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Chapter 2: El precio de la curiosidad

Julián es bloqueado del sistema tras su intrusión. Logra forzar a la Dra. Elena Morales a una reunión secreta revelando que conoce el origen de su deuda familiar. Al intentar recuperar sus cosas, descubre que Salazar ya lo vigila estrechamente, dejando una amenaza directa sobre su hermana.

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El precio de la curiosidad

El zumbido del lector de tarjetas no fue un pitido de error; fue una sentencia. Un tono grave y sostenido que reverberó en el pasillo aséptico del archivo clínico como un disparo. Julián Ramírez presionó su credencial contra el sensor por tercera vez, sus nudillos blancos por la tensión, pero la luz roja del sistema de seguridad se mantuvo fija, desafiante.

—Acceso denegado —siseó el dispositivo con una voz sintética.

Tenía 71 horas y 38 minutos antes de que el protocolo de limpieza borrara toda huella del expediente 402. El hospital acababa de sellarle la puerta en la cara. El eco del bloqueo aún vibraba cuando pasos metálicos, pesados y rítmicos, emergieron desde el fondo del pasillo. Era el turno de vigilancia nocturna; no patrullaban con la desidia habitual, sino con la precisión quirúrgica de quien busca a un intruso. Julián se refugió en el cuarto de suministros, con el corazón golpeando contra sus costillas. Su estatus de empleado había dejado de existir en los servidores centrales. Si lo atrapaban, no solo perdería el USB que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta —su única prueba de la negligencia que costó una vida—, sino que su acceso a la verdad sobre la deuda de su hermana Marisol se esfumaría para siempre.

Minutos después, Julián localizó a la Dra. Elena Morales en el comedor. Ella no levantó la vista de su ensalada; sus manos, expertas en suturas, temblaban imperceptiblemente al sostener el tenedor. La noticia de su suspensión administrativa ya era un secreto a voces.

—No te acerques, Julián —susurró ella, sin mover los labios, mientras un enfermero pasaba cerca con una mirada cargada de sospecha—. Si Salazar ve que hablas conmigo, mi licencia no durará ni hasta el cambio de turno.

—Tu licencia es el menor de tus problemas, Elena —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de aire frío—. Sé lo que pasó con el expediente 402. Y sé por qué tu hermano no ha recibido el tratamiento que el seguro debería cubrir. La deuda no es una mala racha financiera; es el pago por tu silencio en el protocolo de triaje.

Elena palideció, dejando caer el tenedor sobre la bandeja con un estrépito que atrajo miradas indiscretas. Sus ojos, empañados por un terror absoluto, se clavaron en los de Julián. Sabía que él no estaba bluffeando.

—Esta noche. En el sótano de mantenimiento, sector B —murmuró ella antes de levantarse, dejando la comida intacta—. No me busques más. Si me ves, no me conoces.

Julián se quedó inmóvil, observando cómo se alejaba. Al salir hacia el atrio, vio al Dr. Víctor Salazar supervisando a un equipo de limpieza técnica. Los hombres vestían uniformes grises sin insignias y portaban maletines con sellos de seguridad de alta prioridad.

—No quiero errores —la voz de Salazar resonó, gélida—. Si el nodo 402 ha filtrado algo, asegúrense de que el rastro sea irrecuperable. La integridad institucional es nuestra única prioridad.

Salazar giró la cabeza, sus ojos escaneando la penumbra del atrio. Julián contuvo el aliento, comprendiendo que el hospital era una jaula diseñada para devorar cualquier disidencia.

Al regresar al vestuario para recoger sus pertenencias, el pitido del lector de tarjetas fue un zumbido seco. ACCESO DENEGADO. La purga era total. Julián usó su llave mecánica para abrir su casillero, pero lo que encontró dentro no fue su ropa, sino un sobre manila sin remitente. Dentro, una fotografía de la fachada del apartamento de su hermana. En el reverso, una línea escrita con tinta azul: La curiosidad tiene un precio que no podrás pagar.

El reloj en su muñeca marcaba 70:12:00. La Dra. Morales era su única esperanza, pero mientras salía al estacionamiento, sintió el peso del USB en su abrigo y la certeza de que el reloj de encubrimiento ya no solo contaba el tiempo del hospital, sino los latidos que le quedaban antes de que Salazar cerrara el cerco sobre su familia.

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