Novel

Chapter 10: La última transacción

Lucía intenta entregar el libro negro a un periodista nacional en la plaza, pero descubre que es un peón de los Larios. Tras un forcejeo, entrega una copia falsa para ganar tiempo y escapar. Don Esteban Larios confirma que la busca activamente, mientras el reloj marca 12 horas para la audiencia final.

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La última transacción

El papel dentro del rebozo le quemaba el costado a Lucía, un recordatorio físico de que el tiempo se había convertido en un enemigo voraz. Faltaban doce horas para la audiencia que sellaría el destino de la hacienda Beltrán, y el juez, hermano de sangre de Don Esteban Larios, ya tenía la pluma lista para firmar el despojo. La plaza central del pueblo, engalanada para la feria de promesas, le parecía ahora una trampa diseñada con precisión quirúrgica: un laberinto de puestos de velas y escapularios donde el aire se sentía viciado por la vigilancia invisible.

Lucía localizó al periodista junto a la fuente. Era el hombre de la foto, el mismo que, según el aviso anónimo, debía ser su única salida. Pero al acercarse, el alivio se le congeló en la garganta. El hombre no estaba solo, ni esperaba con la ansiedad propia de quien aguarda una primicia. En su bolsa de lona, una esquina de tela negra asomaba con una intención clara: era una marca. Un señuelo. El periodista levantó la vista, encontrándola con una frialdad profesional que no dejaba lugar a dudas.

—Llegaste tarde, Lucía —murmuró él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No hagas esto más difícil.

El instinto de Lucía, afilado por días de persecución, le gritó que huyera, pero el peso del libro negro la anclaba. Al forcejear, la correa de la bolsa del periodista se desplazó, revelando un segundo teléfono en su mano. La pantalla brillaba con un mensaje directo: «Cita confirmada. Entrega. Captura discreta. Plaza lateral». Debajo, el sello del banco local —la misma sucursal que Mara había marcado en la nota del misal— confirmó la traición definitiva. El banco, la prensa y la ley eran una sola maquinaria al servicio de los Larios.

—¿Cuánto te pagan por vender la verdad? —escupió ella, empujándolo con el codo.

El forcejeo se volvió violento. Lucía sintió el impacto contra una mesa de veladoras, el olor a cera caliente inundando su ropa mientras la bolsa, su única esperanza, se rasgaba. El periodista intentó arrebatarle el contenido, pero ella, movida por una desesperación que superaba cualquier miedo, logró escabullirse hacia el callejón trasero. Allí, en la penumbra que bordeaba el muro de la hacienda, el estruendo de la feria se volvió un zumbido sordo. Su celular vibró: 12:00. Doce horas exactas.

Lucía no se detuvo a llorar la traición. Había pasado las últimas horas preparando una copia, un señuelo de archivos y firmas cruzadas que, aunque carecía de la contabilidad real, lucía lo suficientemente auténtico para engañar a quienes solo buscaban el objeto. Cuando los hombres de Larios doblaron la esquina, con la disciplina de quienes saben que el pueblo les pertenece, ella ya estaba lista. Entregó la carpeta falsa con un gesto firme, fingiendo el terror de quien pierde su última posesión.

—Si el libro no está aquí, búsquenlo en ella —la voz de Don Esteban, filtrada a través del radio de uno de los hombres, resonó en el callejón como una sentencia.

Lucía se desvaneció entre las sombras de los puestos mientras ellos, triunfantes, se alejaban con la copia. El original, el libro que realmente contenía las pruebas del lavado y la red de extorsión, seguía pegado a su piel. Había ganado tiempo, pero a un precio altísimo: ahora Don Esteban sabía que ella era una amenaza viva. Mientras las campanas del santuario marcaban el inicio de la cuenta atrás final, Lucía entendió que la verdadera guerra acababa de comenzar. El libro real seguía en sus manos, y el patriarca, al descubrir el engaño, no tardaría en incendiar el pueblo entero para encontrarla.

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