Páginas manchadas de culpa
La lluvia seguía cayendo como si la ciudad entera quisiera ahogarse. Elena se apretó contra la pared del callejón detrás del café, el Libro Negro abierto sobre sus rodillas temblorosas. El celular prestado agonizaba al 8 % y el reloj marcaba las 22:51. Diez días. Diez días para que el fideicomiso pasara a manos de Julián y todo lo que Sofía había intentado proteger se convirtiera en polvo legal. Pasó la página 48 con dedos entumecidos. Allí estaban, escritas con la letra menuda y apresurada de su prima: 19.4326° N, 99.1332° W. Finca El Retiro, la vieja propiedad familiar que nadie mencionaba desde hacía quince años. Un auto negro redujo la marcha al pasar la boca del callejón. Los faros barrieron la pared opuesta. Elena hundió la barbilla en el pecho, el pulso golpeándole la garganta. El motor ronroneó un instante más y luego siguió. No se fiaba de nada que se moviera despacio. Abrió la app de mapas. La señal tardó en engancharse. Cuando por fin apareció el punto rojo palpitante en medio de un verde sucio, calculó treinta y siete kilómetros. Sin dinero, sin identificación, sin nada más que el libro empapado y la mochila que pesaba como plomo. Cerró el libro de golpe. En ese instante, el audio guardado en el celular se activó solo. La voz de Sofía, ronca y baja, salió del altavoz como un cuchillo: «Si estás escuchando esto es porque llegaste a la página 48. Elena, no vayas sola. Ellos ya saben que lo tienes. Pero si no vas, me matan antes del plazo. Perdóname por ponerte en esto». El mensaje terminó. Elena sintió que el aire se le acababa. Guardó el libro en la mochila, se caló la capucha y corrió hacia la salida trasera del callejón. Detrás de ella, pasos rápidos chapotearon en los charcos.
La terminal de buses olía a fritanga quemada y a desesperación vieja. Elena empujó la puerta con el hombro, la mochila pegada al pecho. Diez días. El plazo seguía clavado en su cabeza. Se detuvo frente a la taquilla 17. Detrás del vidrio rayado estaba Mateo Céspedes, el mismo que en primaria le pasaba las tareas en avioncitos de papel. Ahora tenía la cara endurecida y una cicatriz fina cruzándole la ceja. La reconoció al instante. —Valdés… —susurró—. Pensé que estabas desaparecida como tu prima. —Todavía no. —Elena apoyó las palmas en el mostrador—. Necesito el de las 22:40 a Las Lomas. Mateo miró a los lados. Bajó la persiana metálica a medias. —No tienes cara de quien trae efectivo. Ella sacó la cadena de oro de su abuela de debajo de la camiseta. Dieciocho quilates, el último pedazo de familia que le quedaba. —Esto vale más que el boleto. Mateo la tomó, la sopesó un segundo y negó con la cabeza. —No es suficiente. Julián dejó quinientos mil por cualquier información sobre ti. Elena sintió que el suelo se movía. —Entonces dame el boleto y quédate con la cadena. Nadie tiene que saber. Él dudó. Miró la cadena, luego la cara de ella. Finalmente deslizó el boleto por la rendija junto con un papel diminuto: «No subas al siguiente. Hay dos esperando en la plataforma». Elena tomó el boleto sin mirar atrás. Subió al bus con la mochila contra el pecho. El motor arrancó con un rugido. A través del vidrio empañado vio a un hombre de chamarra oscura hablando por teléfono mientras el bus se alejaba. No apartó la mirada hasta que las luces de la terminal se perdieron.
El bus la dejó al borde del camino de tierra cuando ya era noche cerrada. La lluvia había parado, pero el aire todavía olía a tierra removida y a algo más viejo, a abandono. La finca Valdés-Varga se alzaba al fondo del sendero, silueta negra contra el cielo plomizo. El candado de la reja principal era nuevo, acero brillante, cadena gruesa colocada hacía menos de dos días. Elena rodeó la casa principal pisando grava húmeda para no hacer ruido. La linterna del celular apenas alumbraba tres metros. Encontró una ventana lateral baja, vidrio rajado en telaraña. Buscó una piedra entre la maleza, la levantó con las dos manos y la estrelló contra el cristal. El estruendo le subió por la columna. Esperó diez segundos. Solo oyó su propia respiración. Empujó los fragmentos hacia adentro y se coló. El interior olía a moho, papel viejo y orín seco. El haz de luz recorrió paredes manchadas, un sofá hundido, una mesa volcada. Subió las escaleras con cuidado. En el pasillo del segundo piso el olor a papel viejo se hizo más fuerte, casi dulce. Siguió el rastro hasta la última habitación. La puerta estaba entreabierta. Dentro, entre escombros y polvo, una página arrancada del Libro Negro —la 49— estaba clavada en la madera con un cuchillo de cocina. Elena se acercó. La hoja temblaba en su mano. Era un mapa rudimentario de propiedades secretas de la familia: siete puntos rojos, siete casas, siete escondites. Abajo, con letra apresurada de Sofía: «Me trasladaron hace menos de veinticuatro horas. No dejes que te atrapen con el libro. Es lo único que les duele». Elena sintió que el aire se le acababa otra vez. Guardó la página en el libro. En ese instante escuchó el motor de un vehículo acercándose por el camino de tierra. Las luces barrieron la fachada principal.
Se metió en el armario empotrado de la habitación principal, el Libro Negro apretado contra el pecho. Las botas pesadas resonaron abajo. —Revisen cada rincón —ordenó una voz grave—. El patrón dijo que la perra tiene el libro. Si lo encuentra, liquídenla. El haz de una linterna industrial cortó la oscuridad. Elena cerró los ojos, contando latidos. Diez días. Ahora ni siquiera estaba segura de llegar al amanecer. Las botas subieron las escaleras. Se detuvieron frente al armario. El pomo giró lentamente. La puerta se abrió de golpe. La linterna la golpeó en la cara. Elena vio el cañón de la pistola levantándose al mismo tiempo que el hombre abría la boca. No hubo tiempo para dudar. Empujó la puerta con todo el peso de su cuerpo contra la cara del sicario. El hombre retrocedió tambaleándose. Elena salió disparada, bajó las escaleras de tres en tres, cruzó la sala y saltó por la misma ventana rota. Corrió bajo la lluvia que volvía a caer, el Libro Negro apretado contra el pecho. Detrás escuchó gritos y dos disparos al aire. Las luces de los faros barrieron el monte. No se detuvo hasta que los pulmones le ardieron y los árboles la tragaron. El libro seguía con ella. Era lo único que le quedaba. Y ahora sabían exactamente dónde buscarla.