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Chapter 5: El nombre en el árbol

Valeria y Nora descubren que el 'pariente fantasma' del libro negro es un heredero ilegítimo utilizado por Esteban para blanquear dinero, usando a Valeria como pantalla. Valeria se infiltra en la hacienda y presencia una confrontación entre Esteban y este hombre, confirmando que él es el verdadero orquestador. El capítulo termina con Valeria descubriendo que está siendo vigilada en tiempo real.

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El nombre en el árbol

El zumbido de los servidores en el estudio de Tomás Rivas era una cuenta regresiva audible. Treinta y seis horas. Ese era el margen que le quedaba a Valeria antes de que el patrimonio de los Montalvo fuera declarado legalmente inalcanzable, sellando el destino de Camila y el suyo propio. Valeria mantenía las manos apoyadas sobre la consola de edición, sintiendo la vibración del equipo bajo sus dedos. Tomás, con el rostro desencajado y la mirada fija en la puerta de seguridad, tecleaba con una urgencia que rozaba el pánico.

—Si Esteban descubre que accedí al servidor B, no habrá rincón en esta ciudad donde pueda esconderme —susurró Tomás, sin dejar de mirar hacia el pasillo.

—Si no lo haces, serás el primero al que culpen cuando la policía audite los registros de blanqueo —replicó Valeria, con la voz gélida. El libro negro, oculto en su bolso, pesaba como una sentencia de muerte. Cada página era una prueba de su propia complicidad involuntaria.

La pantalla parpadeó. Una barra de carga avanzó, revelando la estructura de carpetas oculta bajo archivos basura. Tomás hizo clic. Allí estaba: la transmisión original. Sin los cortes, sin la edición que había hecho parecer a Camila una mujer al borde del colapso mental. En la versión real, el encuadre era más amplio. Se veía a Esteban Montalvo en la penumbra del estudio, haciendo señas precisas a un hombre que permanecía en las sombras, un sujeto con una cicatriz inconfundible en el dorso de la mano. Valeria grabó el archivo en una unidad encriptada justo cuando los guardias de seguridad de los Montalvo golpearon la puerta principal. Salió por la salida de emergencia, con el corazón golpeando contra sus costillas mientras la ciudad se extendía, indiferente, ante su huida.

Se reunió con Nora Salvatierra en una oficina cargada con el olor a papel viejo y café recalentado. Valeria dejó caer el primer volumen del libro negro sobre el escritorio, junto a la unidad encriptada.

—No es un diario, Nora. Es un mapa de operaciones —dijo Valeria, señalando la página donde su propio nombre aparecía vinculado a transferencias que ella nunca autorizó—. Me usaron como pantalla para este pariente. Si ellos caen, yo voy detrás.

Nora desplegó el árbol genealógico familiar sobre la mesa. Su dedo recorrió una línea tachada con tinta negra. Comparó la foto del hombre de la grabación con un acta de nacimiento amarillenta que había sacado de su caja fuerte.

—Esteban no solo borró su nombre —murmuró Nora, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Creó un heredero fantasma para desviar el escrutinio. Mira la fecha: nació tres años después de la muerte oficial del hermano de tu padre. Es hijo ilegítimo, la rama principal que Esteban mantuvo en la sombra para saquear el patrimonio a través de ti.

Nora le entregó un documento sellado: la prueba de que Valeria había sido la pantalla legal del desfalco. Cada segundo que pasaba era una trampa que se cerraba.

Valeria se infiltró en la hacienda Montalvo usando un pasaje de servicio. El aire allí olía a la humedad de los muros dobles, cámaras de vigilancia ocultas que grababan cada uno de sus movimientos. Se movió con la precisión que le dictaba el miedo. Al llegar a la oficina principal, se detuvo en seco. A través de la rendija de la puerta, la luz de una pantalla iluminaba el rostro de Esteban.

La puerta principal se abrió sin aviso. El hombre del video entró con una confianza que no pertenecía al personal. Era el heredero fantasma, el hombre que Esteban había borrado de la edición pública.

—El plazo se ha reducido a treinta y seis horas, Esteban —dijo el hombre, con una voz que hizo que a Valeria le temblaran las rodillas—. Si ella no aparece, o si el libro no está completo, la estructura legal se desmorona y tú caes conmigo.

Esteban guardó silencio, su máscara de control administrativo resquebrajándose. Valeria, oculta tras la estantería, comprendió con horror que el pariente fantasma no era un mito; era el orquestador que acababa de entrar en la oficina de su tío para reclamar su parte del botín. Su teléfono vibró en su bolsillo, iluminando su escondite con una notificación anónima: una foto de ella misma entrando a la hacienda hace apenas una hora. El cerco se había cerrado por completo.

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