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Chapter 6: El dilema de la sangre

Julián compra la ubicación de la finca de los Varela a un antiguo contacto, sacrificando su última posesión. Al llegar, descubre que Elena lo ha atraído a una trampa mortal. Bajo la presión de la seguridad privada, Julián logra que Patricio confiese sus crímenes en una grabación telefónica justo antes de ser rodeado.

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El dilema de la sangre

La lluvia en el mercado de La Salada no limpiaba; solo convertía la basura en una pasta gris que se pegaba a los zapatos de Julián Varela como una sentencia. Faltaban seis días para que la ley declarara a Elena Valdés muerta, un plazo que Patricio Varela esperaba con la impaciencia de un buitre. Julián se ajustó la chaqueta, sintiendo el peso del Libro Negro contra sus costillas. El papel, forrado en cuero sintético, era su única moneda de cambio en una ciudad que ya lo había sentenciado como el principal sospechoso de la desaparición.

El Tuerto, un ex-seguridad de la familia con más cicatrices que escrúpulos, masticaba un cigarrillo húmedo bajo una lona.

—La información cuesta, Varela. Y tú ya no eres el heredero que todos temen. Eres un perro callejero con una orden de captura —escupió, evitando mirarlo a los ojos.

Julián no tenía tiempo para el desprecio de clase. Sacó de su muñeca su última posesión: un reloj de bolsillo de oro, una reliquia grabada con el escudo de los Varela que Patricio le había obligado a conservar como una burla de su estatus. El metal frío brilló bajo la bombilla desnuda.

—Esto vale diez veces lo que pides. Dame la ubicación de la finca donde la tienen.

El Tuerto tomó el reloj, lo examinó con codicia y le entregó un papel arrugado.

—La finca del sector norte. Pero no eres el único que busca respuestas. Los perros de tu tío ya cerraron el cerco. Si te ven, no te llevarán a declarar. Te harán desaparecer.

Julián huyó hacia la estación. En el autobús interurbano, el aire estaba estancado y cargado de olor a frenos recalentados. De repente, la pantalla de información del vehículo parpadeó con estática violenta. La imagen de Patricio Varela apareció, imponente, sentado en su despacho de caoba. La voz resonó por los altavoces, distorsionada pero gélida:

—Tu desesperación es un ruido constante, Julián. Estás huyendo hacia ninguna parte con un libro que solo te garantiza una tumba sin nombre. Te ofrezco un trato: el exilio fuera del país, una vida nueva, a cambio de que destruyas ese registro. No seas el chivo expiatorio de una guerra que no entiendes.

Julián sintió una náusea gélida. La tentación era una soga de seda. Podía desaparecer, pero Elena moriría siendo un fantasma de la ambición familiar. Rechazó la oferta con un silencio tenso, bajándose del autobús en un descampado a kilómetros de la finca.

Bajo una tormenta implacable, Julián se infiltró en la propiedad. Conocía los muros, los puntos ciegos de las cámaras que Patricio mantenía activas por paranoia. Se arrastró por el ala este, el olor a cera y tierra húmeda revolviéndole el estómago. Tras forzar el pestillo de servicio, encontró el sótano. Allí, Elena Valdés estaba atada a una silla de roble, observándolo con una calma que le heló la sangre. No parecía sorprendida.

—Patricio está en camino, Julián —susurró ella—. Viene a limpiar la escena. Si te quedas, serás el cadáver que justifique todas sus cuentas pendientes.

Julián comprendió entonces la trampa: ella lo había traído aquí para forzar un enfrentamiento final. Sin dudar, sacó el teléfono satelital que le había arrebatado a un guardia y marcó el número privado de Patricio. Cuando el Patriarca contestó, Julián no pidió clemencia. Lo arrastró a una discusión sobre los otros parientes desaparecidos, grabando cada admisión de culpa que salía de la boca de su tío. Fue un baile peligroso sobre el filo de una navaja.

—Admite lo que hiciste con Elena, Patricio —exigió Julián, mientras los motores de los vehículos de seguridad rugían en el exterior, rodeando la casa.

Patricio, acorralado por su propia arrogancia, soltó la confesión que sellaría su destino legal. En ese instante, la alarma de la finca comenzó a aullar, un sonido estridente que alertó a toda la seguridad. Julián sostenía el dispositivo con la grabación mientras los hombres armados comenzaban a derribar la puerta del sótano. Estaba atrapado, pero por primera vez, tenía el poder de destruir el imperio.

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