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Chapter 2: El costo de la verdad

Julián intenta verificar la autenticidad de la entrada bancaria del Libro Negro visitando un cajero y confirmando que su cuenta personal ha sido bloqueada por orden superior (Arturo). Descubre que la dirección anotada en el libro lleva directamente a una emboscada policial con el Inspector Salazar presente, revelando que la policía protege activamente la desaparición de Elena. Cada acción le cuesta acceso financiero y aumenta el peligro inmediato.

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El costo de la verdad

Once días y dieciséis horas.

Julián apretó el Libro Negro contra las costillas hasta que el borde del lomo le dejó una marca roja en la piel. El pomo de la puerta de la biblioteca seguía girando con esa lentitud calculada que no pertenecía a un sirviente. Los sirvientes golpeaban. Quien estaba afuera medía.

Se movió sin ruido. Empujó el libro bajo la alfombra persa más pesada —la que su abuelo había comprado con el primer soborno importante de la familia— y se dejó caer en el sillón de cuero como si nunca se hubiera movido de allí. La lámpara seguía encendida; el informe financiero abierto en una página cualquiera.

La puerta se abrió lo justo. Ramírez, jefe de seguridad, entró sin pedir permiso. Traje negro impecable, ni una gota de sudor a pesar del calor húmedo que la lluvia traía pegado a las ventanas.

—¿Todavía aquí, señor Julián?

La voz plana, como si la pregunta fuera parte del protocolo.

—Repasando cifras —respondió Julián, manteniendo la sonrisa torcida que usaba cuando los socios lo miraban como a un mueble fuera de lugar—. Ya me retiro.

Ramírez no se movió. Sus ojos barrieron la habitación: la lámpara, el sillón ligeramente desplazado, la esquina de la alfombra que ahora tenía un leve abultamiento. No comentó nada. Solo inclinó la cabeza.

—La curiosidad tiene precio, señor Julián. Y el señor Arturo siempre cobra.

Se retiró sin darle la espalda del todo. La puerta cerró con un clic suave, casi amable.

Julián esperó contando hasta quince antes de respirar. Sacó el libro, lo metió dentro de la chaqueta y salió por la escalera de servicio. Once días y quince horas.

En su habitación cerró con llave, puso la silla contra el pomo y encendió solo la lámpara de escritorio. Abrió el Libro Negro en la página marcada.

17 de octubre. Transferencia: 4.800.000 dólares. Beneficiario: Inspector R. Salazar. Concepto: “Garantía de discreción – EV”. Firma de Elena, trazos firmes, sin temblor. Tres días antes de que su rostro desapareciera de todas las cámaras.

No era secuestro. Elena había pagado para que no la buscaran.

Debajo, garabateado con la misma tinta azul de seguridad: Calle 47 Oeste, edificio gris, apartamento 8B. 23:00.

Julián sintió el pulso en la garganta. Si esa dirección era genuina, Elena había dejado una cita para él. Si era falsa, alguien más sabía que tenía el libro.

Abrió la aplicación bancaria en el teléfono que Elena le había regalado. Intentó transferir mil dólares a una cuenta vieja de emergencias. Rechazada. El círculo giró, luego: Operación denegada. Contacte a su banco.

Probó otra vez. Mismo mensaje.

Once días y catorce horas.

La lluvia golpeaba los vidrios cuando salió por la puerta trasera de servicio. El paraguas se dobló al tercer viento. Caminó tres cuadras hasta el cajero del centro que funcionaba las veinticuatro horas. Insertó la tarjeta. La pantalla se iluminó un segundo y cambió a rojo.

Transacción no autorizada.

Consulta de saldo: la cifra apareció un instante —cero con cuarenta y siete centavos— antes de congelarse. Luego: Cuenta bloqueada por instrucción superior. Motivo: irregularidades detectadas.

“Instrucción superior”. En el idioma Varela solo significaba una cosa: Arturo.

Julián miró alrededor. La avenida desierta, charcos reflejando semáforos en ámbar. Nadie a la vista. Pero su ubicación ya había sido registrada.

Se metió en un callejón, pegado a la pared. El Libro Negro pesaba más que nunca contra su pecho.

Once días y trece horas.

Tenía que llegar a esa dirección antes del amanecer. Era la única pista que Elena le había dejado. La única que podía confirmar si seguía viva o si Arturo había previsto cada paso.

Condujo con las luces apagadas las últimas dos cuadras hasta la zona portuaria. Aparcó bajo un puente que goteaba óxido. Capucha empapada, caminó pegado a las paredes, esquivando las farolas que aún funcionaban. Olor a salitre, combustible quemado y podredumbre.

Al doblar la esquina vio las luces azules y rojas bailando en los charcos. Dos patrullas frente al portón oxidado del almacén. Un sedán sin distintivos, vidrios polarizados. Hombres de civil bajo un toldo improvisado. Uno protegía un cigarrillo con la palma; la brasa parpadeaba como un ojo.

Julián se pegó al contenedor más cercano. Reconoció la silueta alta y delgada del Inspector Salazar. El mismo nombre en el libro. El mismo hombre que había cobrado cuatro millones ochocientos mil para mirar hacia otro lado.

La dirección no era una pista. Era una trampa.

Quedaban once días y cuatro horas.

Retrocedió bajo la lluvia, el corazón golpeándole las costillas con la misma fuerza que el agua contra el asfalto. Su cuenta estaba bloqueada. El patriarca Arturo ya estaba moviendo sus piezas.

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