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Chapter 3: El estudio de la mentira

Elena se infiltra en el estudio de grabación de Aranda bajo el pretexto de una auditoría. Aranda la humilla frente a las cámaras mientras ella intenta acceder a un puerto físico. Aunque logra ocultar parte de su rastro, el sistema de seguridad detecta la intrusión, bloqueando su acceso y reduciendo drásticamente el tiempo antes de la purga total de los archivos incriminatorios.

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El estudio de la mentira

El zumbido del sistema de ventilación del Hospital Metropolitano no era solo ruido blanco; era el metrónomo de una ejecución. Elena Valdés apretó la credencial robada contra su costado, sintiendo el plástico caliente contra su piel. Noventa minutos. Ese era el margen antes de que el servidor central borrara cualquier rastro del expediente 402. En el pasillo administrativo, el Jefe de Seguridad, un hombre de hombros de buey y ojos que no parpadeaban, bloqueaba el acceso al ala este con una inmovilidad depredadora.

—Auditoría de riesgos, nivel 5 —dijo Elena, su voz una máscara de burocracia gélida. Su corazón golpeaba contra sus costillas, pero su rostro permanecía impasible—. Tengo orden directa de verificar los logs de transmisión del Dr. Aranda antes del cierre de turno.

El hombre no se movió. Su mano descansaba sobre la funda de su radio, un gesto que en el Metropolitano no significaba protección, sino una advertencia de fuerza bruta.

—El doctor está grabando, Valdés. Nadie entra al estudio durante la cápsula de excelencia —respondió. Su tono carecía de duda; Aranda ya le había dado órdenes. Elena sintió el peso del archivo encriptado en su dispositivo, oculto en el forro de su chaqueta. Cada segundo frente a ese hombre, la red de seguridad trazaba un mapa más preciso de su ubicación. El sistema de nivel 5 no solo rastreaba archivos; ahora marcaba su pulso térmico en el pasillo.

Al cruzar el umbral del estudio, el aire se volvió estéril, un insulto a la verdad. Las cámaras de seguridad la seguían como depredadores mecánicos. Aranda estaba allí, ajustándose el micrófono, su sonrisa proyectando una calidez que desapareció al verla.

—Elena, qué auditoría tan... inoportuna —dijo Aranda, su voz resonando en el set, suave como terciopelo y afilada como un bisturí—. Denle un momento a nuestra auditora estrella. Parece que se ha perdido buscando el camino a la ética.

El equipo rió, un sonido mecánico y ensayado. Aranda se acercó, invadiendo su espacio personal con una arrogancia que apenas ocultaba su veneno. La obligó a pararse frente a las cámaras, como un animal en un zoológico de prestigio.

—¿Buscas algo en particular? ¿Quizás un expediente que ya no existe? —susurró él, tan bajo que solo ella pudo escucharlo. Su mano descansaba sobre la consola del director, bloqueando el acceso al puerto físico que Elena necesitaba.

Elena aprovechó una distracción del técnico de iluminación para deslizarse hacia la terminal secundaria. Sus dedos, ágiles por años de disciplina, se movieron sobre el teclado para ocultar el rastro de la descarga del expediente 402. Sofía, oculta tras una partición de servidores, tecleaba frenéticamente desde una terminal remota. La conexión era una línea de vida que se deshilachaba con cada segundo de intrusión detectada.

En la pantalla, un mensaje escarlata apareció de repente: Alerta de Seguridad Nivel 5: Intrusión detectada en Nodo Principal. El sistema no solo la había localizado, sino que había comenzado a purgar los registros. Elena miró hacia arriba. Aranda la observaba a través de los monitores del set, sus ojos fijos en ella con una certeza depredadora. Él sabía exactamente qué archivo ella acababa de robar. Mientras el sistema sellaba las salidas, la pantalla de su terminal personal parpadeó con un veredicto definitivo: Acceso denegado. Iniciando purga de archivos en 8 horas. El tiempo se había contraído, y el reloj del hospital ya no marcaba las horas, sino su sentencia.

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