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Chapter 4: El precio de la verdad

Valeria intenta obtener ayuda de un antiguo aliado, El Arquitecto, pero descubre que él la ha traicionado para cobrar una recompensa. Tras una persecución, Valeria se refugia en un centro de datos familiar, solo para descubrir que su mensaje de auxilio ha sido interceptado y convertido en un espectáculo de apuestas por Varga. El rastreador del relicario se activa, marcando su posición permanentemente.

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El precio de la verdad

Las luces LED del café ‘La Esquina’ parpadeaban con una síncopa artificial que parecía burlarse de mi pulso. 143 horas. Ese era el margen que me quedaba antes de que el feed se volviera permanente y mi historia fuera reescrita por el algoritmo de Varga. El aire, cargado de ozono y fritura, se sentía como una jaula. Frente a mí, El Arquitecto —el hombre que alguna vez juró que mi padre era un héroe de la resistencia— jugueteaba con un cable de fibra óptica. Sus dedos, amarillentos por la nicotina, delataban un miedo que no era por mí, sino por su propia piel.

—El relicario no es solo plata, Valeria —dijo, sin levantar la vista de la terminal—. Es una firma. Un faro de rastreo de clase militar. Si lo mantienes encendido, Varga no necesita buscarnos. Solo tiene que esperar a que el GPS haga el trabajo sucio.

—Necesito los archivos de los nodos, no una lección de hardware —respondí, con la voz cortante. Sobre la mesa, el relicario emitía un brillo tenue, casi imperceptible, pero para mí era como un sol en medio de la oscuridad. Cada segundo que pasaba, mi cuenta regresiva personal se sentía más pesada. —Dime que puedes extraer el mapa antes de que el feed me borre por completo.

El Arquitecto soltó una risa seca. Sus manos se detuvieron sobre el teclado. —Tu padre no fue un héroe, Valeria. Fue el arquitecto del sistema que ahora te devora. Y yo no estoy aquí para salvar al linaje de los Ríos. Estoy aquí para cobrar la recompensa por la pieza que falta.

El sonido de una notificación de sistema resonó en todo el local. En las pantallas del café, mi rostro apareció de repente, captado desde un ángulo cenital por una cámara de vigilancia que no había visto. Debajo, un banner dorado con letras fluorescentes rezaba: «¿Dónde está la heredera de los Ríos? Apuesta en vivo por su próxima parada». El Arquitecto se puso en pie, alejándose mientras el local se sumía en un silencio tenso. Había vendido mi ubicación. Salí corriendo hacia el callejón, sintiendo cómo el rastreador en el relicario se calentaba contra mi costado, emitiendo un pulso que sincronizaba mi ubicación exacta con el algoritmo de Varga.

Me detuve frente a un terminal de acceso público en un callejón saturado de publicidad. Mis manos, torpes por la adrenalina, conectaron el cable. La pantalla no mostró el código de acceso; en su lugar, se encendió con un brillo cegador. El feed estaba transmitiendo mi huida en tiempo real. Los comentarios de los usuarios corrían como una cascada de veneno: «¿A dónde irá la rata?», «Apuesto a que no llega al centro de datos». Varga no solo me estaba cazando; estaba convirtiendo mi desesperación en un espectáculo de apuestas masivas. Intenté hackear el nodo local, pero el sistema de Varga reconoció mi firma digital. Mis cuentas fueron bloqueadas instantáneamente, dejando mi pantalla en negro.

La única opción era el centro de datos subterráneo que mi familia ayudó a diseñar, un lugar que, en teoría, debería ser un punto ciego. Me arrastré entre los bastidores de servidores, mis dedos raspando el metal frío. El zumbido eléctrico del lugar, alimentado por una red de emergencia, parecía una canción de cuna distorsionada. Esperaba encontrar refugio, pero el relicario en mi bolsillo comenzó a vibrar con una frecuencia que me inmovilizó por el dolor. No era una falla; era una activación.

Una pantalla vieja, cubierta de polvo, se encendió de golpe, bañando el pasillo con una luz azul gélida. Mi mensaje cifrado, el que había enviado con la esperanza de contactar a la resistencia, no había llegado a ninguna red clandestina. El algoritmo de Varga lo había interceptado, procesándolo y convirtiéndolo en un reality show de mi propia caída. El contador, ahora en 142 horas, se tiñó de un rojo carmesí. Entendí, con una claridad gélida, que el rastreador no podía ser extraído sin matarme. El rastreador en la reliquia se ha activado. Ya no estoy huyendo; estoy siendo cazada.

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