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Chapter 3: 72 horas y contando

Julián obtiene el reporte restringido de Elena en el sótano, pero el costo es inmediato: Salazar confronta a Elena y la obliga a supervisar la purga del caso 402. Julián descubre en el reporte un video de Salazar alterando pruebas, pero su ubicación es triangulada y su hermana es amenazada directamente por el hospital.

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72 horas y contando

El zumbido de los servidores en el sótano del Hospital Metropolitano no era ruido blanco; era el sonido de un sistema devorándose a sí mismo. Julián Ramírez, oculto tras una columna de cables, vigilaba la puerta de acceso. Su reloj, el ancla en medio de la tormenta, marcaba 66:12:00. Cada segundo sin la prueba era un segundo más cerca de la ejecución de la hipoteca de su hermana, Marisol, y de la purga definitiva del caso 402.

La puerta chirrió. Elena Morales entró, su bata blanca resplandeciendo bajo la luz fluorescente. Se movía con la rigidez de quien sabe que cada paso es registrado. Julián salió de las sombras, bloqueando su camino.

—¿Lo tienes? —susurró, la voz áspera por la adrenalina.

Elena se detuvo, con los ojos inyectados en sangre. Sacó un sobre sellado del bolsillo, pero sus dedos se aferraron al papel con una desesperación que Julián reconoció: era el miedo a ser borrada del sistema.

—Salazar sabe que algo se mueve, Julián —dijo ella, con la voz quebrada—. Ha activado el protocolo de purga en el nodo 402. Si entregas esto, no solo perderás tu empleo; borrarán tu identidad digital. No existirás para el hospital, ni para el banco, ni para tu hermana.

—Ya lo hicieron —respondió él, arrancándole el sobre. Al tocar el papel, sintió el peso de la traición de Elena, pero también su utilidad. Ella no era una aliada, era una rehén de su propia deuda.

Al salir del sótano, Elena fue interceptada en el pasillo administrativo por el Dr. Víctor Salazar. Él no se movía; era una estatua de autoridad impoluta.

—Doctora Morales —la voz de Salazar era suave, casi pedagógica—. Sus registros de actividad muestran una irregularidad en el nivel -2. Un área a la que no tiene motivos para asistir.

El corazón de Elena golpeó sus costillas. Salazar dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, fríos y calculadores, recorrieron su rostro.

—Julián Ramírez es un hombre desesperado. Él ya no tiene acceso a este hospital, pero usted sí. A partir de ahora, supervisará personalmente la limpieza de los registros del caso 402. Si una sola línea de ese expediente sobrevive, su licencia médica será el menor de sus problemas.

Mientras tanto, en un baño público a dos calles del hospital, Julián conectó el USB a una laptop vieja. El reporte no era solo texto; era un video de seguridad oculto. En la pantalla, la imagen parpadeó: Salazar, en la escena del crimen, borrando manualmente los registros vitales de un paciente. La negligencia era total. Julián sintió un escalofrío: el administrador no solo gestionaba el hospital, gestionaba la vida y la muerte de quienes lo incomodaban.

De pronto, la pantalla se tiñó de rojo: «Acceso no autorizado detectado. Ubicación triangulada». El reloj bajó a 60:00:00.

Su teléfono vibró. Era Marisol.

—Julián, vino un hombre —susurró ella, con la voz rota—. Dice que es técnico de mantenimiento. Me dijo que el hospital necesita 'recuperar activos extraviados'.

Julián apretó el USB, sintiendo cómo el cerco se cerraba. Salazar no solo borraba archivos; estaba borrando personas. Al sincronizarse el sistema con el pulso de Elena en el hospital, el reloj de encubrimiento marcó el inicio de la fase final: la eliminación física de cualquier cabo suelto.

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