El último frame de Sofía
El estudio de televisión de la mansión Valenti no olía a flores, a pesar de los arreglos de orquídeas blancas que custodiaban el set; olía a ozono, a maquillaje espeso y a la estática violenta de las cámaras que devoraban a las personas. Elena, oculta en la penumbra de la cabina de control, observaba a su hermana Sofía a través de los monitores. Sofía, la heredera perfecta, el rostro de la dinastía, estaba frente a las luces, impecable, con esa sonrisa de porcelana que la familia exigía para vender la nueva fundación.
—Estamos en vivo en tres, dos… —susurró el técnico a su lado, ignorando la presencia de Elena. Para el mundo, ella no existía; era solo la sombra, la hermana que no heredaba, la que debía mantenerse fuera de cuadro.
Sofía comenzó a hablar sobre filantropía y legado, pero sus ojos no seguían el teleprónter. Estaban fijos en la cámara cuatro, un ángulo muerto que Julián siempre supervisaba personalmente. De pronto, el monitor principal sufrió un espasmo. La imagen se distorsionó, un glitch digital que fragmentó el rostro de Sofía en píxeles de un verde enfermizo. No fue un fallo técnico; fue un lenguaje. La imagen se congeló durante un milisegundo, revelando un código alfanumérico que solo una persona en el mundo reconocería: el protocolo de comunicación que ambas usaban para burlar a su padre cuando eran niñas. El público en el set comenzó a murmurar, pero Julián, sentado en primera fila, se puso en pie con una calma gélida, haciendo una seña a seguridad. En segundos, la transmisión se cortó a una placa negra. Sofía no estaba en el escenario cuando las luces volvieron a encenderse.
Elena no esperó. Salió de la cabina antes de que Julián tomara el control del micrófono para calmar a la prensa con una mentira ensayada. Corrió por los pasillos de servicio hasta la biblioteca, el único lugar donde Sofía solía refugiar sus miedos. El silencio allí era una presencia física, un peso que oprimía su pecho. Sabía lo que venía: el reloj legal había comenzado a correr. Doce días. Eso es lo que la ley otorgaba antes de que la desaparición de Sofía fuera declarada muerte presunta, entregando el imperio y sus secretos a Julián. Doce días para encontrarla o ser borrada junto con ella.
Se deslizó tras el escritorio de caoba. Sus dedos temblaban al buscar la palanca oculta bajo el cajón del centro. Al activarla, un chasquido seco resonó como un disparo. La caja fuerte no se abrió; en su lugar, el panel de madera se combó hacia adentro, cediendo bajo un mecanismo defectuoso. Una sección del papel tapiz se rasgó, revelando un hueco oscuro entre los muros de carga. El aire que emanó era gélido, impregnado con el olor a papel viejo y químicos de revelado. Elena encendió la linterna de su móvil; el haz de luz reveló un libro de contabilidad de cuero negro, grueso y desgastado.
Se refugió en un cuarto de servicio, un armario estrecho que olía a cera vieja. Afuera, el eco de los pasos de Julián resonaba en el pasillo con una cadencia depredadora.
—Elena —la voz de su hermano, melosa y cargada de autoridad, se filtró por la rendija—. Sé que estás en la mansión. No hagas esto más difícil. Papá está alterado. No necesitas jugar a la detective.
Elena contuvo la respiración, con el libro apoyado contra su pecho. Si Julián entraba, el libro no sería solo una evidencia; sería su sentencia. Con un movimiento rápido, miró su móvil: el glitch de la transmisión se repetía en bucle. Se arriesgó a abrir el libro. La primera página no contenía cifras, sino una lista de nombres. Y allí, encabezando la columna de los traidores, estaba el nombre de su padre, marcado con una tinta roja tan fresca que parecía haber sido escrita esa misma mañana. El mensaje cifrado en la pantalla no era para el público; era para ella. Y el juego, mortal y definitivo, acababa de empezar.