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Chapter 10: La última confesión

Elena escapa del incendio de la mansión tras descubrir un pasadizo secreto. Julián Varga se rebela contra el Juez, entregándole a Elena un arma para defenderse. Elena confronta al Juez, revelando que las pruebas digitales ya están en manos de la Fiscalía, mientras las sirenas de la policía estatal se acercan, marcando el fin de la impunidad del Juez.

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La última confesión

El aire en el ala este de la mansión Valdés ya no era oxígeno; era una mezcla espesa de humo acre, barniz quemado y el olor a historia podrida que el Juez intentaba incinerar. Elena Valdés se arrastró por el parqué, sintiendo cómo el calor de las llamas, que devoraban los tapices con una voracidad casi consciente, le erizaba la piel. Faltaban once días y seis horas para que el fideicomiso se liquidara legalmente, pero el Juez había decidido que ese plazo no llegaría a cumplirse. Elena apretó el Libro Mayor contra su pecho; su peso era un ancla de cuero que contenía la verdad sobre el linaje que la había marcado para la ejecución en la página cuarenta y dos.

Al intentar esquivar un trozo de techo que se desplomaba, su mano rozó un panel de madera mal ajustado cerca de la biblioteca. El impacto hizo que una sección del muro cediera, revelando un mapa grabado en el entramado de la pared: el diseño oculto de una red de pasadizos que el Juez creía conocer solo él. Elena se deslizó por la brecha justo cuando las vigas maestras cedían, dejando atrás el rugido del fuego. Emergió en el patio interior, buscando desesperadamente una salida, pero el alivio duró un suspiro. Estaba rodeada. Los guardias del Juez, con las armas listas, esperaban verla emerger convertida en cenizas.

En el centro del patio, Julián Varga era arrastrado hacia una camioneta negra. Su uniforme, antes impecable, estaba rasgado y cubierto de hollín. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Elena, no hubo rastro de la cortesía gélida que solía definirlo. Julián vio el Libro Mayor, vio el rastro de sangre en la frente de Elena y, sobre todo, vio la mirada del Juez desde el balcón superior, donde el hombre observaba la quema con la misma indiferencia con la que se firma una sentencia de muerte.

—¡No son policías! —gritó Julián, su voz rompiendo el estruendo de las llamas—. ¡Es una purga, Elena! ¡El Juez no va a dejar a nadie, ni siquiera a los suyos!

Uno de los guardias golpeó a Julián en las costillas con la culata de su arma, pero el administrador no cedió. Con un movimiento desesperado, se soltó, giró sobre sus talones y se abalanzó sobre el guardia más cercano, arrebatándole el arma. En un gesto que sellaba su propia sentencia, Julián se la lanzó a Elena. Ella la atrapó en el aire, sintiendo el metal frío y pesado contra su palma. Ambos se atrincheraron detrás de una fuente de piedra mientras las sirenas de la policía estatal —alertada por la filtración digital que Elena había logrado enviar momentos antes— comenzaban a escucharse en la distancia, un lamento agudo que cortaba el silencio del pueblo.

El Juez apareció en la entrada principal, observando el caos con frialdad. Elena, acorralada, se puso en pie, apuntando al hombre que había orquestado el horror de su familia.

—El fuego tiene una virtud, Elena —dijo el Juez, ajustándose los gemelos con una calma que rayaba en la psicopatía—. Borra las deudas que la ley civil no logra cancelar. Y tú, como Valdés, eres la deuda más antigua de este pueblo.

—No soy una deuda —escupió Elena, su voz firme pese a la tos—. Soy la auditoría que no pudieron comprar. En la página cuarenta y dos, Juez, no solo está mi apellido. Está la ruta bancaria que vincula sus cuentas en las Islas Caimán con la desaparición de Sofía. Si esta mansión arde, el servidor de la nube se activará automáticamente y enviará todo el registro a la Fiscalía.

El Juez vaciló. Por primera vez, su máscara de hierro se resquebrajó. Ordenó a sus hombres incendiar el resto de la propiedad para borrar cualquier evidencia física, pero las sirenas estaban ya al final del camino de entrada. La mansión, una jaula de secretos, se convertía en el escenario de su propio colapso. Mientras las llamas lamían los cimientos, Julián se acercó a Elena, su rostro una máscara de determinación. El Libro Mayor, su única salvación, palpitaba entre ellos como un corazón compartido.

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