The Ledger Cost
El motor del todoterreno de Tomás rugió una vez más en el patio, más cerca esta vez. Valeria sintió el pulso en la garganta. Acababa de esconder el libro negro detrás del panel cuando la puerta del corredor se abrió de golpe.
Tomás entró sin prisa, quitándose las gafas de sol con ese gesto lento que siempre usaba para medir a los demás. Sus botas dejaron huellas húmedas de tierra roja en el piso de madera.
—Prima —dijo, la voz baja, casi amable—. El notario está a una hora de llegar. Si no aparece Elena antes del atardecer, la junta toma posesión provisional. Todo. Incluyendo lo que sea que estés buscando aquí.
Valeria se obligó a mirarlo a los ojos. —No busco nada. Solo aire.
Él sonrió sin humor y avanzó un paso. El olor a tabaco caro y colonia fuerte llenó el espacio entre ellos. —El ala norte lleva cerrada desde que el abuelo murió. Nadie entra sin motivo. ¿Encontraste algo que no debías?
Ella negó con la cabeza, pero sus manos, a la espalda, apretaban el borde de la madera astillada del zócalo. El libro estaba allí, a centímetros, y cada segundo que Tomás permanecía en la habitación hacía más probable que lo oliera, que lo intuyera.
—Treinta y seis horas —dijo él de pronto, como si leyera sus pensamientos—. Eso es lo que queda para que declaren a Elena muerta presunta. Después nadie podrá reclamar nada. Ni tú, ni yo, ni la junta. Pero si alguien presenta prueba de que sigue viva… o de que alguien la hizo desaparecer… el juego cambia.
Valeria sintió el frío subirle por la nuca. —¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy informando. —Tomás se acercó hasta quedar a un brazo de distancia—. Hay gente que no quiere que ese plazo se cumpla. Y hay gente que sí. Tú decides de qué lado estás.
Se dio la vuelta y salió sin esperar respuesta. El portazo resonó como un martillazo.
Valeria esperó diez segundos eternos antes de sacar el libro. Sus dedos temblaban al abrirlo otra vez en la página de la lista. Allí estaba: Valeria Montes – posición 7 – liquidación – hoy. La tinta parecía más oscura bajo la luz mortecina de la tarde.
El teléfono vibró en su bolsillo. Mensaje de Clara Fuentes:
«Si ese libro sale a la luz en cualquier trámite, la fiscalía te señalará como la principal sospechosa de la desaparición de Elena. Retiré su expediente del hospital esta mañana bajo orden judicial. No hay copia. Destrúyelo antes de que alguien más lo vea. 36 horas. No seas la siguiente.»
Valeria sintió que el suelo se inclinaba. Clara había retirado el expediente. Clara sabía del libro. Clara la estaba advirtiendo… o acorralando.
Volvió a las páginas. En el margen de una hoja medio arrancada, la letra dura de Don Rafael:
«Pago final a Dr. Arrieta – Hospital Central – silencio comprado por 18 meses. Comprobante adjunto.»
Dieciocho meses. Elena llevaba desaparecida casi ese tiempo exacto.
Valeria marcó el número del hospital con dedos torpes.
—Archivo central, buenos días.
—Valeria Montes. Necesito información sobre el expediente de Elena Vargas.
Silencio breve. Luego la voz fría: —Señorita Montes, ese expediente fue retirado hoy a las 09:47 bajo orden firmada por usted misma. Sello notarial adjunto. No hay duplicado físico ni digital autorizado para consulta.
—No firmé nada —susurró Valeria.
—Está registrado. Buenas tardes.
La línea se cortó.
Valeria se quedó mirando la pantalla negra. Su propia firma falsificada acababa de borrar la última pista oficial de Elena. Alguien la había usado para vaciar el rastro… y ahora el rastro apuntaba directamente hacia ella.
El libro pesaba más que nunca en sus manos. Si lo entregaba, Tomás ganaría tiempo para la declaratoria y la liquidación se ejecutaría sin testigos. Si lo destruía, perdía la única prueba que conectaba las deudas del abuelo con la desaparición de Elena. Si lo llevaba consigo, cualquier registro oficial la convertiría en la culpable perfecta.
Desde el patio llegó el sonido de otro vehículo. Más pesado. Más oficial.
Valeria cerró el libro con fuerza. Treinta y seis horas. Y cada minuto que pasaba la trampa se cerraba un poco más.