Chapter 7
El teléfono de Sofía vibró contra la mesita de noche a las 2:14 a.m. No necesitaba mirar la pantalla; Alejandro Vargas no llamaba a esas horas por cortesía. Al contestar, su voz llegó cargada de una urgencia gélida que cortó el aire de la habitación.
—Ven a mi despacho. Ahora —ordenó Alejandro, sin espacio para la réplica—. He terminado de auditar los archivos. Tu juego de ajedrez es más peligroso de lo que calculaste, Sofía. Hay nombres aquí que ni siquiera mi madre sabe que poseo.
Veinte minutos después, la frialdad minimalista del penthouse de Alejandro la recibió. Él estaba junto al ventanal, con la camisa desabotonada y una copa de whisky intocada. Sobre la mesa de centro, un sobre de cuero oscuro descansaba junto a una tablet encendida. La atmósfera estaba cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
—He validado la información —dijo Alejandro, sin girarse—. Mi madre ha estado desviando fondos a través de empresas fantasma durante años. Si presento esto, el imperio Vargas se desmorona antes del amanecer. ¿Por qué arriesgarte a una guerra abierta, Sofía?
—Porque no me dejaste otra opción —respondió ella, caminando hacia él con la frente en alto—. Tú y tu madre creen que soy una pieza más en su tablero. Pero cuando se amenaza la vida de un hijo, el tablero deja de importar.
Alejandro se tensó, sus ojos oscuros clavándose en los de ella. El silencio se prolongó, tenso y peligroso.
—Hablaremos de eso mañana. Por ahora, quédate aquí. La prensa está afuera esperando un error, y no voy a permitir que te destruyan antes de que yo mismo lo haga.
De regreso en su casa al amanecer, Sofía no pudo dormir. Mientras Mateo descansaba en la habitación contigua, su teléfono volvió a vibrar. Era un mensaje de Alejandro: un archivo adjunto. Sofía lo abrió con dedos temblorosos. Era la fotografía de una página de un testamento antiguo, con sellos notariales inconfundibles.
Sus ojos recorrieron las líneas con precisión quirúrgica. Allí, enterrada en una cláusula sobre la sucesión de la fortuna familiar y la legitimidad del heredero, aparecía una mención explícita: cualquier reclamo de paternidad fuera del matrimonio, o la existencia de un vástago no reconocido, invalidaría automáticamente cualquier derecho a la herencia y obligaría a una auditoría total de los activos del reclamante. Era una trampa diseñada hace décadas, una red tejida para atrapar a alguien exactamente como ella.
Sofía marcó el número de Alejandro, su paciencia agotada por el miedo.
—¿Por qué me enviaste esto? —exigió, sin saludo previo—. ¿Es una advertencia o un recordatorio de que tu familia siempre ha tenido una bala lista para mi hijo?
La voz de Alejandro, ronca por la fatiga, se filtró por el auricular.
—Mi abuelo diseñó esa cláusula para evitar que cualquier bastardo reclamara el imperio. Es una reliquia legal, Sofía. Pero si mi madre descubre que ese niño es mío, no usará la ley. Usará el poder. Y yo... estoy dividido entre protegerte y destruir lo que queda de nuestro linaje para salvarte de ella.
—No me protejas a costa de mi hijo —sentenció Sofía, con la voz quebrada por la rabia—. Ya no eres el hombre que me abandonó en la oscuridad. Si mañana en esa cena decides poner tu apellido por encima de la verdad, te aseguro que no seré yo quien pierda todo.
Colgó el teléfono y caminó hacia la cuna de Mateo. El documento legal no era solo papel; era la soga que rodeaba el cuello de su hijo. La cena familiar, programada para dentro de pocas horas, ya no era una simple prueba de fuego. Era el escenario de una ejecución, y ella tenía que decidir si estaba lista para apretar el gatillo primero.