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Chapter 9: La caída de los muros

Julián escapa de la finca tras un sabotaje, obteniendo una llave maestra de Elena que le permite llegar al despacho de Patricio. Allí, descubre que el Libro Negro es una trampa diseñada para incriminarlo. Mientras Patricio se prepara para huir del país con documentos diplomáticos, la policía irrumpe en el edificio, buscando a Julián como el principal sospechoso de la desaparición de Elena.

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La caída de los muros

El zumbido del servidor en el búnker era un recordatorio eléctrico de su fracaso: la barra de progreso de la confesión se había congelado al 50%, un monumento digital a su incompetencia. Julián Varela golpeó el teclado con la palma abierta, pero solo obtuvo el parpadeo rojo de un sistema que ya no le pertenecía. Afuera, en el pasillo blindado, el eco de botas tácticas sobre el granito resonaba como una sentencia de muerte. Tenía menos de seis días antes de que la ley declarara a Elena oficialmente desaparecida y transfiriera el control total del imperio a Patricio, y él estaba a punto de ser el chivo expiatorio perfecto.

—Abre la puerta, Julián. No hagas que esto sea más humillante de lo que ya es —la voz de Patricio llegó amortiguada a través del intercomunicador, gélida y cargada de una superioridad que le revolvió el estómago.

Julián se levantó, las manos temblando de rabia. La había usado como peón, pero no se iría sin nada. Arrancó los cables del panel de control, provocando un cortocircuito que sumió el búnker en una oscuridad absoluta. En el caos, aprovechó el conducto de ventilación para escabullirse hacia el jardín. Al emerger, la lluvia lo recibió como un bofetón de realidad; estaba empapado, solo y sin la prueba digital que lo protegía.

En la penumbra del jardín, una figura lo esperaba. Elena. Empapada, el cabello pegado al rostro, sostenía una linterna que temblaba.

—Dos días, Julián. Solo dos —dijo ella sin preámbulos—. Patricio ya tiene el pasaporte listo.

Julián la agarró del brazo, apretando con fuerza. —¿Me usaste de carnada? ¿Para que yo cargara con todo mientras tú te escondías aquí?

Elena no se soltó. Sus ojos, duros, lo miraron sin parpadear. —El Libro Negro nunca estuvo en el depósito. Está en la caja fuerte de la oficina central. Solo una llave maestra lo abre. —Sacó una tarjeta magnética negra y se la puso en la palma—. Esta es la tuya. Pero si entras solo, te matarán.

Horas después, Julián entró en el despacho de Patricio en la sede de Varela Holdings. El aire era estéril, cargado con el olor a cera y la estática de los servidores. Patricio estaba de pie frente al ventanal, observando la ciudad inundada. Sobre la mesa, un reloj de bolsillo de oro yacía abierto, marcando el tiempo con precisión quirúrgica.

—Sabía que vendrías —dijo Patricio sin girarse—. La desesperación del heredero ilegítimo siempre busca el centro del laberinto.

—El juego se terminó —respondió Julián, apretando el Libro Negro que acababa de extraer de la caja fuerte—. Tengo los nombres, las cuentas offshore, los sobornos. Esto es el fin de tu imperio.

Patricio se giró lentamente, mostrando una lástima que resultaba más insultante que el odio. Caminó hacia el escritorio y, con un movimiento fluido, reveló un pasaporte diplomático y dos billetes de avión.

—¿Crees que esto es un escudo? —se mofó Patricio—. El Libro Negro que sostienes es una falsificación que yo mismo preparé para ti. Contiene pruebas que te vinculan directamente con la desaparición de Elena. Mi jet despega en tres horas. Tú, en cambio, serás el rostro de este desfalco ante la prensa.

El ruido de sirenas perforó el silencio. Julián vio por la ventana cómo las luces azules rodeaban el edificio. La puerta del despacho vibró bajo el impacto de un ariete. Los hombres de seguridad ya no estaban protegiendo a Patricio; estaban facilitando su salida mientras el cerco policial, irónicamente, venía a arrestar al único hombre que tenía la verdad en sus manos.

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