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Chapter 4: La sombra del productor

Valeria confronta a Tomás Rivas en el estudio de livestreaming, obligándolo a revelar la grabación original de Camila. El video expone la presencia de Esteban Montalvo dirigiendo la transmisión, confirmando que la desaparición fue una ejecución pública orquestada. La presión aumenta cuando Nora informa que el plazo legal se ha reducido a 36 horas y el hombre misterioso del video aparece en el edificio.

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La sombra del productor

La lluvia golpeaba el techo del estudio de livestreaming con una cadencia metálica, un redoble que marcaba el pulso de la cuenta regresiva. Valeria bajó del coche, ignorando el charco que le caló los zapatos. Frente a ella, el edificio —una estructura de hormigón y cristal diseñada para el espectáculo— lucía como una cáscara vacía. Dos hombres con gorras negras cargaban racks de servidores hacia una camioneta sin placas. No estaban mudándose; estaban borrando el rastro.

Sesenta y siete horas. Ese era el margen antes de que la ausencia de Camila se convirtiera en una sentencia legal definitiva. Si el plazo vencía, el patrimonio de los Montalvo se consolidaría bajo el control absoluto de Esteban, y ella, Valeria, sería el chivo expiatorio perfecto, la cómplice involuntaria cuyo nombre ya figuraba en el libro negro que llevaba apretado contra el pecho.

Entró sin pedir permiso. El guardia de seguridad, un hombre que conocía bien la jerarquía del clan, intentó bloquearle el paso, pero Valeria le lanzó la orden judicial como si fuera un arma cargada. El hombre retrocedió, no por respeto, sino por el miedo instintivo a quedar manchado por el escándalo que se avecinaba.

—Busco a Tomás Rivas —dijo ella, su voz cortando el ruido de los equipos siendo arrancados.

El guardia señaló el pasillo del fondo. Valeria avanzó, sus pasos resonando en el linóleo desgastado. Encontró a Tomás en una sala de edición, con la camisa empapada en sudor y los ojos inyectados en sangre. Al verla, intentó ocultar un disco duro bajo una pila de cables.

—No deberías estar aquí, Valeria —dijo él, con la voz quebrada.

—Y tú no deberías estar vivo si Esteban decide que eres un cabo suelto —respondió ella, dejando caer el libro negro sobre la mesa de control. El cuero viejo sonó como un disparo en la sala silenciosa—. Mi nombre está en esta lista, Tomás. Esteban me usó como pantalla para sus desfalcos. Sé que el servidor B no está en la red pública. Muéstrame lo que Camila dejó grabado.

Tomás miró el libro, luego a ella, y finalmente hacia la puerta. El miedo era una presencia física en la habitación.

—No entiendes el juego —susurró él—. Esteban quería que la transmisión fuera un espectáculo de fragilidad. Quería que el público viera a Camila como una heredera inestable, caprichosa. La humillación es la moneda de cambio de esta familia.

—¿Y tú aceptaste ser el cajero? —Valeria dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal. La presión en su pecho era asfixiante; cada segundo gastado en esta conversación era un segundo menos de libertad.

—Camila me pagó para ocultar la verdad. Me pidió que insertara un mensaje en la señal, algo que solo alguien que conociera la casa pudiera descifrar. Pensé que era paranoia, pero ahora… —Tomás se detuvo, escuchando el estruendo de una puerta siendo derribada al final del pasillo. Los hombres de Esteban estaban cerca.

—Muéstrame el archivo original —insistió Valeria.

Tomás cedió. Se sentó frente a la consola y tecleó una secuencia rápida. La pantalla parpadeó y mostró una carpeta: CAMILA_FINAL_B. Al abrir el archivo, el audio cambió. Ya no era la transmisión pulida y editada que el público vio; era una grabación cruda, con ruidos de fondo y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.

En la pantalla, Camila miraba hacia la esquina izquierda del set, donde la luz caía de forma irregular. Su mano, fuera de foco, apretaba algo pequeño. Valeria subió el brillo al máximo.

Entonces, la sombra apareció.

No era un técnico. Era un hombre, inmóvil, perfectamente vestido, observando a Camila desde las sombras. Valeria sintió un escalofrío. No conocía su rostro, pero conocía la postura: esa arrogancia de quien se sabe dueño del terreno.

—¿Quién es? —preguntó ella, con la garganta seca.

—La primera toma —dijo Tomás, con la voz apenas audible—. La que Esteban ordenó borrar. Camila habló con él antes de empezar. Esteban estaba presente, Valeria. Él no solo vigilaba; él dirigía la escena.

El teléfono de Valeria vibró. Una notificación de Nora: 36 horas. Esteban ha adelantado la audiencia. Si no presentas una prueba irrefutable, el patrimonio es suyo.

El tiempo se había partido por la mitad. La realidad se desmoronaba bajo sus pies. Si Esteban estaba en el estudio, la desaparición de Camila no era una fuga; era una ejecución pública planeada desde el interior.

—¿Dónde está esa primera versión? —preguntó Valeria, mientras el sonido de pasos pesados se acercaba a la sala de edición.

Tomás miró hacia la salida, aterrorizado.

—En la oficina de tu tío. Y el hombre que viste en el video… acaba de entrar hace cinco minutos. Lo vi llegar por el monitor de seguridad del vestíbulo.

Valeria se quedó helada. El pariente fantasma no era un mito. Estaba en el edificio, y el cerco se cerraba sobre ellos.

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