Novel

Chapter 7: El precio de la supervivencia

Elena escapa por poco de los sicarios en el bosque usando un canal oculto que recuerda de su infancia. Agotada y herida, llega a un pueblo pesquero donde convence a Don Elías de ayudarla sin aceptar su última cadena de oro, movido por el recuerdo de otra mujer en fuga. En la choza del pescador, compara firmas y confirma que su mentor universitario, Carlos Mendizábal, es el benefactor anónimo detrás del fraude, lo que la deja devastada pero decidida mientras el plazo legal se reduce a exactamente seis días.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

El precio de la supervivencia

El primer disparo astilló la corteza del árbol a veinte centímetros de su cabeza. Elena se lanzó al suelo empapado, el barro frío le entró por el cuello de la camisa y le robó el aliento. El Libro Negro, envuelto en plástico dentro de su chaqueta, golpeó contra sus costillas como un segundo corazón. Los perros ladraban más cerca, un coro ronco que se abría paso entre la lluvia. Dos linternas cortaban la oscuridad, bailando entre los troncos como cuchillos.

Elena apretó los dientes y se arrastró hacia el canal de riego que recordaba de niña: una zanja estrecha, medio cegada por enredaderas y maleza, que corría paralela al límite sur de la finca El Retiro. No había tiempo para dudar. Se deslizó entre las zarzas, las espinas le rasgaron la manga y la piel del antebrazo. La sangre se mezcló con el agua sucia.

Detrás, una voz masculina gritó una orden corta: —Separarse. Ella no puede correr mucho con esa rodilla.

Elena sintió el comentario como un puñetazo en el estómago. Sabían de su cojera. Habían estado observando cada paso desde que abandonó el motel. Julián no dejaba cabos sueltos.

Llegó al borde del canal. El agua corría negra y rápida, hinchada por tres días de lluvia. Se dejó caer dentro sin pensarlo. El frío le cortó la respiración; el agua le llegó hasta la cintura. Se pegó a la pared de tierra resbaladiza, avanzando contra la corriente, usando las raíces expuestas como asideros. Los ladridos se volvieron difusos, amortiguados por la tierra y el rumor del agua. Avanzó metro a metro hasta que el canal se hundió bajo un puente de raíces gruesas. Allí se detuvo, temblando, con la mejilla pegada al barro húmedo.

Los perros pasaron de largo. Las linternas barrieron el borde superior y se alejaron. Elena esperó diez minutos más, contando los latidos que le retumbaban en los oídos. Solo entonces salió, gateando entre la maleza hasta alcanzar el límite de la propiedad. La lluvia seguía cayendo, borrando sus huellas casi al instante. Pero sabía que no podía volver a la carretera. No con Julián sabiendo exactamente dónde buscarla.

Cojeando, con el muslo ardiendo bajo el pantalón rasgado, avanzó hacia el río que marcaba el final de la finca. El amanecer llegaba sucio, gris, con la misma lluvia fina que no paraba desde la medianoche. Elena llegó al sendero de barro que moría en el muelle improvisado. Cada paso hacía que la herida volviera a abrirse. Llevaba el Libro Negro metido contra el pecho, como si el papel viejo pudiera protegerla del frío o de una bala.

El bote era una lancha de fondo plano, pintada de azul descascarado. El hombre que limpiaba redes junto al timón no levantó la vista cuando ella se detuvo a tres metros. Tendría sesenta y tantos, piel de cuero curtido por sal y sol, ojos que no pedían explicaciones ni ofrecían compasión.

—Necesito que me saque de aquí —dijo Elena. La voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Ahora.

Don Elías siguió desenredando el nylon sin prisa. —No llevo pasajeros. Y menos a quien viene sangrando.

Ella sacó la cadena de oro del bolsillo interior. Dieciocho quilates, el eslabón grueso que su abuela le había puesto al cuello cuando cumplió quince. La sostuvo colgando entre los dedos temblorosos. —Esto vale más que el viaje. Y no voy a pedirle que me lleve lejos. Solo hasta el otro lado del brazo, donde empiezan las chozas. Después desaparezco.

El pescador por fin alzó la mirada. No miró la cadena. Miró la forma en que Elena mantenía el peso sobre la pierna buena, la manera en que su mano libre temblaba sin control. —¿De quién huyes? —No pregunte. Le conviene no saber.

Don Elías guardó silencio un momento largo. Luego señaló con la barbilla la cadena. —Guárdatela. No la quiero.

Elena frunció el ceño. —Entonces no hay trato.

—No es por dinero —dijo él, y por primera vez su voz bajó de tono—. Hace dos años llevé a otra mujer en la misma lancha. Estaba como tú: mojada, herida, mirando siempre atrás. Me dijo que si alguien preguntaba, nunca había subido a mi bote. La dejé en el muelle de allá y nunca volví a verla. Pero recuerdo su cara. Y la tuya es igual.

Elena tragó saliva. No preguntó quién era la otra mujer. No hacía falta. El pescador arrancó el motor con un tirón seco. —Sube. Y agáchate.

La lancha se deslizó por el río turbio. Elena se acurrucó bajo una lona vieja, abrazando el Libro Negro. El motor ronroneaba bajo, casi ahogado por la lluvia. Cuando atracaron en una choza levantada sobre pilotes, Don Elías la ayudó a bajar sin tocarla más de lo necesario.

—Adentro hay alcohol y gasas. Úsalos. Y no salgas hasta que oscurezca.

Elena entró cojeando. La choza olía a sal seca y motor quemado. Se sentó en el borde del catre de campaña, la espalda contra la lámina oxidada, y abrió la cartera de cuero gastado que aún conservaba. Dentro, entre recibos viejos y un boleto de autobús caducado, estaba la carta doblada en cuatro: la recomendación que Carlos Mendizábal le había escrito para su primer empleo serio, trece años atrás.

La firma al pie, esa caligrafía alta y apretada que parecía querer ocupar más espacio del que le correspondía, era inconfundible. Comparó la firma con la nota que Sofía había dejado dentro de la tapa del Libro Negro: «No confíes en quien te enseñó a sumar».

La misma presión del bolígrafo, el mismo quiebre en la erre final, la misma forma en que la z se enroscaba como un anzuelo. No había posibilidad de error.

El pulso se le subió a la garganta.

Sacó el Libro Negro de la mochila empapada y lo abrió en la página donde había guardado la foto vieja que encontró esa madrugada, doblada con cuidado detrás del forro interior. Allí estaba ella a los diecisiete años, sonriendo incómoda en el jardín de la universidad, con el brazo de Mendizábal sobre sus hombros como si fuera su padre. El contador sonreía con esa calma profesional que ahora le parecía obscena. Detrás de ellos, borrosa pero legible, la cereza en flor que solo crecía en el patio trasero de la casa de sus abuelos.

Elena cerró los ojos un segundo. El cronómetro del teléfono del pescador, que había dejado cargando sobre la mesa, marcaba las 5:47 de la mañana. Seis días exactos para la liquidación. Seis días para que todo pasara a manos de Julián y los albaceas. Seis días para que el Libro Negro dejara de valer algo más que papel quemado.

Abrió los ojos y miró la foto otra vez. Mendizábal no era solo un mentor. Era el benefactor anónimo. El que había financiado cada paso de Julián. El que había enseñado a Elena a leer balances, a detectar fraudes, a sumar cifras que otros preferían ignorar. Y ahora esa misma mano había firmado la sentencia de su prima. Y la suya.

Susurró contra la penumbra: —Te voy a encontrar, viejo. Y cuando lo haga, vas a desear no haberme enseñado nunca nada.

Pero en el fondo sabía que las palabras eran solo ruido. Seis días. Y ella sin nada más que un libro manchado y una herida que no dejaba de sangrar.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced