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Chapter 10: El último rastro

Elena escapa del hospital con las pruebas del expediente 402, pero Arispe la chantajea amenazando a su hermana. Elena intenta subir los archivos a la nube desde una estación de metro mientras es acorralada por Arispe y su equipo de seguridad.

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El último rastro

El aire del estacionamiento subterráneo sabía a ozono y a la humedad estancada de los conductos de ventilación. Elena Valdés emergió de la rejilla de servicio con el expediente 402 apretado contra el pecho, un fardo de papel que pesaba más que sus propios errores. Sus pulmones ardían; el zumbido del protocolo de succión de aire del nodo central aún le taladraba los oídos, un eco del sacrificio de Julián. Él seguía allí, atrapado tras las compuertas selladas para que ella pudiera correr. No había tiempo para el duelo. El reloj del sistema, visible en cada pantalla de vigilancia del hospital, marcaba 10:48 horas para el reinicio total. A esa hora, cualquier rastro de la intrusión y cualquier prueba de la succinilcolina aplicada a pacientes sin consentimiento serían purgados del registro digital. Y ella, como intrusa marcada, sería borrada con ellos.

El chirrido de neumáticos contra el cemento pulido cortó el silencio. Un sedán negro del hospital, con las luces apagadas, viró desde la rampa de acceso, bloqueando la salida hacia la calle. Elena se agachó tras un pilar de concreto mientras el motor del vehículo rugía en un ralentí agresivo. La luz de los faros barrió el espacio, deteniéndose un segundo sobre su sombra. Arispe no solo la estaba buscando; la estaba cazando.

Su teléfono vibró con una insistencia violenta. Elena lo sacó con manos temblorosas, esperando un aviso de Julián, pero lo que encontró fue una fotografía de su hermana menor, Sofía, caminando hacia la entrada de su universidad. El mensaje de Arispe fue breve y cortante: «Sé dónde está tu familia». La frialdad del texto le heló la sangre más que el aire del sótano. La amenaza no era una posibilidad, era una ejecución en curso.

Elena corrió. Sus pies golpearon el pavimento con un ritmo frenético mientras el vehículo del hospital, ahora con las sirenas activadas, iniciaba su persecución. Logró escabullirse por una salida de emergencia que daba a un callejón trasero, colándose entre los camiones de suministros médicos. Sus dedos, entumecidos por la adrenalina, forzaron la carcasa del servidor que llevaba en la mochila hasta que el disco duro cedió con un chasquido metálico.

Llegó a la estación de metro más cercana justo cuando el torniquete le bloqueaba el paso. La pantalla de su teléfono mostraba una barra de Wi-Fi pública parpadeando: Conexión inestable. «Vamos, carga», siseó mientras el eco de pasos pesados descendía por las escaleras principales. Los guardias de seguridad del hospital ya estaban allí, peinando la zona. Elena se refugió tras un quiosco de periódicos abandonado, con el disco duro presionando contra su costilla como una brasa.

Conectó el dispositivo a su tableta. La barra de carga apareció: 12%. Sus manos, manchadas con la grasa de los conductos, golpearon la tecla de inicio para la subida a la nube. Cada segundo era un riesgo; cada megabyte enviado, una sentencia. La barra avanzaba con una lentitud agónica: 34%... 56%.

—Sé que estás aquí, Elena —la voz de Arispe, amplificada por los altavoces de la estación, resonó con una autoridad gélida—. El hospital no olvida, y tu familia tampoco debería pagar por tu curiosidad.

Elena miró hacia las escaleras. Arispe estaba bloqueando la salida principal, flanqueado por dos hombres armados. La trampa se cerraba. La barra de carga llegó al 89%. Elena sabía que si la subida se interrumpía, la verdad sobre el paciente 402 moriría con ella. Mientras el sistema de seguridad del hospital comenzaba a cerrar las puertas de la estación, Elena vio cómo el porcentaje subía: 97%... 98%... El cerrojo de la puerta principal cedió con un estruendo metálico mientras Arispe se acercaba, su rostro una máscara de calma administrativa ante el caos que él mismo había orquestado.

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