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Chapter 4: Chapter 4

Sofía enfrenta la amenaza directa de Doña Carmen sobre el secreto de Mateo tras el evento en el Hotel Imperial. La tensión culmina en el coche de Alejandro cuando este descubre un juguete de su hijo, forzando una confrontación inminente sobre la verdadera identidad del niño.

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Chapter 4

El pasillo privado del Hotel Imperial, alejado del despliegue de cristal y champaña del salón de baile, se sentía viciado. El perfume de gardenias de Doña Carmen aún flotaba en el aire, una estela sofocante que se mezclaba con el olor a ozono que siempre parecía preceder a Alejandro Vargas. Sofía se detuvo junto a una consola de mármol, sus dedos apretando la correa de su bolso con una fuerza que le blanqueó los nudillos. El eco de los tacones de la matriarca todavía resonaba en su cabeza, junto con la mención, apenas susurrada, de un nombre que jamás debió cruzar esos labios: Mateo.

—No te atrevas a huir ahora —la voz de Alejandro cortó la penumbra, firme y desprovista de la galantería que mostraba ante los fotógrafos. Sus pasos se detuvieron a un metro de distancia, manteniendo una barrera de poder que no estaba dispuesto a romper—. Mi madre no lanza advertencias al aire, Sofía. Si mencionó a un niño, es porque tiene algo, o cree tenerlo. ¿Qué le diste para que se obsesione con tu pasado?

Sofía giró sobre sus talones. Su rostro era una máscara de porcelana fría; no podía permitirse el lujo de temblar, no cuando la transferencia de los 380,000 pesos dependía de que Alejandro la creyera una prometida impecable.

—Tu madre tiene la imaginación de alguien que teme perder el control —respondió ella, midiendo cada palabra—. Si ella busca una debilidad en mí, es porque no entiende que este contrato es un negocio. Mi pasado es mío, Alejandro. Asegúrate de que tu madre no lo convierta en un problema de relaciones públicas para tu empresa.

Alejandro dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, oscuros y analíticos, escrutaron cada fibra de su ser.

—La protección que te ofrezco no es gratuita. Si descubro que tu 'pasado' pone en riesgo la estabilidad de mi familia, el contrato se anulará antes de que el dinero llegue a tu cuenta. ¿Entendido?

Sofía asintió con una lentitud calculada, ocultando el terror que le provocaba su cercanía. Se marchó antes de que él pudiera ver el rastro de duda en su mirada, pero al llegar al vestíbulo, la realidad la golpeó con la fuerza de un muro.

Doña Carmen estaba allí, esperándola junto a una columna de mármol. Su mano, enguantada en seda, se cerró sobre el antebrazo de Sofía como un ancla.

—El teatro ha sido suficiente por hoy, Sofía —susurró la matriarca, con una sonrisa gélida—. Pero los juegos de azar con la vida de los niños suelen terminar en tragedia. He visto el expediente, aunque tú creas haberlo enterrado. Mateo es un nombre que no debería pronunciarse en esta familia.

El pulso de Sofía se disparó, pero no bajó la cabeza.

—Si cree que puede usar la salud de mi hijo como moneda de cambio para romper mi acuerdo, se equivoca. Cualquier ataque contra Mateo será visto como una declaración de guerra contra su propio hijo. Alejandro no perdonará que sabotee su inversión más importante.

Doña Carmen la soltó, su mirada desbordando un desprecio gélido.

—Tienes agallas, muchacha. Pero el tiempo se agota. La cena de mañana será el escenario final. O me das lo que necesito, o el mundo sabrá quién es realmente la mujer que lleva el anillo de los Vargas.

De vuelta en el coche de Alejandro, el silencio era insoportable. La tensión era un cable a punto de romperse. Sofía, agotada por la presión, buscó su teléfono para verificar la transferencia bancaria. Con manos temblorosas, el bolso se volcó sobre el asiento de cuero. Un pequeño juguete de madera, un dinosaurio que Mateo adoraba, rodó por el asiento y cayó a los pies de Alejandro.

El coche se detuvo en seco en una calle lateral. Alejandro se inclinó y recogió el objeto. Lo sostuvo entre sus dedos, observando los detalles desgastados del juguete con una expresión indescifrable. El silencio en el habitáculo era absoluto, denso como el plomo.

—¿Un niño, Sofía? —preguntó Alejandro, su voz despojada de cualquier rastro de galantería, cargada de una intensidad que presagiaba una tormenta—. ¿Quién es el dueño de esto?

Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. La mentira estaba a punto de fallar, y el contrato, su única salvación, pendía de un hilo.

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