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Chapter 2: La primera prueba pública

Elena sobrevive a su primera aparición pública como prometida de Julián, enfrentando un ataque periodístico que Julián neutraliza con una amenaza corporativa. La tensión entre ambos escala al darse cuenta de que su alianza es un juego de supervivencia mutua, culminando con Julián acompañándola a su casa, donde el secreto de su hijo corre peligro inminente.

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La primera prueba pública

El salón de baile del Hotel Imperial no era un espacio social; era un tribunal de cristal. Bajo el resplandor de las lámparas, cada invitado parecía un juez armado con una copa de champaña y un veredicto predeterminado sobre la idoneidad de Elena. Julián la sujetaba por la zona lumbar, una presión firme y posesiva que funcionaba como un anclaje. Ella sentía el calor de su palma a través de la seda del vestido, un recordatorio constante de que su anonimato había muerto en la terraza hacía veinte minutos.

—Sonríe —susurró él, apenas moviendo los labios. Su voz era una orden teñida de una frialdad calculada—. Tienes que parecer la mujer que eligió este destino, no la que fue arrinconada por él.

Elena apretó los dientes, manteniendo la mirada fija en el horizonte de trajes oscuros. Ricardo estaba cerca, acechando en la periferia como una mancha de aceite en un lienzo impecable. Él tenía las pruebas, los documentos y el poder de desmoronar su vida con un solo correo electrónico. El anillo que Julián le había colocado —un diamante de corte esmeralda que pesaba como una cadena de hierro— brillaba bajo los focos, marcándola ante la alta sociedad como la propiedad estratégica de la familia Varela.

—No soy una actriz, Julián —respondió ella, con la voz apenas audible—. Y este papel me queda demasiado ajustado.

—Entonces aprende a respirar dentro de él —replicó él, sin mirarla, mientras saludaba a un magnate con un asentimiento gélido—. Están esperando que parezcamos enamorados, no que estemos negociando un tratado de paz.

La paz duró poco. Julián Solís, un periodista de chismes corporativos conocido por su falta de escrúpulos, se abrió paso entre los invitados. Se detuvo a pocos metros, su sonrisa era una herida abierta en su rostro.

—Señor Varela, qué sorpresa verle tan bien acompañado —dijo el periodista, ignorando a Julián para clavar sus ojos en Elena—. Elena, ¿verdad? Es curioso. He revisado los registros de la junta y no hay rastro de su linaje en los círculos que frecuenta el señor Varela. ¿De dónde viene exactamente una mujer que aparece de la nada para ocupar el lugar de las herederas que esperaban este compromiso?

El salón pareció contener el aliento. Elena sintió el vértigo del abismo; una sola palabra incorrecta y el secreto de su hijo quedaría expuesto. Antes de que ella pudiera articular una respuesta, Julián dio un paso adelante, acortando la distancia con el periodista hasta que este tuvo que retroceder instintivamente. La mano de Julián, que antes descansaba en la espalda de ella, se cerró con una fuerza que no dejaba lugar a dudas.

—Mi prometida no le debe explicaciones a un carroñero, Solís —la voz de Julián era un látigo de acero—. Si vuelve a dirigirle la palabra sin mi autorización, me encargaré personalmente de que su medio de comunicación pierda hasta el último contrato de publicidad con nuestra firma. ¿Está claro?

El periodista palideció y se retiró. Julián no esperó a que se alejara; tomó a Elena del brazo y la guio hacia un pasillo de servicio, lejos del escrutinio público.

Ya en la privacidad del pasillo, el silencio era una negociación de supervivencia. Julián se aflojó la corbata, revelando una tensión en su mandíbula que ella no había visto hasta ese momento.

—Has atraído demasiada atención —dijo él, su voz perdiendo la calidez impostada—. Un paso en falso más y no solo perderás tu trabajo, sino que tu pasado será el titular de mañana.

—Tú me arrastraste a este escenario, Julián. No pretendas que yo soy la responsable de que tu fachada sea tan frágil —replicó Elena, manteniendo la espalda recta a pesar del temblor en sus dedos.

Julián invadió su espacio personal, obligándola a retroceder hasta que sus hombros chocaron contra la pared fría. —Mi posición en la junta directiva es un castillo de naipes. Si el compromiso falla, mi legado se derrumba. Necesito que seas impecable, Elena. No porque te quiera, sino porque eres mi única salida.

Elena comprendió entonces que, por primera vez, tenía un aliado peligroso. Pero mientras él hablaba de negocios, ella solo pensaba en la distancia que la separaba de su casa. La gala terminó con un sabor a ceniza. En el coche, el silencio fue una barrera infranqueable. Al llegar a su modesto edificio, Julián insistió en acompañarla hasta la entrada, una medida de control que ella no pudo rechazar.

Al alzar la vista hacia su ventana, el pánico la golpeó: una luz estaba encendida. Su hijo estaba despierto, esperando, y Julián, con su paso firme y amenazante, se acercaba a la puerta de su apartamento.

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