El precio de la evidencia
La lluvia en la ciudad no limpiaba nada; solo arrastraba el hollín de los callejones hacia las rejillas obstruidas. Elena Varga se ajustó la capucha, sintiendo el peso del relicario metálico contra su costado. Era un objeto frío, pero bajo su tacto, parecía arder con una urgencia eléctrica. El contador en su implante, proyectado en el borde inferior de su visión, marcaba 143:58:12. Una vida que ya no le pertenecía, reducida a un cronómetro de ejecución.
El taller de Juliá
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