Desayuno en el hielo
El penthouse de Julián Varela no era un hogar; era una vitrina de acero y cristal suspendida sobre la ciudad, diseñada para intimidar. Elena mantuvo la espalda recta, ignorando la frialdad metálica de la silla bajo sus dedos. Sobre la mesa de mármol negro, el contrato de compromiso falso descansaba como una sentencia judicial. A su lado, la notificación de embargo de su propiedad familiar —su último refugio, el único lugar donde Mateo podía sentirse seguro— era el recordatorio de que su dignidad tenía un precio que ya no podía pagar sola.
Julián no la miraba. Observaba su café negro con una inten
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