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Chapter 7: Cacería en la red

Valeria escapa del almacén apagado por el pulso del relicario mientras es rastreada por drones y cazadores de recompensas. Usa pulsos controlados del relicario para desactivar amenazas tecnológicas, pero cada uso agrava su daño físico y reduce el tiempo restante. En el mercado de Jamaica evade a un fanático que casi la captura, revelando que Varga ha puesto precio a su cabeza. Llega al acceso subterráneo del nodo 17B, descubre que el relicario también contiene protocolos de borrado masivo automáticos al llegar a cero, y entra al servidor físico principal con 35 horas y fracción restantes.

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Cacería en la red

El relicario quemaba contra el esternón de Valeria como si ya hubiera empezado a soldarse al hueso. Treinta y seis horas. El número ardía en la esquina de su implante, inmóvil, sordo a cualquier comando. Se limpió la sangre que le goteaba de la nariz con el dorso de la mano; el sabor metálico le llenó la boca mientras las voces de sus abuelos —calmas, técnicas, cómplices— seguían repitiéndose en su cabeza: “El silencio es estabilidad, Julián. El silencio es lo que nos compra tiempo”.

Nueve minutos atrás, al forzar el nivel tres, el pulso del relicario había apagado todo el sector. Ahora el almacén era un agujero negro de ventanas rotas y zumbidos lejanos. Cuatro drones —luces rojas barriendo escombros— se acercaban desde el norte.

Valeria se pegó a una viga oxidada. Cada latido suyo era una baliza. “Treinta y cinco horas cincuenta y ocho minutos”, susurró la voz sintética que antes pertenecía a Elena. Varga la había reemplazado por un coro robótico que anunciaba la cuenta regresiva como si fuera un juego.

El primer dron cruzó el marco de una ventana. Valeria cerró el puño alrededor del relicario hasta que el borde le cortó la piel. Un pulso corto, controlado. El aire se cargó de estática; los cuatro drones cayeron con un chasquido seco, hélices inertes. Pero el precio llegó como un clavo al cráneo: sangre fresca en la comisura de los labios, visión partida en dos. El contador saltó: treinta y cinco horas cincuenta y cinco minutos.

No podía seguir gastando pulsos. Cada uno le robaba minutos de vida.

Corrió hacia la salida trasera. La puerta metálica cedió con un chirrido que resonó como un disparo. Afuera, la noche de la ciudad olía a aceite quemado y elote asado. Las pantallas gigantes de las fachadas coloniales repetían su rostro en bucle: VALERIA RÍOS – RECOMPENSA ACTIVA – 450,000 créditos + estatus Legend. Debajo, el mismo reloj que le latía en la sien. Toda la ciudad había convertido su cabeza en una quiniela.

Se lanzó hacia el mercado de Jamaica. Entre el vapor de los puestos y el gentío nocturno intentó volverse invisible. El relicario golpeaba contra su pecho como un segundo corazón furioso. Tres drones pequeños —tamaño paloma— doblaron la esquina a ras de suelo, sensores brillando.

Se tiró detrás de un puesto volcado. El vapor de los tamales le escaldó la cara. Abrió el relicario. La inscripción interior palpitaba: Protocolo Génesis – Nodo 17B – Acceso físico 400 m. Un mapa fugaz trazó la ruta al servidor raíz antes de que el primer dron la fijara con un láser rojo en el pecho.

Otro pulso. Los drones cayeron. Las rodillas le fallaron; tuvo que apoyarse en una mesa para no desplomarse. Treinta y cinco horas cuarenta y ocho minutos.

“¡Ahí está la traidora!”

Un muchacho de veintitantos años —sudadera con el logo del feed, ojos brillantes de fanatismo y hambre— salió de entre los puestos blandiendo un bastón extensible electrificado. Detrás, seis o siete curiosos empezaron a cerrar el círculo, teléfonos en alto transmitiendo en directo.

Valeria corrió hacia un callejón. El muchacho era rápido. La alcanzó en doce zancadas, la agarró del brazo y tiró de la cadena del relicario. El metal se le clavó en la nuca.

—No te resistas, Vale. Es por el rating —dijo él, la voz temblorosa de excitación—. Mi familia necesita los créditos.

Ella giró, le hundió el codo en la tráquea. El agarre se aflojó un instante. Valeria apretó el relicario contra su propio pecho y soltó un pulso dirigido. El bastón chisporroteó y se apagó. El muchacho cayó de rodillas, dedos todavía enredados en la cadena medio rota, convulsionando.

Las luces de neón cercanas parpadearon y murieron en cadena. Gritos de confusión. La turba dudó, dividida entre la recompensa y el miedo a quedar también marcados.

Valeria no esperó. Corrió hacia la estación de metro abandonada que el mapa señalaba como acceso al nodo 17B. Bajó por la escalera de servicio. El olor cambió: humedad, aceite quemado, ozono fuerte. Cada peldaño resonaba como un martillo.

Arriba, botas y voces por radio. Alguien cobraba por mantener su posición actualizada en tiempo real.

Nivel -4. Luces de emergencia rojas titilaban al ritmo del contador: 35:47:12.

Extendió la mano al panel sellado. El relicario vibró, caliente contra su piel. Lo abrió. La inscripción manual de su abuelo brilló bajo la luz roja: GÉNESIS / CENSURA / RAÍZ. Debajo, activado tras la sobrecarga: coordenadas exactas del servidor principal y un bloque nuevo: Protocolos de borrado masivo – ejecución automática al llegar a contador cero.

El relicario no era solo un mapa para destruir el sistema. Era también el gatillo que Varga activaría para borrar su existencia —y la de cualquiera que la hubiera ayudado— si ella no llegaba primero.

La puerta reforzada se abrió con un siseo hidráulico. El aire frío la golpeó como una bofetada. Filas de servidores negros zumbaban, luces verdes parpadeando como ojos que la reconocían.

Valeria cruzó el umbral. El contador marcaba poco más de un día y medio. El aire olía a ozono y a mentiras antiguas.

Era hora de romper el feed.

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