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Chapter 1: The First Lead

Valeria entra al archivo del hospital buscando rastros del tratamiento de Elena y encuentra una referencia oculta a una propiedad no registrada en la hacienda familiar. Va allí de inmediato, descubre un compartimento secreto y extrae el libro negro. Al abrirlo ve la lista de 'Deudas Pendientes' escrita por Don Rafael, donde su propio nombre aparece marcado para liquidación ese mismo día. Mientras Tomás llega a la hacienda, recibe un mensaje de Clara Fuentes advirtiéndole que poseer el libro la convertirá en la principal sospechosa de la desaparición de Elena.

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The First Lead

Valeria Montes empujó la puerta del archivo subterráneo del Hospital Central con el hombro, el corazón latiéndole en la garganta. El fluorescente parpadeaba como si también estuviera a punto de rendirse. Llevaba cuarenta y siete horas y doce minutos desde que Elena le dejó el último mensaje de voz: «Si algo me pasa, busca en el hospital. No confíes en Clara». Ahora quedaban menos de cuarenta y ocho horas para que la desaparición de su prima se convirtiera en muerte presunta y todo —la hacienda, las cuentas, el nombre Montes— pasara a Tomás sin discusión.

—Expediente Vargas, Elena —dijo sin preámbulos al hombre detrás del mostrador.

El archivista ni siquiera levantó la vista del monitor. Sus dedos tamborileaban sobre un sello que ya estaba húmedo.

—No existe. Retirado esta mañana por orden judicial.

—¿Por quién?

—Clara Fuentes, abogada de la familia.

Valeria apoyó las palmas en el mostrador, inclinándose lo suficiente para que él tuviera que mirarla.

—Es mi prima. Desapareció hace tres semanas. Necesito saber qué tratamiento recibió aquí antes de que se fuera.

El hombre por fin alzó los ojos. Eran del color del papel viejo.

—Aquí abajo la palabra «derecho» pesa menos que el polvo. Los Montes pagan esta ala entera. Si el expediente no está, nunca estuvo.

Valeria sintió el pulso acelerarse en las sienes. No tenía tiempo para negociar. Cuando el teléfono sonó y el hombre giró la silla para contestar, ella se deslizó por el hueco del mostrador. Las hileras de gabinetes olían a hierro y humedad. Buscó la letra V, luego la fecha aproximada del ingreso de Elena. Nada. Hasta que sus dedos rozaron una carpeta sin etiqueta en el estante más bajo, casi oculta detrás de una caja de expedientes caducados.

La abrió con cuidado. Dentro solo había una hoja membretada del hospital: «Propiedad no registrada – Referencia interna: Hacienda Montes, sector norte, anexo sin código catastral». Debajo, una coordenada GPS garabateada a mano y el sello rojo: RETIRADO POR ORDEN DE GERENCIA.

Valeria fotografió la hoja con el celular antes de volver a dejarla exactamente donde estaba. Si la familia ya estaba borrando huellas, tenía que llegar a la hacienda antes que ellos.

El trayecto hasta la vieja propiedad en las afueras de la ciudad le costó casi dos horas de tráfico y un taxista que no dejaba de preguntar por qué una mujer sola iba a un lugar que «ya nadie visita». Cuando llegó, el sol ya se había escondido detrás de los cerros. La fachada de la hacienda mostraba grietas nuevas, como si la casa misma estuviera envejeciendo más rápido desde la muerte de Don Rafael.

Entró por la puerta lateral que Elena siempre dejaba sin seguro. El pasillo del ala norte olía a cal y a algo más ácido, metálico. Su linterna recorrió el rodapié hasta detenerse en una junta demasiado recta. Presionó. El panel cedió con un chasquido seco. Detrás, un hueco rectangular. Dentro, envuelto en arpillera podrida, un volumen grueso de cuero negro.

Lo sacó con las dos manos. Pesaba como una sentencia.

Subió al desván, el único lugar donde la señal del celular aún llegaba a duras penas. Cerró la puerta con tranca y apoyó la espalda contra ella antes de abrir el libro.

La primera página no tenía números de cuenta ni propiedades. Solo una lista escrita con la caligrafía afilada de Don Rafael:

Deudas Pendientes

Valeria recorrió los nombres. Tomás aparecía en el tercero, con una cifra que bien podía ser la mitad de la fortuna familiar. Elena estaba en el quinto, tachada con una línea violenta. Y en el séptimo, subrayado dos veces con tinta roja que aún parecía húmeda:

Valeria Montes – Liquidación: hoy.

El aire se le atoró en la garganta. No era una herencia. Era una ejecución programada.

Abajo, en el patio principal, el ronroneo grave de un motor diesel rompió el silencio. Faros barrieron las ventanas del primer piso. Un todoterreno negro se detuvo frente a la entrada principal. La puerta del conductor se abrió y la silueta alta y conocida de Tomás bajó con calma deliberada.

Valeria cerró el libro de golpe. El cuero crujió como un hueso seco.

Su teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Clara Fuentes:

«No abras nada que no debas. Si ese libro sale a la luz, la policía te va a señalar a ti como la principal sospechosa de lo que le pasó a Elena. Queman a quien lo tenga. Queman a quien lo busque. Sal de ahí ahora.»

Valeria miró la pantalla, luego el libro en sus manos, luego la sombra de Tomás que ya cruzaba el umbral de la planta baja.

El reloj marcaba treinta y siete horas restantes.

Y ya no había dónde esconderse.

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