La cuenta regresiva se acelera
El café era un escenario de cristal y acero, diseñado para que la élite de Ciudad de México pudiera observar a los demás sin ser vista. Elena se sentó frente al licenciado Arriaga, el abogado de la familia, cuya calma era un insulto personal. Sobre la mesa, entre dos tazas de porcelana humeantes, descansaba el broche de zafiros de su abuela. Era lo último de valor que le quedaba tras el bloqueo total de sus activos; una pieza de herencia que valía más que su propia reputación en el círculo corporativo.
—El tiempo es un lujo que ya no tienes, Elena —dijo Arriaga, sin tocar el broche, aunque sus ojos lo devoraban con una codicia profesional—. Julián ya ha movido las piezas. La cláusula de «incapacidad legal» de Sofía ha sido activada.
Elena sintió un frío cortante en la nuca. La cláusula no era solo un tecnicismo; era el sello de sentencia para cualquier heredero que no pudiera demostrar su paradero. Significaba que, ante la ley, Sofía dejaba de existir para la junta directiva en cuestión de horas.
—Dime dónde está —exigió Elena, con la voz apenas por encima de un susurro, mientras empujaba el broche hacia él. El metal azul destelló bajo las luces del techo, captando la atención de un par de comensales. Cada segundo allí era una exposición innecesaria, un riesgo que su pulso apenas podía contener. Arriaga deslizó el broche hacia su bolsillo interior con una sonrisa gélida.
—Sofía no está en la dirección que buscas. Eso era para cuando aún tenías influencia. Ahora, solo eres una intrusa en tu propia casa.
Regresó a la mansión De la Vega con la sensación de haber sido despojada no solo de una joya, sino de su última red de seguridad. El ambiente estaba viciado, cargado con el olor a cera de piso y la amenaza sorda de los sistemas de vigilancia. Se encerró en el despacho privado, con las manos temblorosas aferradas al teléfono. Marcó el número directo de Ricardo, el director financiero de la corporación. Su nombre aparecía en la página cuarenta del libro negro, vinculado a las transferencias opacas que precedieron a la desaparición de su prima.
—Elena, no deberías llamar —la voz de Ricardo al otro lado era un susurro tenso—. Julián tiene ojos en cada fibra óptica de esta casa. Estás jugando con fuego.
—Tengo el libro, Ricardo —respondió ella, ignorando el nudo en su garganta—. Sé lo que hiciste con las fundaciones. Si no me dices dónde está Sofía, el mundo entero verá los registros de tus desfalcos antes del amanecer.
Un silencio sepulcral se extendió en la línea. Elena escuchó un chasquido metálico, un eco electrónico que no pertenecía a la llamada. El sonido del obturador de una cámara comenzó a dispararse en ráfaga desde los parlantes del despacho. En cuestión de segundos, la línea se cortó. A través de la ventana, vio a los guardias de Julián moviéndose hacia el ala privada. Ricardo no solo había sido silenciado; su carrera y su libertad habían sido destruidas en tiempo real por el sistema de seguridad de la mansión.
Elena apenas tuvo tiempo de ocultar el libro antes de que la puerta se abriera. Julián entró, impecable, flanqueado por dos abogados que portaban la autoridad de quien ya ha dictado la sentencia. Las pantallas de monitoreo del estudio, que usualmente transmitían la imagen pulida de la familia, mostraban ahora un cronómetro digital que palpitaba en un rojo violento: 71:59:42.
—Elena, querida —dijo Julián, su voz resonando en el sistema de audio—. El consejo ha decidido que tu inestabilidad es un riesgo inaceptable para la transición de mando. La cláusula de incapacidad se ha endurecido. Tienes setenta y dos horas antes de que la herencia se consolide.
Elena sintió un vacío en el estómago. La ley era un arma, y él la empuñaba con precisión quirúrgica. Sin esperar respuesta, Julián se retiró, dejando a Elena sola bajo el peso del cronómetro. Sabía que la única forma de romper el cerco era infiltrarse en el sistema central. Se deslizó por los pasillos de servicio hasta la sala de servidores, un espacio de zumbido eléctrico y frío aséptico. Sus dedos, entumecidos, volaron sobre el teclado, saltando cortafuegos con las contraseñas extraídas del libro negro.
De repente, el sistema soltó un pitido estridente. Una luz roja iluminó su rostro pálido. Había entrado en la partición privada de Sofía. Entre los archivos corruptos, un archivo de audio comenzó a reproducirse automáticamente: la voz de Sofía, quebrada y aterrada, confirmando que el libro negro no era solo un registro, sino un mapa de su propio fin. Antes de que pudiera descargar el archivo, el sistema de seguridad detectó la intrusión. El peligro era total; los guardias ya estaban en el pasillo, y la pista, aunque encontrada, la había dejado sin salida.