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Chapter 3: El peso del secreto

Elena llega a su apartamento con Julián y descubre que ha sido registrado por alguien que busca pruebas de su pasado. Julián encuentra un juguete de su hijo, forzando a Elena a mentir sobre la presencia de su hermana. Julián, sospechando que Elena oculta algo, impone su protección mediante una mudanza forzada a una de sus propiedades.

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El peso del secreto

El aire en el vestíbulo del edificio de Elena era denso, impregnado de una humedad antigua que el perfume caro y amaderado de Julián Varela no lograba disimular. Ella se detuvo frente al ascensor, con los nudillos blancos al apretar su bolso. Cada segundo que Julián permanecía allí, con su imponente presencia cortando el espacio, era un riesgo calculado que ella no quería correr.

—Es suficiente, Julián —dijo Elena, sin mirarlo. Sus ojos seguían el parpadeo errático del indicador de pisos—. Ya estamos a salvo de los fotógrafos. Puedes retirarte.

Julián no se movió. Sus manos, ocultas en los bolsillos de su abrigo de diseño, permanecían relajadas, pero su mirada escaneaba el lugar con la misma precisión quirúrgica que usaba en la junta de accionistas. No estaba allí por cortesía, sino por una obsesión táctica con la seguridad de su «inversión».

—El contrato exige que mantengamos las apariencias, Elena. Pero mi protección no termina cuando la luz de las cámaras se apaga —respondió él, su voz bajando un tono, vibrando con una autoridad que siempre le cortaba la respiración—. Además, este edificio no parece contar con los estándares de seguridad que una prometida mía merece.

Elena sintió un frío metálico recorrer su nuca. Antes de que pudiera protestar, Julián dio un paso hacia ella, invadiendo su burbuja personal. Su atención se desvió hacia la puerta de entrada; la cerradura presentaba una muesca fresca, un rasguño brillante en el metal oscuro que delataba un intento de intrusión reciente. La mandíbula de Julián se tensó. Sin pedir permiso, empujó la puerta 4B, obligando a Elena a entrar tras él en su propio refugio.

El apartamento, una caja de cerillas que ella había transformado en un santuario, estaba en caos. Sus cajones estaban entreabiertos, el contenido de su escritorio esparcido sobre la alfombra. El corazón de Elena martilleaba contra sus costillas; Ricardo no solo estaba espiando, estaba buscando pruebas.

—Alguien ha estado aquí —dijo Julián, recorriendo la sala con la mirada. Se detuvo ante un juguete de madera mal escondido bajo el sofá, una mancha de color impropia en aquel entorno austero. Lo recogió con una lentitud que heló la sangre de Elena.

En ese instante, un ruido sordo provino de la habitación contigua. Un pequeño golpe contra el suelo de madera, seguido de un arrastrar de mantas. Elena se quedó petrificada. Su hijo estaba despierto, y la curiosidad de un niño no entendía de contratos ni de chantajes.

—¿Hay alguien ahí dentro? —preguntó Julián, girando la cabeza hacia la puerta del dormitorio. Sus ojos, afilados y analíticos, comenzaron a diseccionar la fachada de Elena.

Ella se interpuso en su camino, dejando caer su bolso al suelo. Sus ojos se llenaron de una vulnerabilidad fingida, una actuación desesperada para desviar su atención.

—Es solo mi hermana —mintió con una voz quebrada, aunque el sudor frío le bajaba por la espalda—. Estaba cuidando a… alguien que no debería estar aquí. Por favor, Julián. Mi vida privada ya es un desastre. No me obligues a exponerme más.

Julián se detuvo a escasos centímetros de ella. La proximidad era asfixiante, cargada de una sospecha que empezaba a transformarse en algo más peligroso: una curiosidad personal. Él observó el temblor de sus manos, la desesperación en sus ojos. Durante un largo segundo, el silencio fue absoluto. Luego, él dejó el juguete de madera sobre la mesa con una parsimonia deliberada.

—Tu seguridad es mi inversión, Elena —dijo, su voz carente de calidez—. Y las inversiones no se dejan en lugares donde los intrusos pueden entrar a voluntad. A partir de mañana, te mudarás a una de mis propiedades. No es una petición.

Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La jaula de oro era una realidad inminente. Julián se acercó a la puerta, pero antes de salir, lanzó una última mirada al dormitorio, una mirada escéptica que le confirmó a Elena que la fachada estaba empezando a agrietarse. El juego había cambiado, y ella estaba atrapada entre su pasado y un hombre que, al intentar protegerla, estaba a un paso de descubrir su secreto más preciado.

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