La trampa de los doce días
El contador en la mente de Julián Varela marcaba once días y tres horas. El número no era una cifra, era una soga que se tensaba con cada gota de lluvia que golpeaba su nuca. Subió los peldaños de la Calle 47 Oeste con el Libro Negro oculto bajo su chaqueta, envuelto en un plástico que crujía con un sonido delator. El edificio era un esqueleto de concreto húmedo; el ascensor, una caja de metal oxidado que olía a cortocircuito y abandono.
Llegó al octavo piso. El pasillo estaba sumido en una penumbra intermitente, marcada por un tubo fluorescente que parpadeaba cada cuatro segundos, un metrónomo de su propia paranoia. Apartamento 8B. La puerta estaba entreabierta, una rendija negra que no invitaba, sino que advertía. Elena nunca habría dejado un rastro tan descuidado. Julián sacó el celular, activó la linterna y empujó con la punta de la bota.
El departamento estaba vacío, despojado de muebles, con el suelo de baldosín agrietado y un charco central que reflejaba la luz temblorosa de su linterna. En el centro, una hoja de papel blanco, inmaculada, descansaba sobre la humedad. Julián se acercó, con el estómago encogido por un nudo de acero. La nota decía: «Entrega el libro o el próximo charco será tuyo». La caligrafía era tosca, ajena a la elegancia de Elena.
Un cerrojo metálico crujió a sus espaldas.
—No se mueva, Varela.
La voz del Inspector Salazar surgió del pasillo, grave y carente de urgencia. El policía apareció en el marco, con el arma baja pero firme y el impermeable chorreando agua sucia. La lluvia golpeaba el tragaluz con una violencia que parecía querer enterrarlos a ambos.
Julián mantuvo las manos visibles. El Libro Negro, contra sus costillas, se sentía como una sentencia de muerte.
—¿Cuánto le pagó mi tío por este servicio, Salazar? ¿O fue Elena quien compró su lealtad primero?
El inspector dio un paso al frente, la luz desnuda revelando las ojeras profundas y la cicatriz en su ceja.
—Entrégueme el libro. Ahora.
Julián no retrocedió. Su voz, aunque tensa, no tembló.
—Página 47, entrada del 14 de octubre. Transferencia de 180 mil dólares a su cuenta en el Banco del Istmo. Firmada por Elena tres días antes de su desaparición. ¿Le suena, Inspector? ¿O prefiere que hablemos de la foto donde sale usted saliendo del hotel esa misma noche, con el mismo impermeable y el mismo reloj que lleva puesto?
Salazar se detuvo. El silencio solo fue roto por el goteo constante de su abrigo.
—Cree que un número lo salva —susurró el policía—. Cualquiera puede falsificar un registro.
—Elena no pagaba por silencio, pagaba por tiempo —replicó Julián, dando un paso hacia el borde de la ventana—. Tiempo que usted le vendió. Si ese libro llega a la prensa, no solo pierde la placa. Pierde la libertad.
El inspector bajó el arma apenas unos centímetros. El sudor y la lluvia se mezclaban en su frente. La tensión en la habitación era un peso físico.
—Baje por la escalera de incendios —gruñó Salazar, con los ojos inyectados en sangre—. Tiene treinta segundos antes de que lleguen los otros. La próxima vez, Varela, no habrá conversación.
Julián no esperó. Se lanzó hacia la ventana rota y saltó al metal oxidado de la escalera exterior. La lluvia lo azotó como agujas mientras descendía a ciegas, el libro golpeándole el pecho. Cuando tocó el callejón, las sirenas ya aullaban a pocas calles.
Se refugió bajo un toldo, abriendo el plástico con dedos entumecidos. El agua había filtrado. Las páginas centrales estaban empapadas, la tinta de seguridad se corría en manchas negras que devoraban los registros. Intentó separar las hojas, pero el papel cedió, dejando jirones en sus manos.
—Maldita sea.
Buscó la fecha clave. La nota marginal de Elena, escrita con bolígrafo resistente, brillaba bajo la luz de un poste: «Arturo presentó moción de urgencia ayer. Plazo reducido. Quedan 10 días desde hoy».
El frío le recorrió la columna. Diez días. Arturo había movido los hilos legales mientras él corría por los techos. Cada hora que perdía, el patriarca la ganaba. No podía volver a la mansión, no podía usar sus cuentas, no podía confiar en nadie. Solo quedaba un lugar: la antigua residencia Varela, donde el archivista, Don Anselmo, guardaba una copia de seguridad.
Llegó a la casa de su infancia evitando las avenidas principales. El cerrojo trasero cedió con un chasquido seco. El olor a cera vieja y papel antiguo lo recibió como un espectro. Subió las escaleras, cada peldaño crujiendo en el orden de siempre, hasta la biblioteca.
Empujó las puertas. El aire estaba viciado. Don Anselmo estaba sentado tras el escritorio de caoba, con la cabeza inclinada y las manos quietas sobre el regazo. La lámpara de mesa proyectaba un círculo ámbar sobre un charco oscuro bajo la silla. Sangre.
Julián se detuvo, el pulso martilleándole las sienes. En la mano derecha del archivista, entre dedos rígidos, brillaba una llave pequeña: la llave del cajón secreto. Las luces azules y rojas de las patrullas comenzaron a filtrarse por los ventanales. Alguien lo había seguido. Alguien sabía que él vendría aquí.
Julián estaba solo, sin dinero, perseguido, con el libro dañado y el tiempo reducido a diez días. Y ahora, con un cadáver a sus pies, era el principal sospechoso de asesinato.