacia él.
—No perdí. Todavía no.
98 %.
Varga corrió hacia ella.
Valeria presionó «confirmar» con el último aliento.
La barra llegó al 100 %.
El contador se detuvo en cinco minutos.
Cinco minutos. Si no subo el archivo ahora, seré la villana de esta historia por el resto de la eternidad.