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Chapter 7: Infiltración bajo la tormenta

Julián escapa de los guardias en el sótano de la finca Varela y se encuentra con Elena, quien revela que lo ha usado como chivo expiatorio para exponer a Patricio. Tras obtener documentos incriminatorios, Julián intenta subir la confesión a la red, pero se enfrenta a un bloqueo digital inminente mientras la seguridad de la finca lo acorrala.

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Infiltración bajo la tormenta

El aire en el sótano de la finca Varela sabía a humedad estancada y a la obsolescencia de un linaje que se negaba a morir. Julián Varela presionó el teléfono contra su pecho, sintiendo el peso de la confesión de Patricio como una piedra candente. Seis días. Ese era el margen de error que le quedaba antes de que la desaparición de Elena fuera declarada muerte presunta, entregando el imperio Varela a los mismos hombres que ahora derribaban la puerta blindada del sótano.

El estruendo del metal cediendo bajo los golpes de los guardias resonó en sus huesos. No eran simples empleados; eran ejecutores con la orden explícita de limpiar la casa. Julián retrocedió hasta chocar contra una estantería de vinos vacía, el cristal frío calándole la espalda.

—¡Varela! Suelta el equipo —gritó una voz desde el otro lado, desprovista de cualquier rastro de humanidad—. El Patriarca no tiene paciencia para tus juegos de heredero fracasado.

Julián miró el conducto de ventilación sobre su cabeza, una rendija estrecha que prometía una libertad humillante, pero necesaria. Sus dedos temblaban, pero su mente se mantenía afilada. La confesión grabada, la prueba de que Patricio había orquestado el desfalco y la desaparición de Elena, era su única moneda de cambio. Pero mientras el marco de la puerta comenzaba a doblarse, comprendió la crueldad del juego: Patricio no intentaba detenerlo, lo estaba dirigiendo. El sótano era un embudo diseñado para que él, en su desesperación, buscara la salida más obvia. Julián se arrastró por el conducto, dejando atrás su chaqueta y su dignidad, aferrándose al dispositivo como si fuera su propio pulso.

Al emerger en los pasillos de servicio, el contraste fue un golpe seco. La gala benéfica en los pisos superiores vibraba con música de cuerdas y el aroma a flores frescas, un velo de opulencia que ocultaba la podredumbre. Allí, entre las sombras de los servidores, estaba ella. Elena Valdés lo esperaba con una frialdad que helaba la sangre.

—Llegas tarde, Julián —dijo ella, sin mirarlo a los ojos. Su vestido de gala era una armadura de seda—. ¿Esperabas que te recibiera con los brazos abiertos o que te agradeciera por ser el chivo expiatorio que elegí con tanto cuidado?

Julián se detuvo, el pecho agitado. —¿Por qué yo? ¿Por qué arrastrarme a este pozo?

Elena se acercó, invadiendo su espacio personal con una elegancia depredadora. Le entregó una llave maestra y un legajo de documentos que, al tacto, se sentían como una sentencia de muerte. —Porque eres el único Varela con suficiente miseria a cuestas para que nadie crea que eres capaz de orquestar algo tan grande. El Libro Negro no es solo contabilidad, Julián. Es la confesión firmada de Patricio, el mapa de cada centavo robado. Yo no quiero ser rescatada; quiero que seas el testigo que lo obligue a arder en su propio infierno.

Antes de que pudiera responder, una estridencia metálica cortó la música del salón. La alarma general de la finca, un sonido que prometía el cierre de todas las salidas, comenzó a aullar. Elena desapareció entre la multitud de invitados, dejándolo solo con el peso de la verdad y el eco de los pasos de los guardias acercándose.

Julián corrió hacia el vestíbulo, pero el perímetro estaba sellado. Los hombres de Patricio bloqueaban cada vía de escape. Se ocultó tras una columna de mármol y sacó el teléfono. Con manos temblorosas, inició la carga de los archivos a un servidor externo. La barra de progreso avanzaba con una lentitud tortuosa mientras la alarma de la finca seguía gritando, una sirena que marcaba el fin de su tiempo. Patricio lo quería vivo para borrar la evidencia, pero Julián ya no era un peón; era el hombre que estaba a punto de hacer colapsar el imperio. Mientras la seguridad derribaba las puertas del vestíbulo, él vio cómo el indicador de carga se detenía, bloqueado por un cortafuegos en tiempo real. La red estaba siendo asfixiada, y el cerco se cerraba definitivamente sobre él.

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