Chapter 8
El teléfono vibró sobre la encimera de granito con una insistencia que cortaba el aire denso del atardecer. Sofía lo tomó, sintiendo la pantalla fría contra su palma. Al otro lado, una voz masculina, desprovista de emoción, soltó la sentencia que ella temía más que a la quiebra: la foto del balcón ya no era un rumor, era el centro de un huracán mediático. "La mujer misteriosa con el pequeño", decían los titulares. Ya habían rastreado el hospital. Ya tenían el nombre de Mateo. Sofía cerró los ojos, visualizando la cara de su hijo, su fragilidad, su necesidad de ese tratamiento experimental que los Vargas, con su dinero sucio, apenas comenzaban a financiar.
—¿Qué quiere? —preguntó Sofía, su voz firme a pesar del temblor en su vientre. —Solo advertirle. La cena de esta noche en el Hotel Imperial no será una presentación social, señorita Rivera. Será un matadero. Y usted es la carnada.
La llamada se cortó. Faltaban menos de cuatro horas. Sofía no esperó. Metió el sobre con las pruebas del fraude fiscal en su bolso, una daga de papel que esperaba no tener que usar, y salió hacia el edificio corporativo de los Vargas. En la oficina de Alejandro, el caos era tangible. La junta directiva estaba en pie de guerra; las pantallas mostraban la caída de las acciones y la foto que lo había iniciado todo. Alejandro estaba de espaldas, los hombros tensos bajo el corte impecable de su saco. Cuando ella entró, él se giró, y en su mirada no encontró al amante que fingían ser, sino a un hombre acorralado por la cláusula testamentaria que su propia madre había diseñado para destruir cualquier posibilidad de una vida fuera de sus normas.
—La junta está pidiendo tu cabeza, Alejandro —sentenció Sofía, arrojando el sobre sobre el escritorio. El sonido seco fue el único saludo—. Si esto llega a manos de la prensa, no solo pierdes el imperio. Me usarás como el chivo expiatorio para salvar tu reputación. ¿Cómo piensas proteger a Mateo si ni siquiera puedes controlar tu propio legado?
Alejandro se acercó, invadiendo su espacio personal con una urgencia que no era romántica, sino táctica. Sus nudillos estaban blancos. —No me hables de Mateo como si fuera una pieza de ajedrez —respondió, su voz un murmullo gélido—. Si esa cláusula se activa, pierdo el control de la empresa. Si pierdo la empresa, pierdo la única herramienta que tengo para mantener a salvo a tu hijo. No tienes idea de lo que mi madre es capaz de hacer si siente que el linaje está bajo amenaza.
El trayecto al Hotel Imperial fue una lección de tortura silenciosa. Dentro del coche blindado, el perfume amaderado de Alejandro y la penumbra del habitáculo creaban una atmósfera de intimidad asfixiante. Él intentó rozar su mano, un gesto que pretendía ser un consuelo, pero Sofía la retiró como si fuera una quemadura. No podía fingir, no cuando cada fibra de su ser le recordaba que la supervivencia de Mateo dependía de un contrato que se sentía cada vez más como una soga.
Al llegar al hotel, antes de cruzar el umbral hacia el salón de baile, Sofía lo detuvo en la penumbra de un pasillo privado. Las luces doradas de los candelabros apenas alcanzaban a iluminar la tensión en sus rostros.
—No vas a entrar ahí sin responderme —dijo ella, sujetándolo por la manga de la chaqueta—. Cinco años, Alejandro. Cinco años en los que Mateo creció sin saber quién era su padre, mientras yo esperaba en aquel departamento de Polanco con una maleta a medio hacer y el mundo desmoronándose bajo mis pies. ¿Por qué desapareciste esa noche sin una palabra?
Alejandro se quedó inmóvil. La luz lateral le partía el rostro, dejando sus ojos en una sombra que ocultaba cualquier rastro de duda. —Mi madre me interceptó en el estacionamiento —confesó, y su voz sonó por primera vez quebrada, despojada de su armadura ejecutiva—. Me puso delante un sobre con fotos nuestras. No eran fotos de la prensa, Sofía. Eran fotos de ti, de tus padres, de cada lugar que frecuentabas. Me dijo que si no desaparecía, si no cortaba el cordón esa misma noche, no solo perdería mi herencia. Ella se encargaría de que perdieras todo lo que amabas. Incluyendo a la persona que llevabas en el vientre.
Sofía sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. El peso de la confesión fue más devastador que cualquier fraude fiscal. —¿Y ahora? —susurró ella, con las lágrimas contenidas por un orgullo que le impedía romperse—. ¿Crees que la amenaza ha cambiado? Doña Carmen ya sabe que Mateo existe, y esta noche, en ese salón, va a intentar usarlo como moneda de cambio para mantener su imperio intacto.