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Chapter 2: El precio de la primera página

Elena descubre que el libro negro es una lista de ejecuciones financieras. Julián bloquea sus cuentas bancarias como advertencia y, tras un chantaje del abogado familiar por información sobre Sofía, Julián reduce el plazo de la herencia a 72 horas, intensificando la presión sobre Elena.

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El precio de la primera página

El yeso del muro colapsado aún flotaba en el aire estancado del ala este, un velo gris que ocultaba el rastro de mi huida. Con el pulso martilleando contra mis costillas, apreté el libro negro contra mi abdomen, sintiendo el cuero viejo y frío a través de la seda de mi vestido de gala. Era un peso muerto, una condena vinculada a una caligrafía que no debería existir.

—Señorita Elena, el señor Julián solicita su presencia en el vestíbulo principal. Inmediatamente —la voz del jefe de seguridad, un hombre cuyo cuello parecía hecho de granito, retumbó desde el pasillo.

Di un paso atrás, mis tacones apenas rozaron la alfombra persa. El hueco en la pared, donde había extraído el libro, permanecía como una herida abierta. Si encontraban el compartimento, el plazo de doce días se reduciría a cero antes de que pudiera siquiera abrir la primera página. En un movimiento desesperado, golpeé con fuerza la caja de conexiones eléctricas oculta tras un panel decorativo. Un chispazo azul iluminó la penumbra, seguido por el olor acre del cable quemado. Las luces del ala este parpadearon y se extinguieron, sumiendo el pasillo en una oscuridad súbita. Aproveché el caos de los guardias para deslizarme hacia mi habitación, cerrando la puerta con pestillo.

El silencio en la suite era un depredador. Sobre el tocador, el libro negro parecía emitir un calor malsano. Al abrirlo, el aire se volvió denso. Las páginas no contenían cuentas bancarias ordinarias, sino una lista de "activos" humanos. El nombre de Sofía figuraba al inicio, tachado con una tinta roja que parecía sangre fresca, junto a una fecha límite: once días restantes. No era una huida; era una liquidación. Al encontrar mi propio nombre clasificado como "variable de riesgo, pendiente de reajuste", un vacío gélido se instaló en mi estómago.

El zumbido de mi teléfono rompió la tensión. Un mensaje de mi banca móvil iluminó la habitación con un brillo azulado: Acceso denegado. Intenté entrar de nuevo, pero el sistema arrojó un error de autenticación tras otro. Julián no solo me vigilaba; estaba asfixiándome, cortando mi única vía de escape antes de que pudiera solicitar ayuda legal. Marcó el número del viejo abogado de la familia, el único que conocía los cadáveres enterrados bajo la fundación.

—Elena. Sabía que llamarías. La pregunta es qué tanto estás dispuesta a perder por una verdad que ya está muerta —dijo el abogado, sin siquiera saludar.

—Sofía no está muerta —repliqué, apretando el libro—. Tengo el registro. Solo necesito saber a dónde la sacaron.

—¿Crees que el conocimiento es gratuito? —El abogado soltó una carcajada amarga—. Julián ya ha movido sus piezas. Si quieres saber el paradero de la heredera, necesito un pago. No dinero, Elena. Dinero es lo que Julián te acaba de quitar. Quiero el broche de zafiros que heredaste de tu abuela. Ese que tiene el sello de la casa.

Sentí que el suelo se inclinaba. Aquella joya era mi única posesión de valor real, mi seguro de vida para una fuga final. Pero sin el dato, Sofía estaba condenada. Antes de que pudiera responder, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. Julián entró con la parsimonia de un depredador. No vestía el traje de la gala, sino una camisa impecable, blanca como un sudario.

—La seguridad reportó un pico de consumo eléctrico inusual en esta ala, Elena —dijo él, deteniéndose a centímetros de mí. Su mirada recorrió la habitación, escaneando cada rincón con una precisión quirúrgica—. Me pregunto qué podría causar tanto ruido en una noche tan tranquila.

Mantuve las manos ocultas tras la espalda, sintiendo el filo del maletín donde ocultaba el libro.

—Quizás el cableado es tan viejo como los secretos de esta casa —respondí, forzando una calma gélida—. Deberías invertir más en mantenimiento y menos en vigilancia.

Julián soltó una risa desprovista de humor y extrajo un documento legal de su bolsillo.

—La vigilancia es lo único que mantiene a esta familia a flote. Por eso, he invocado una cláusula de urgencia. He reducido el plazo de la sucesión. Ya no tienes doce días, Elena. Tienes setenta y dos horas para demostrar tu valía o serás ejecutada financieramente como el resto de los pasivos.

Julián se marchó, dejando tras de sí un vacío que se cerraba como una trampa. Me quedé sola, sin dinero, sin aliados, y con un reloj que acababa de acelerarse hasta volverse una sentencia de muerte.

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