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Chapter 7: La trampa del contrato

Julián recupera el contrato fundacional de la caja fuerte de 'La Herencia', fuerza a Aranda a firmar una declaración jurada incriminatoria y obtiene la certificación notarial de la cláusula de sangre, activando su veto absoluto sobre las deudas que afectan el restaurante. Esto invalida la ampliación de deuda que la junta está a punto de votar a las seis, dejando al grupo al borde del default técnico y blindando definitivamente 'La Herencia'.

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La trampa del contrato

Julián empujó la puerta trasera de 'La Herencia' con el hombro mientras el eco de los golpes contra la entrada principal resonaba en el pasillo estrecho. Llevaba el maletín apretado contra el pecho, el contrato fundacional y la declaración jurada de Aranda dentro. Elena quedó atrás enfrentando a Ferrán y su equipo de abogados; él no tenía tiempo de disculparse. El reloj marcaba las 16:42. Faltaban poco más de una hora para que la junta sellara la votación de las seis.

Corrió las tres cuadras hasta el café 'El Reloj Viejo', donde Aranda lo esperaba en la mesa del fondo, con la camisa empapada y los ojos hundidos. El hombre levantó la vista cuando Julián se sentó sin saludar.

—¿Ya lo tienes? —preguntó Aranda con voz rota.

Julián abrió el maletín lo justo para que viera el borde del documento original, el papel amarillento con el sello rojo sangre de 1947.

—La cláusula está intacta. Veto absoluto sobre cualquier operación de deuda que afecte el inmueble matriz del grupo. Incluida la hipoteca al consorcio suizo. —Hizo una pausa corta—. Firma la declaración jurada ahora o te entrego a la fiscalía junto con el resto del paquete de Ricardo.

Aranda tragó saliva. Sus dedos temblaron al tomar el bolígrafo.

—No me queda otra. Pero si esto sale mal…

—Sale mal para ti desde hace tres años —cortó Julián—. Ricardo te tiene reservado como cabeza de turco desde que firmaste el primer sobreprecio en la remodelación del restaurante. La cuenta en Caimán que creías secreta ya está en mi poder. Firma.

Aranda garabateó su nombre. Julián recogió la hoja, la dobló con precisión quirúrgica y salió sin mirar atrás. El reloj del café marcaba las 17:08.

En la notaría del centro, el licenciado Guzmán esperaba con la puerta entreabierta. Era un hombre pequeño, de gestos medidos, que llevaba veinte años sellando documentos que mantenían viva la ficción de los Varga como dinastía intocable.

Julián entró a las 17:41 y colocó el contrato fundacional sobre el escritorio junto con la declaración de Aranda.

—Necesito el sello de autenticidad y certificación de vigencia. Ahora.

Guzmán ajustó los lentes y leyó en silencio. Sus cejas subieron lentamente.

—Esto es… explosivo. La cláusula de sangre nunca fue derogada. Si la activo, cualquier decisión de deuda tomada después de 1947 sin tu firma expresa es nula de pleno derecho. Incluidas las tres hipotecas sucesivas sobre 'La Herencia'.

—Exacto —dijo Julián—. Incluida la última al consorcio de Zúrich que vence mañana a medianoche. Si la junta aprueba la ampliación de deuda a las seis, el consorcio ejecutará la garantía. Pero con esto sellado, no hay garantía válida. El restaurante queda blindado y el grupo entra en default técnico antes de que termine la sesión.

Guzmán dudó. Miró el reloj de pared: 17:49.

—Si sello esto, me convierto en el notario que hundió a Varga Corporación.

—Si no lo sella —respondió Julián con voz plana—, será el notario que certificó una deuda fraudulenta sabiendo que era inválida. Tengo el informe de Aranda, tengo los extractos, tengo la orden judicial de congelamiento que aún corre. Elija.

El hombre respiró hondo. Tomó el tampón, presionó con fuerza. El sonido del sello contra el papel fue seco, irrevocable.

Julián recogió el documento. Eran las 17:55.

Salió a la calle. El tráfico de la tarde era un río lento. Sacó el teléfono y marcó el número privado de la sala de juntas. No contestaron. No importaba.

En ese preciso instante, a nueve cuadras de distancia, Don Ricardo Varga se ponía de pie frente al consejo fracturado. Iba a anunciar la ampliación de deuda que salvaría la apariencia de solvencia. Iba a pedir el voto definitivo para enterrar de una vez al hijo que nunca debió volver.

No sabía que, en ese mismo segundo, el documento que sostenía Julián acababa de convertir su jugada maestra en papel mojado.

Julián guardó el contrato en el maletín y levantó la vista hacia el cielo plomizo de la ciudad. La cláusula de sangre estaba vigente. Él era, por derecho propio, el custodio legal del legado.

Y la caída de su padre acababa de volverse matemática.

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