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Chapter 9: El muro se desmorona

Elena logra enviar las pruebas incriminatorias desde la mansión Valdés mientras Julián Varga se sacrifica para distraer a la policía. El Juez ordena incendiar la propiedad con Elena dentro, dejándola atrapada en el perímetro mientras las llamas consumen las pruebas físicas y su única vía de escape.

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El muro se desmorona

El despacho de la mansión Valdés ya no era un santuario, sino una trampa de aire viciado y estática. Elena Valdés golpeaba las teclas con una urgencia que le hacía sangrar las yemas. En la pantalla, la barra de progreso de la transferencia de archivos —la única evidencia capaz de desmantelar la red del Juez— se arrastraba con una lentitud agónica: 12%.

—El Juez cortó la red eléctrica del sector —anunció Julián Varga, asomándose a la ventana. Su impecable traje estaba arrugado, y el arma que empuñaba le pesaba en la mano como un pecado. Ya no era el administrador arrogante que la vigilaba; era un hombre marcado para la purga—. Estamos con la batería de respaldo. Si esa carga se interrumpe, nos borrarán antes del amanecer.

Elena sintió un vacío gélido al ver su apellido, Valdés, resaltado en la página 42 del Libro Mayor. No era una heredera en espera; era un activo contable marcado para la liquidación. Faltaban 11 días y 6 horas para que el fideicomiso se cerrara, y el Juez había decidido que ella no llegaría a ver la fecha. Cada segundo que pasaba era una concesión de su propia vida.

—No se va a interrumpir —respondió Elena, sin apartar la vista del monitor.

En el pasadizo oculto detrás de la biblioteca, el eco de las botas tácticas resonaba con una regularidad militar. Elena apretó el Libro Mayor contra su pecho; su peso ya no era el de un objeto, sino el de una sentencia. La nota al margen de la página 42 era clara: Elena Valdés – Fecha límite: 11 días. Su existencia había sido diseñada como una moneda de cambio, un sacrificio necesario para limpiar el linaje antes de la transferencia de poder.

—Elena, abre la puerta —la voz de Julián sonó amortiguada desde el otro lado del panel—. El Juez ha dado la orden de entrar por la fuerza. Si no entregas el libro, no podré contenerlos más.

La lealtad de Julián era un cristal roto, pero era su única barrera. Elena ignoró el llamado y se deslizó hacia el corredor principal. Allí, Julián se interponía ante los oficiales, su rostro una máscara de determinación sombría. No la protegía por ética, sino por pura supervivencia; sabía que si ella caía, él sería el siguiente en la lista de purgas.

—¡Varga, quítate! —rugió el oficial al mando.

Julián no se movió. Con un movimiento rápido, le deslizó una llave maestra de plata a Elena.

—El sótano tiene una salida a los túneles del acueducto —susurró él, su voz apenas audible sobre el estrépito de las armas desenfundadas—. Si llegas al límite del pueblo, el archivo se enviará solo. ¡Corre!

Elena se internó en la oscuridad del sótano mientras, a sus espaldas, los gritos de los oficiales y el forcejeo de Julián se convertían en una cacofonía de violencia. Su teléfono marcaba un 85%. Alcanzó el muro perimetral de la mansión, donde el aire sabía a pino quemado y estática. Los reflectores de la policía barrían el jardín, buscando su silueta entre las sombras.

—Elena, muévete —la voz de Julián, distorsionada por la radio que ella había logrado sustraer, sonó como un susurro metálico—. Si te encuentran ahora, no hay libro que te salve.

Ella se pegó al muro de piedra volcánica. Sus dedos, ensangrentados por la huida, buscaron una señal decente bajo el dosel de los árboles centenarios. La barra de carga se estancó en el 98%. En la distancia, el sonido de las botas militares sobre la gravilla se hizo implacable. El Juez no quería el libro; quería que desapareciera junto con ella.

El teléfono emitió un pitido seco: Envío exitoso.

Justo en ese instante, una luz cegadora la iluminó. El Juez, a través de un megáfono, dio la orden final:

—No quiero que quede nada. Incendien la mansión.

Elena se quedó paralizada contra el muro mientras las primeras llamas, naranjas y voraces, comenzaban a lamer las cortinas de la planta alta. El humo empezó a subir, sellando su destino en un incendio deliberado mientras las sirenas, ahora mucho más cercanas, anunciaban que el cerco estaba completo.

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