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Chapter 2: La huella digital tiene un precio

Elena evade una inspección de seguridad desviando una alerta digital, luego chantajea a Sofía para obtener una copia encriptada del expediente 402. La tensión escala cuando Aranda, desde el estudio de transmisión, envía un mensaje directo a Elena confirmando que la está vigilando, mientras el Jefe de Seguridad bloquea su salida física.

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La huella digital tiene un precio

El zumbido de los ventiladores en el Hospital Metropolitano no era ruido blanco; era el metrónomo de una ejecución silenciosa. Elena Valdés observaba el cursor parpadear sobre el expediente 402. La pantalla, una ventana de luz azulada en la penumbra de su oficina, le devolvía un rostro pálido y tenso. Quedaban ciento diecinueve minutos antes de que el servidor purgara cualquier rastro de la intervención del Dr. Aranda.

Un golpe seco en la puerta la hizo saltar. No era un toque médico, ni el saludo de una enfermera. Era el impacto sordo de una suela de cuero contra el marco de madera. Por el cristal esmerilado, una sombra alta y ancha se detuvo, bloqueando la luz del pasillo. Era el Jefe de Seguridad, un hombre cuya reputación de brutalidad silenciosa era el secreto a voces que mantenía a todo el personal en una obediencia servil. Elena sintió el peso del archivo que acababa de intentar copiar; si él entraba, no solo perdería el empleo. Perdería el acceso a la única verdad que le quedaba.

—Valdés —la voz del hombre era un susurro grave que se filtraba a través de la puerta—. El sistema ha registrado una anomalía en la terminal de Riesgos. ¿Tienes algo que reportar?

Elena contuvo el aliento. Sus dedos volaron sobre el teclado, ejecutando una vulnerabilidad de red que Sofía le había enseñado semanas atrás. Con un movimiento rápido, desvió la alerta hacia un terminal vacío en el ala de oncología. El monitor parpadeó, y el aviso de intrusión desapareció de su pantalla. El Jefe de Seguridad se quedó inmóvil un segundo más, como si escuchara el silencio de la oficina, antes de que su radio crepitara con una llamada urgente. Sus pasos se alejaron, dándole a Elena una ventana de escape de apenas segundos.

Corrió hacia el cuarto de servidores, un laberinto de cables y zumbido constante donde encontró a Sofía Rojas agachada entre dos racks. La técnica temblaba, con los dedos congelados sobre un teclado mecánico.

—No puedo, Elena. El sistema de seguridad ha escalado a nivel 5. Si desbloqueo el archivo, Aranda sabrá exactamente quién fue —susurró Sofía, su voz quebrada por el terror.

Elena no tuvo piedad. Agarró a Sofía por los hombros, obligándola a mirarla.

—Si no lo haces, Aranda no solo te despedirá. Encontrará la razón por la que entraste al servidor de nóminas hace tres meses. Conozco tus movimientos, Sofía. Sé que desviaste fondos de mantenimiento para pagar la deuda de tu hermano. ¿Quieres que seguridad revise ese log en particular o prefieres ayudarme a destruir a quien realmente está robando en este hospital?

La técnica palideció, pero su mano se movió con una precisión desesperada. Entregó una unidad encriptada a Elena, sus dedos rozando los de ella con un contacto helado.

—Es una copia, pero está cifrada con una llave maestra administrativa —advirtió Sofía—. Aranda ha activado un protocolo de vigilancia de nivel 5. Ya no solo rastrean archivos; mapean la ubicación física de cualquier terminal que intente vulnerar el protocolo. Nos están cazando.

Elena se movió hacia el área técnica, intentando descifrar el archivo mientras el hospital cerraba sus accesos digitales a su alrededor. El tiempo se reducía a menos de 90 minutos. En una pantalla de monitoreo, vio el estudio de transmisión en vivo. Allí, impecable bajo los focos, el Dr. Julián Aranda ajustaba sus gemelos. No estaba dando una conferencia; estaba mirando directamente a la lente de la cámara, como si pudiera ver a través de los cables hasta el alma de Elena.

De repente, el monitor de Elena parpadeó, borrando el expediente 402. Un cursor comenzó a escribir un mensaje con parsimonia cruel: «El tiempo se agota, Elena. Y yo soy el dueño del reloj». El Jefe de Seguridad regresaba, y esta vez, no había una terminal a la cual desviar su atención. Se detuvo frente a la oficina de Elena, bloqueando su única salida.

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