El precio de la primera página
El aire en el estudio de grabación de la mansión era una mezcla estéril de ozono y plástico quemado. Elena aterrizó sobre el concreto, con el pecho agitado por un ritmo que no lograba controlar. Frente a ella, el monitor principal escupía una secuencia alfanumérica en bucle, un glitch que Sofía había dejado como una cicatriz digital antes de desvanecerse.
—Descífrate, maldita sea —susurró Elena, conectando su terminal al puerto oculto bajo la consola. Sus dedos apenas obedecían, pero el software de intrusión comenzó a devorar el firewall. De pronto, la pantalla se tiñó de un escarlata agresivo. Error de autenticación: Huella no reconocida. El sistema no solo bloqueaba el acceso; estaba triangulando su posición. Un mapa de calor del edificio apareció, con un pulso rojo palpitando en el sótano. No era un estudio; era un centro de mando. Antes de que pudiera procesar la magnitud de la vigilancia, el chasquido metálico de la puerta principal anunció que el tiempo se le acababa. Elena arrancó el dispositivo de almacenamiento y huyó por el pasillo lateral, con el eco de los pasos de los guardias persiguiéndola como una sentencia.
El mármol del pasillo principal se sentía peligrosamente gélido. Elena, con el libro negro oculto bajo el forro de su chaqueta, intentó mantener una postura de indiferencia, pero el peso del tomo era una carga física insoportable. Faltaban once días para que la ley declarara a Sofía muerta y el imperio familiar se consolidara en manos de Julián.
—Elena —la voz de Julián fue un corte seco. Estaba apoyado contra una ventana, observando el despliegue de seguridad con una calma que le heló la sangre. Su sonrisa no llegó a sus ojos oscuros—. Qué oportuno. Estaba revisando las cuentas de la familia y me temo que he notado ciertas... inconsistencias en tu comportamiento.
Julián caminó hacia ella, invadiendo su espacio con la arrogancia de quien ya se sabe dueño del destino de todos.
—Dada tu inestabilidad tras el incidente de Sofía, he suspendido tus privilegios. Tus tarjetas están bloqueadas y cualquier acceso a las cuentas fiduciarias ha sido revocado. No intentes moverte sin mi supervisión.
Elena sintió que el suelo se abría. No era solo una cuestión de dinero; era un cerco. Julián sabía que ella tenía algo, y estaba asfixiando sus recursos para obligarla a cometer un error.
Desesperada, Elena buscó al único aliado que le quedaba: el administrador Varga. En su biblioteca, el aire olía a tabaco rancio y a corrupción acumulada durante décadas. Varga, un hombre cuyos lealtades se compraban al mejor postor, la miró por encima de sus documentos financieros.
—Sabes lo que tengo, Elena —dijo Varga, tamborileando sus dedos manchados de tinta—. Ese libro es una lista de ejecuciones sociales. Si lo abres, no solo buscas a tu hermana; estás firmando tu propia expulsión, o algo peor.
—Dame la clave —exigió ella, sintiendo el peso del libro contra su costado.
—Tiene un precio: tu silencio sobre el fraude de la constructora en el 2019. Si firmas el documento de encubrimiento, te daré la llave.
Elena no dudó, aunque supo que estaba vendiendo su integridad para comprar una verdad que podría matarla. Firmó, convirtiéndose en cómplice del mismo crimen que pretendía denunciar.
De vuelta en su habitación, el silencio era absoluto. Con la clave de Varga, Elena alineó los números con la cuadrícula de la primera página del libro negro. La tinta que antes parecía un garabato sin sentido comenzó a reordenarse. El primer nombre en la lista, subrayado con una tinta roja que brillaba con un tono antinatural, era el de su propio padre. No era un socio; era un rehén. Bajo el nombre, una marca de agua inconfundible reveló el sello del estudio de grabación. Su padre no había construido el imperio; había sido devorado por él. Elena sintió cómo la náusea la invadía al comprender que Sofía había desaparecido por intentar salvar a un hombre que ya estaba sentenciado. En ese instante, las luces de su habitación parpadearon y un pitido agudo anunció que el sistema de seguridad de la mansión se bloqueaba, dejando las puertas del ala este selladas. Alguien sabía que ella tenía la prueba, y la trampa se había cerrado.