La cuenta regresiva final
El zumbido de los drones de la Auditoría no era un sonido, era una presión física contra los tímpanos. Elena Varga se agazapó tras el parapeto de la azotea de la Torre Auditoría, con la lluvia fría filtrándose por su chaqueta y el sabor a ozono quemando su garganta. En su implante, el contador parpadeaba en un rojo agónico: 35 horas y 42 minutos para la subasta. Pero el tiempo era una ilusión; su identidad ya no le pertenecía. El deepfake que la vinculaba con el asesinato del Director de Auditoría se reproducía en cada pantalla
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