Grietas en la fachada
El mármol del vestíbulo de los Altamirano no reflejaba una mujer, sino una silueta que se desvanecía. Elena cruzó el umbral con la espalda rígida, sintiendo cómo el aire acondicionado, gélido y artificial, le sellaba la garganta. La mansión no era un hogar; era un mausoleo de cristal donde cada objeto, desde las lámparas de araña hasta el silencio absoluto, estaba diseñado para recordarle su posición: una intrusa con contrato de propiedad.
Julián caminaba a su lado, sus pasos resonando con una cadencia militar que le erizaba la piel. Había desmantelado su vida en cuestión de horas, convirtiendo su independencia en una reliquia del pasado.
—Tu habitación está en el
Preview ends here. Subscribe to continue.